La votación del Papa en las elecciones americanas de medio término, son ocasión para revisar un poco la historia.
Redacción (05/11/2026 09:03, Gaudium Press) Y el Papa votó: la Santa Sede confirmó hace unos días que el Pontífice envió por correo su voto para las elecciones de medio término en los EE.UU., en las que se renovó la cámara baja y una tercera parte del senado, con un resultado no favorable al gobierno en funciones. Es probable, según estudiosos, que haya sido el primer sucesor de Pedro en participar de unas elecciones democráticas y seculares.
Por lo demás, no es gesto novedoso en el Papa Prevost, quien por lo regular ha participado en las elecciones en su país, hasta incluso en el 2024, cuando votó por presidente. Es claro, Robert Prevost ‘ya no es el ciudadano’ Prevost, meramente, sino que es también hoy, como no lo era en el 2024, la mayor autoridad en la Tierra.
Revuelo, opiniones, encontradas, premoniciones, a nivel planetario, ha suscitado este gesto del Pontífice. Pero al final, nadie discutirá su derecho, porque él no ha perdido los derechos políticos en su país al ascender al solio de Pedro: ni más faltaba.
Pero también es claro que el sobre de Prevost, tiene una potencia y una potencialidad muy grande. De debate de cuestiones doctrinarias.
En los tiempos contemporáneos se ha establecido subrepticiamente un ‘dogma’, de que la Iglesia no entra en el debate político, algo por lo demás saludable hoy, en un clima tan polarizado, donde con frecuencia se encuentran católicos en bandos opuestos, mostrándose los dientes. De esta manera la Iglesia conserva ese vínculo y puede ejercer su acción materna con todos. Por ejemplo, no dejaba de ser un riesgo que por las vueltas del destino y de los espías en los correos, se hubiesen filtrado los candidato(s) por los que votó el Pontífice: el debate hoy ya no sería planetario sino ígneo, de botón rojo nuclear, cualquiera que fuese el candidato de sus preferencias. En un Papa que se ha caracterizado por la prudencia y el cuidado de las formas, tal riesgo no deja de sorprender a muchos.
Sin embargo, el hecho abre la puerta para recordar que el Pontífice no solo tiene la llave de oro sino también la de plata: Él ejerce, siempre en unión con el legado de Cristo y el Magisterio, una autoridad directa sobre la Iglesia, la fe y la moral, pero también una autoridad indirecta en las cuestiones temporales, en cuanto atañen a asuntos de fe y moral: si el acueducto debe pasar por tal camino, si debe ser construido con tubos de acero o de plástico, eso no es asunto del Pontífice, salvo que… los dineros para la construcción sean producto de un esquilmar latrocínico a contribuyentes exhaustos, caso en el cuál la Iglesia y a fortiori el Papa tiene una palabra a decir, una voz a ser escuchada y en el caso de los católicos, obedecida, cuando está claramente fundamentada en la fe y la moral.
La cuestión es que al opinar sobre asuntos temporales, la Iglesia debe dejar bien claro cuando su opinión es fruto de una mera simpatía-opinable o cuando entran las cuestiones morales en juego, cuáles son esas cuestiones morales, y cómo su posicionamientos moral tiene base en la doctrina católica. Y todo esto tiene que hacerlo con cuidado, porque justamente la asistencia de Cristo a su Iglesia no es para asuntos estrictamente temporales, donde cualquier jerarca, incluyendo al Papa, se puede equivocar. Por ejemplo, asuntos como cambio climático -algo que se discute a nivel científico-, o si conviene acabar con tales impuestos y crear estos otros específicos, de por sí, sería algo estrictamente temporal. Y la Iglesia no puede dar la impresión de que cualquier opinión suya en cualquier campo está cobijada por la infalibilidad de Cristo.
Pero siempre vale la pena consultar la historia, cuando hay antecedentes que puedan servir. Recordemos un hecho paradigmático, como fue el conflicto entre Inocencio IV y Federico II de Hohenstaufen.
Es claro que toda nuestra simpatía va hacia el Pontífice, quien claramente estaba defendiendo los derechos de la Iglesia, cuyos Estados Pontificios se veían asediados por un emperador que además no daba sino apariencias de catolicismo, y más bien simpatías sinceras hacia otras toldas.
En uno conflicto que era sobre todo territorial, al principio se intentó negociar, pero a cierta altura, y sintiéndose bajo la amenaza militar, Inocencio huye a Lyon y se coloca bajo la discreta protección de San Luis IX, convoca un concilio y depone al emperador, prohibiendo al cualquier noble reconocerlo como soberano. Claro, Federico que no era cojo ni mudo y lanza toda una campaña contra el Papa acusándolo de traicionar los valores evangélicos por culpa de su ambición política. No estamos diciendo que el Papa no tuviera razón: decimos que en esos campos más políticos hay que actuar de una manera muy sopesada. Al final, lo que estaba ocasionando este conflicto es que las fuerzas de la cristiandad no se dirigieran contra sus mayores enemigos.
Gracias a Dios Cristo no deja de asistir nunca a su Iglesia, principalmente a través de sus santos, e inspiró al Santo Rey de Francia, que actuó con una firmeza, un equilibrio y una mediación que provenían claramente del Espíritu Santo. Él veía que el conflicto con el Imperio hacía que Europa se consumiera en luchas intestinas, que por lo demás debilitaban su ímpetu que debía ir particularmente a Jerusalén. Atestigua la Historia que el hijo de Blanca de Castilla, protegiéndolo, tampoco tomó una actitud de obediencia ciega en todo al Pontífice, pues consideraba que algunos asuntos eran estrictamente temporales, y en eso la opinión del Papa era una mera opinión. Y hablamos de un Rey que fue canonizado por la propia Iglesia.
En fin, como todo en este mundo de la rapidez y la inmediatez, es bien probable que en pocos días ya no se recuerde la votación del Papa Prevost.
Pero siempre será bueno consultar la Historia, Maestra de la Vida, y la Historia de la Iglesia, por donde se ven los dedos de Cristo guiándola. Para seguir bien las buenas pistas.
Por Saúl Castiblanco






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