sábado, 31 de octubre de 2026
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“Me preguntaban cómo podía ser científico e ir a la iglesia”: el físico de Oxford que encontró a Dios

Mark Harris, reconocido físico y sacerdote anglicano, dirige un centro de la Universidad de Oxford dedicado a estudiar la relación entre ciencia y religión. Su historia demuestra que la fe y la investigación científica pueden convivir sin renunciar al rigor intelectual.

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Foto: The University Edinburgh

Redacción (31/10/2026 17:42, Gaudium Press) El interés de Mark Harris por Dios y por la ciencia nació casi al mismo tiempo. Cuando tenía apenas 12 o 13 años, comenzó a preguntarse qué quería hacer con su vida, cómo había surgido el universo y qué significaba realmente existir. Su familia no era religiosa, pero aquellas inquietudes lo llevaron a leer la Biblia. Al mismo tiempo, se sentía fascinado por la naturaleza del cosmos y decidió dedicarse a la ciencia.

Décadas después, esa doble búsqueda se convertiría en el centro de su vida. Harris fue uno de los descubridores, en 1997, del llamado hielo de espín, un material magnético que presenta propiedades y comportamientos comparables, en ciertos aspectos, a los del hielo común. Su investigación ha sido citada en miles de artículos científicos. Sin embargo, su trayectoria no se limitó al laboratorio. También estudió teología y fue ordenado sacerdote de la Iglesia de Inglaterra, de tradición anglicana.

Actualmente dirige el Centro Ian Ramsey de la Universidad de Oxford, dedicado al estudio de las relaciones entre ciencia y religión. En una entrevista con el diario español El Mundo, el investigador repasó un recorrido marcado por preguntas que lo acompañan desde la adolescencia y que lo llevaron a explorar tanto las leyes de la naturaleza como las cuestiones relacionadas con Dios y el sentido de la vida.

¿Cómo puedes ser científico e ir a la iglesia?

Durante sus primeros años como investigador, Harris tuvo que enfrentarse a una pregunta que, aunque aparentemente sencilla, reflejaba una tensión presente en determinados ambientes académicos, ¿cómo podía ser científico y asistir a misa todos los domingos? Sus compañeros se lo preguntaban con frecuencia. La situación, reconoce, le resultaba incómoda.

La idea de que la fe religiosa y la investigación científica son incompatibles ha acompañado durante mucho tiempo el debate sobre la relación entre ambas disciplinas. Para Harris, sin embargo, su propia experiencia terminó por demostrar que esa oposición no era necesariamente inevitable. Su interés por el sacerdocio lo llevó a visitar al obispo anglicano de Oxford, quien lo animó a estudiar teología.

La propuesta no lo convenció inmediatamente. Su intención era continuar trabajando como físico y, en un primer momento, llegó a pensar que la formación teológica sería más sencilla que la científica. “Me equivoqué”, reconoce. Lo que inicialmente consideraba una formación complementaria terminó convirtiéndose en una nueva pasión intelectual. Harris descubrió que la teología también exigía rigor, capacidad crítica y disposición para afrontar preguntas difíciles. “Pude permitirme ser en clase tan riguroso y desafiante como el científico que soy”, explica.

Su experiencia no pretende resolver por sí sola el debate entre ciencia y religión, pero sí cuestiona la idea de que ambas deban excluirse mutuamente. Para este investigador, las preguntas sobre el funcionamiento del universo y las relacionadas con el sentido de la existencia pueden formar parte de una misma búsqueda.

Harris considera que la ciencia y la teología permiten explorar la realidad desde perspectivas diferentes, sin que necesariamente tengan que competir entre sí. La física dispone de herramientas empíricas para investigar la composición del universo, comprender sus mecanismos y formular teorías capaces de explicar los fenómenos naturales.

La teología, por su parte, se ocupa de las creencias, las culturas y las preguntas humanas relacionadas con el sentido de la existencia, por qué estamos aquí y qué significa nuestra vida. Esta distinción adquiere especial relevancia cuando se aborda una de las teorías más fascinantes de la física contemporánea,  la mecánica cuántica. “Tenemos una rama de la ciencia que ha demostrado su valía una y otra vez, pero cuyo significado para nosotros como seres humanos aún no sabemos cuál es”, afirma Harris.

El investigador dirige en Oxford un proyecto dedicado a estudiar las perspectivas físicas y filosóficas de esta teoría, cuyos resultados experimentales han demostrado una extraordinaria capacidad explicativa, aunque su interpretación continúa planteando interrogantes.

En este contexto, Harris se muestra prudente ante quienes presentan la física cuántica como una demostración de la existencia de Dios. “Como físico, me resulta incómoda la afirmación de que la mecánica cuántica nos habla de realidades espirituales y de que sea una ventana a Dios”, sostiene.

Su advertencia no significa que considere que la ciencia refuta la existencia de Dios. Más bien, señala que los resultados de una teoría física no permiten dar por demostradas automáticamente las conclusiones religiosas o filosóficas que algunas personas extraen de ella. Para Harris, reconocer los límites de una disciplina también forma parte del rigor intelectual.

¿pueden explicarse mediante las leyes de la naturaleza?

Uno de los aspectos más interesantes de la entrevista aparece cuando Harris aborda la cuestión de los milagros. El físico cuenta que se comprometió a escribir un libro sobre este tema, pero finalmente no consiguió terminarlo. La razón fue que, durante la investigación, su propia concepción de los milagros comenzó a cambiar. Inicialmente, partía de la definición tradicional que los presenta como intervenciones divinas capaces de suspender o violar las leyes de la naturaleza. Sin embargo, el estudio de la filosofía y la teología lo llevó a considerar que esta explicación podía resultar insuficiente. Harris señala que algunos acontecimientos narrados en la Biblia pueden recibir explicaciones científicas y, aun así, ser considerados milagros por los creyentes.

La dificultad aparece cuando se intenta definir un milagro exclusivamente como una transgresión de las leyes naturales. Para el investigador, esta interpretación presupone que conocemos esas leyes en su totalidad, algo que todavía no podemos afirmar. “No sabemos todavía si en el universo existe un conjunto fijo de leyes que estamos descubriendo desde la oscuridad, o si, más bien, el universo funciona de otra manera y las leyes son herramientas para su comprensión”, explica.

La reflexión introduce una pregunta, ¿hasta qué punto nuestra comprensión de la naturaleza permite determinar qué acontecimientos pueden o no ser considerados milagrosos? Harris tampoco considera suficiente una definición que dependa exclusivamente de la interpretación subjetiva de cada creyente, pues eso dificultaría alcanzar un entendimiento compartido.

Su reflexión no concluye que los milagros no existan ni ofrece una definición definitiva. Más bien, muestra que la relación entre los acontecimientos naturales y su interpretación religiosa es más compleja de lo que sugiere la idea de una simple ruptura de las leyes físicas.

La relación entre ciencia y fe también aparece en la reflexión de Harris sobre el libre albedrío. Durante mucho tiempo, la física clásica alimentó el debate sobre si, en un universo completamente determinado por sus leyes, las decisiones humanas podían ser verdaderamente libres. Si cada acontecimiento estuviera condicionado por una cadena de causas y efectos, ¿qué lugar quedaría para la libertad de las personas?

La mecánica cuántica introdujo una perspectiva diferente al describir fenómenos cuyos resultados no pueden predecirse individualmente con certeza, sino mediante probabilidades. Esta característica llevó a algunos pensadores a considerar que el indeterminismo podía abrir un espacio para la libertad humana y ofrecer respuestas a determinados problemas teológicos.

Sin embargo, la incertidumbre cuántica no resuelve automáticamente la cuestión del libre albedrío. Que un acontecimiento no pueda predecirse con certeza no demuestra, por sí mismo, que las personas sean libres. La entrevista presenta este debate como una de las cuestiones en las que la física y la filosofía continúan encontrándose, sin ofrecer una solución definitiva.

La conversación con Harris aborda igualmente el uso de chatbots como consejeros sentimentales y posibles interlocutores espirituales. El investigador reconoce que estas herramientas pueden procesar grandes cantidades de información y recuperar contenidos relacionados con la sabiduría espiritual de distintas tradiciones. Por eso, considera comprensible que una persona recurra a ellas para plantear preguntas, como si existe vida después de la muerte.

Sin embargo, advierte que la capacidad de una inteligencia artificial para ofrecer respuestas no garantiza que estas sean verdaderas. “No olvidemos que los chatbots pueden manejar ideas equivocadas, así que no hay nada más importante que ejercer un espíritu crítico”, señala. Su reflexión adquiere especial relevancia en un momento en el que muchas personas recurren a la inteligencia artificial para buscar orientación sobre cuestiones personales, filosóficas e incluso religiosas. Harris invita a mantener una actitud crítica, continuar haciendo preguntas, contrastar la información y consultar otras fuentes. La tecnología puede ser una herramienta útil para explorar ideas, pero no sustituye la responsabilidad humana de discernir sobre aquello que se considera verdadero.

¿Qué nos hace humanos?

Al final de la entrevista, Harris se enfrenta a una de las preguntas más antiguas de la filosofía, ¿qué nos hace humanos? La respuesta puede abordarse desde distintas perspectivas. Desde la biología, somos miembros de la especie Homo sapiens. Desde otras disciplinas, pueden estudiarse nuestras capacidades culturales, lingüísticas y sociales.

También existe la posibilidad de considerar una dimensión espiritual del ser humano, una cuestión que ha ocupado un lugar central en las tradiciones religiosas y en la reflexión filosófica. Para Harris, ninguna de estas perspectivas ofrece, por sí sola, una respuesta sencilla que abarque toda la complejidad de nuestra existencia.

Su propia trayectoria parece reflejar esa disposición a mantener abiertas las preguntas. La física le permitió investigar los mecanismos de la naturaleza y comprender mejor el universo. La teología lo llevó a explorar las creencias, las preguntas sobre Dios y el sentido de la vida. Lejos de abandonar una disciplina para dedicarse exclusivamente a la otra, Harris encontró en ambas nuevos motivos para seguir preguntando.

Con información de Religión en Libertad

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