martes, 02 de junio de 2020
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Peregrinando en un rostro de Zurbarán

Redacción (Viernes, 15-03-2019, Gaudium Press) Zurbarán es un coloso, Zurbarán es un encanto.

Por ejemplo, en esta Virgen Niña que se encuentra en el Museo de Arte Metropolitano de Nueva York. (Cómo fue a parar allá, no sabemos. Ojalá la gente que la visite tenga junto a ella el éxtasis proporcionado a esa maravilla).

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Es ella una niña hacendosa; la vemos bordando sobre un tejido de blanco lino unas figuras delicadas que ya van bien avanzadas, figuras que hacen juego con el bordado de las mangas y cuello de su blusa, que tal vez ella misma también hizo. Las tijeras a la izquierda, la caja de agujas y de elementos para su faena, recalcan que estas labores le son muy queridas.

Las rosas y lirios que salen de un decorado jarrón, y los tejidos superiores con pliegues también en claro-oscuro ambientan noblemente la escena, y sirven de bello marco para un rostro que manifiesta y simboliza la contemplación de realidades celestiales, o realidades materiales vistas bajo la luz celestial. La Virgen Niña está en contemplación seria y admirativa, no sabemos si está en éxtasis; entretanto, la seriedad serena del rostro nos indica también que ella sabe valorar lo de esta tierra con total exactitud y profundidad: Esta niña ya conoce lo que hay en este mundo, lo bello y también lo sórdido, pero todo lo mira con ojos de sabiduría, desde la cumbre dorada donde ella habita con Dios.

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Cuando contemplamos con atención su rostro casi que tenemos la tentación de desechar todo el conjunto para enfocarnos solo en él, de lo atrayente que es. Los calificativos abundan pero no sobran: Inocencia, Candidez, Seriedad, Delicadeza, Pureza, Recogimiento, Piedad, Obediencia, Contemplación, Belleza, Eternidad, Sublimación, también una leve nota de Tristeza… qué maravilla ese rostro, qué maravilla el pintor que pudo plasmar ese rostro. Sobre todo qué maravilla Aquella que inspiró ese rostro.

En ese rostro están unidos el cielo y la tierra. Ella era puente entre el Cielo y la Tierra, puente que fue aún más magnífico cuando pronunció su Fiat y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Pero Ella ahí, en ese cuadro de Zurbarán, ya era puente de amatista y de marfil conducente al Infinito. Ella ahí ya era medianera-puente de todas las gracias del cielo, y puente por el cual viajaban hacia Dios todas las necesidades de los hombres.

El universo se ve como que atraído hacia ese rostro, como que esa sublime expresión atrae hacia Ella todo para presentarlo bellamente al Creador -ella que era criatura perfecta- e implorarle que coronara la obra de la Creación creando el cuerpo humanado del Dios encarnado. El futuro y el pasado del Universo entero pendían y dependían de esa dulce, contemplativa y seria mirada.

Qué bello es este cuadro de Zurbarán. Cómo lucraría todo el mundo en contemplarlo con más atención, y se diría con más devoción.

Para que él inspire bellas obras y no los abundantes mamarrachos. Para que purifique a este hombre de la era del ‘punk’ de tanta suciedad, y limpiándonos nos haga apetecer una vez más el cielo.

Por Carlos Castro

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