domingo, 08 de noviembre de 2026
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Pesadilla con cisma a las nueve en punto de la noche

No hubo honorarios de psicólogo, pero sí una pesadilla de la Iglesia de Daniel, algo peor que Avignon.

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Foto: Kate Stone Matheson / Unplash

(07/11/2026 21:17, Gaudium Press) Fue hace unos días cuando un estimado amigo tuvo la impertinencia de llamarme apenas despuntaba el sol, horarios esos en los que solo y nada más se han encendido las neuronas de la oración matutina y el aseo personal, despertar en el que tratar de temas prácticos o más sesudos es al menos pecado venial, con 100 años de purgatorio.

—No sé si lo voy a volver a leer a usted —me espetó mi amigo, hombre poco impresionable por lo demás, en una notoria mezcla de sorna y preocupación—. El teléfono casi electrizaba con sus palabras.

—A ver, primero el caballero debe saludar, recordando que las formas son casi como el contenido. Buongiorno, dear friend. Además, ¿qué son estas horas?

—¿Saludar?… ¡Exorcizar la pesadilla que tuve anoche! Que me dejó de psicólogo, de esos de cien dólares la hora.

—Pues bien, si la cuestión es de consulta profesional no me puedo rehusar; mis honorarios serán más módicos, y retiro lo dicho: aproveche, pues, y cuente en qué siniestros parajes anduvo peregrinando, con significativa repercusión emocional…

—A manera de cuento, entonces: eran las nueve de la noche, las nueve en punto de la noche, pues justamente había arreglado el despertador para el día siguiente y me había fijado bien en la hora. Me hallaba aún con una energía que presagiaba el insomnio, por lo que di rienda suelta a la lectura de las noticias de Gaudium Press del día; tal vez eso agotaría mi reserva y me haría reposar en las nieves mullidas de algo parecido a la buena muerte.

Fue entonces que fácilmente atrajo mi atención el artículo de Rafael Ribeiro, ese de cómo podría repercutir el cáncer del Papa en el desarrollo de su pontificado.

—Bien… Rafael es Rafael, y su amigo es su amigo, planetas del sistema solar Gaudium, de órbitas paralelas pero diferentes, por lo que por favor no me endilgue lo que no se debe a mi autoría.

—Está bien. Entonces no sé si volveré a leer Gaudium…

—¡Pero si no ha dicho nada! Deje el dramatismo, Daniel, y cuente qué fue lo que le pasó. (Llamémosle Daniel, que mi culto interlocutor, un católico businessman, detesta la publicidad y además no le he pedido autorización para lanzarlo al estrellato, no vaya a cobrarme después derechos de autor).

—Recuerda el artículo de Rafael, ¿no? Pues que, leyendo las dos hipótesis —la de que tras la noticia de que lo que tenía el Papa era un adenocarcinoma, podría venir una mayor prudencia-lentitud del pontificado, o lo contrario, una aceleración de decisiones aún no tomadas— ocurre que el argumento de la nota terminó alimentando el guion de una película-pesadilla, que paso a relatar.

Desde esa narración de Daniel han trascurrido ya varios días.

Entremientes, he venido re-escuchando en audiolibro la trama del enigmático Arsenio Lupin, caballero y ladrón, sigo con mi lenta lectura de Sherlock en inglés, y adquirí recientemente un libro del inmortal R. L. Stevenson, por lo que puedo afirmar —como vulgarmente se dice en mi país— que ‘estoy psicosiado’ con tantas dosis de intriga y de misterio, así que me es imposible garantizar que el recuento de la pesadilla de mi amigo esté exento de personales aportes de ingredientes novelescos de maquinación decimonónica.

Valga, pues, la advertencia. Además, como un día me sentenció satíricamente un hidalgo marqués español ante el relato conmocionado de un sueño mío: “Los sueños, pues eh… qué decirle, meros sueños son…”

—Soñé —continuó Daniel— que el Papa regresaba al Vaticano y retomaba todas sus labores, sus viajes, con normalidad. Pero que ocho meses después, nuevos análisis y el debido monitoreo regular mostraban que desgraciadamente el cáncer había hecho solapada metástasis, y que requería de otros tratamientos y otros cuidados.

Soñé que, sintiendo que este ya era un pontificado signado por una grave enfermedad, los ‘bandos’ en la Iglesia habían retomado las iniciativas y la pugnacidad características del final del papado anterior.

Soñé que el obispo tal, liberal, harto de que la presencia de este Papa fuera dique contra sus iniciativas más aggiornate, hacía efectivo su anuncio de ordenación de hombres casados a mediados del próximo año, con gran alharaca y altanería, sin esperar el placet de Roma, alegando que lo facultaba para esa decisión el bien de su jurisdicción y la práctica de no sé qué concilio provincial de hace más de mil años.

Soñé que la ola creada y levantada por ese obispo, había sido la chispa que ponía fuego en pajar seco, y que varias diócesis europeas habían creado comisiones particulares para estudiar, o mejor, para allanar el camino de la ordenación de diaconisas. Soñé que, en varias ciudades, comenzaba a hacerse costumbre que ellas predicaran en misa, para ambientar su ingreso al orden sagrado.

—Bien, esto último no es ensoñación, sino que es algo que ya ocurre en Suiza, según informan algunos medios laicos.

—Pues mire usted. Soñé que desde el “otro bando” no solo se apuntaba que todo ese movimiento era una ruptura total con la tradición católica, sino que empezaban a realizarse llamados a desconocer la autoridad de esos obispos liberales en sus medidas de ruptura, y que algunos obispos y también laicos pedían a los fieles no frecuentar ciertas parroquias de esas sedes, y se instaba al Papa a que se restableciese la disciplina de manera coercitiva, pues actitudes contemporizadoras serían contrarias al interés de la Barca de Pedro. Soñé que incluso algunos empleaban palabras de tono creciente hacia el Papa en ese sentido.

Soñé que cada vez se iba haciendo más realidad lo profetizado por la Virgen de Akita, cuando dijo que “la obra del demonio se infiltrará incluso al interior de la Iglesia, de tal modo que se verán cardenales contra cardenales, obispos contra obispos”, y que se empezaba a tornar frecuente que un prelado hablara contra su vecino, y que este le respondiera a la brevedad de la distancia. Soñé que la confusión crecientemente visible en la Iglesia, favorecía lo dicho por la Virgen llorosa de La Salette, cuando se quejaba de que a misa solo iban “unas pocas mujeres ancianas”, especialmente en ciertas regiones del globo más de antigua opulencia, y que los hombres iban escatimando el poco tiempo que antes le dedicaban a Dios.

—¿Leyó usted por estos días esas profecías?

—Sí.

—Bien, eso explica mucha cosa, pues la imaginación trabaja con datos adquiridos previamente.

—Déjeme continuar.

—Siga, pues.

Soñé que el conflicto entre los dos bandos fue creciendo en intensidad, en pugnacidad, unos acusando a otros de no ser seguidores de Cristo sino de sus caprichos mundanos, y los otros diciendo a los unos que su religión era anquilosada, de fórmulas y no de amor cristiano. A cierta altura comenzó a aparecer la palabra cisma, los unos diciendo a los otros que eran cismáticos porque se habían separado de la comunión eclesial, de la regla viva de la fe, mientras que los otros acusaban a los unos de ser cismáticos por ser, supuestamente, minoritarios y estar rompiendo con un cuerpo mayor que pensaba como ellos.

Soñé que el Papa buscaba por todos los medios mantener la unidad, pero que su autoridad era cada vez más desconocida, cuando no contestada. Soñé que finalmente la Iglesia entraba en una situación peor que la del cisma de Avignon.

—Bien, pero usted no está recordando los principales pedidos que hizo la Virgen de la Salette. Ella preguntó a los niños: “¿Hacéis bien vuestras oraciones, hijos míos?”. Ellos respondieron que no muy bien. Pide Ella entonces que no olviden sus oraciones matutinas y por la noche, un Padrenuestro y un Avemaría al menos, y mejor si es más. Insiste en la Misa dominical, en no usar el nombre de Dios en vano, y en transitar decididamente el camino de la piedad. Ella dice, sí, que ya no puede sostener el brazo de su Hijo, pero su advertencia termina en promesa, pues “si se convierten”, hará que las piedras y las rocas se conviertan en trigo, símbolo de renovación. Es decir, en la Salette la Virgen insiste en la renovación de la piedad.

—La conclusión de mi pesadilla es que Avignon se iba convirtiendo en pálida semblanza de lo que comenzaba a pasar en la Iglesia…

—Bien, descendamos de los oscuros reinos oníricos y pasemos al de las realidades, pero las eternas, las del reino de la fe. Por lo demás, siendo esto cuestión de religión, mis intervenciones no causarán honorarios.

Ha hablado usted de cosas relacionadas con La Salette y Akita, que ciertamente hacen un solo conjunto con Fátima. Pero recuerde cómo termina la segunda parte del mensaje de Fátima: “Al final mi Inmaculado Corazón triunfará”, es decir, nada podrá desviar el triunfo de la Virgen, que es el triunfo de Cristo.

Además, la insistencia en las tres apariciones es la de la oración, la penitencia, la piedad, y como consecuencia la conversión. Los hombres tienen en sus manos las llaves de la historia y del futuro, porque todos pueden y deben orar. También hacer sacrificios. La verdadera renovación en la Iglesia viene de la mano con una cruzada de oración, pues orar no es algo de santas viejitas, sino que todo hombre debe ser orante, la vida entera debe ser una constante oración con los ojos puestos en Dios, ofreciendo todo a Dios. Y si bien es cierto que en algunos lugares antes cristianos la oración se está convirtiendo en una especie en vías de extinción, en otros lugares la frecuencia a la oración va recuperando y ocupando espacios insospechados.

Nadie va a negar, es evidente, que dentro de la Iglesia hay crisis bastante graves. Pero quien revisa la historia recordará que incluso en las peores, como la crisis del arrianismo, cuando numerosos jerarcas claudicaron o no tenían claro ciertos puntos de la fe, Dios siempre suscitó luces que sustentaron la fe de los fieles y confirmaron su promesa de que “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, la Iglesia construida sobre la roca de Pedro.

Entonces, la mirada del católico es siempre la del hombre de fe, la del hombre que se hace uno con la fe de la Iglesia, con el legado de Cristo, que confía en el poder de la oración, en la intercesión de la Virgen, que acude a la fuerza de la gracia que viene por los sacramentos, y a quien nada podrá confundir, porque “cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

Así que, ¡adelante! Y más bien prevengámonos de las angustias de ciertas pesadillas, que tal vez tengan origen no solo en la imaginación, sino en la acción de ángeles de signo negativo.

Intercambiamos algunos pensamientos más, ya bajo la luz de la esperanza, cuando el sol estaba más alto.

Por lo demás, Daniel prometió que seguiría leyendo a Gaudium.

Yo por mi parte, seguiría con Lupin y Sherlock, siempre precavido, porque las novelas, por más buenas que sean, novelas son.

Y es claro, esa noche rezaría unas avemarías a más, para predicar con el ejemplo, porque obras son amores, y no buenas razones. Y la oración no es ni sueño ni novela, sino una cosa muy seria.

Por Saúl Castiblanco

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