jueves, 28 de mayo de 2020
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El centurión Cornelio: un hombre lleno de fe

Redacción (Martes, 17-03-2020, Gaudium Press) Mientras San Pablo permanecía en las proximidades del Monte Horeb, donde recibió gracias místicas extraordinarias, ¿qué pasaba en Judea?

San Pedro cura un paralítico y resucita una costurera

Aproximadamente en el año 38, el Emperador Calígula mandó que fuese erigida una estatua en su honra en el Templo de Jerusalén. Y los judíos, teniendo sus atenciones dirigidas para ese horrendo hecho, dejaron de perseguir a los cristianos. Entonces, la Iglesia “vivía en paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Ella se consolidaba y andaba en el temor del Señor y, con la ayuda del Espíritu Santo, crecía en número” (At 9, 31).

En cierta ocasión, San Pedro visitó “a los santos que residían en Lida” (At 9, 32). La palabra “santos” es empleada para designar a los primeros fieles, “por causa de la eminente santidad de sus vidas, así como de las manifestaciones milagrosas del Espíritu divino que residía en ellos”.

En los Hechos de los Apóstoles, para expresar esa idea son también utilizados los términos: hermanos, discípulos y cristianos. En esa ciudad, el Príncipe de los Apóstoles curó milagrosamente un hombre que hacía ocho años estaba paralítico. Y todos los habitantes de la región se convirtieron.

En seguida, él fue a Jope, que era el principal puerto de Palestina, donde una cristiana llamada Tabita, costurera muy admirada por su generosidad, había fallecido. San Pedro la resucitó y permaneció muchos días en ese lugar.

En Jope, San Pedro tiene una visión

En Cesarea de Palestina, residía Cornelio, centurión romano, “hombre religioso y temeroso a Dios, con toda su casa” (At 10, 2).

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Era pagano y poseía un cargo honroso, pues comandaba cien soldados. Toda su familia y sus servidores adoraban al Creador. Él rezaba bastante y cierto día, mientras hacía sus oraciones, un Ángel se le apareció y le dijo: “Tus preces y tus limosnas subieron para ser recordadas delante de Dios. Ahora, envía algunos hombres a Jope y manda llamar a un hombre llamado Simón, conocido como Pedro” (At 10, 4-5).

Cornelio convocó dos siervos y un soldado, les explicó lo que ocurriera y los mandó a Jope. La caminata de Cesarea a Jope duraba doce horas. Los tres hombres ya se aproximaban a Jope, cuando San Pedro – que se encontraba rezando en la terraza de una casa en la cual estaba hospedado – vio en el cielo una enorme toalla, sujetada por las cuatro puntas, sobre la cual había diversas especies de animales, y que bajaba a la tierra.

Entonces, “una voz le dijo: – ¡Levántate, Pedro, mata y come! Pero Pedro respondió: – ¡De modo alguno, Señor! Nunca comí cosa profana o impura. La voz le habló por segunda vez: – No llames de impuro lo que Dios tornó puro. Eso se repitió tres veces” (At 10, 13-16).

Después, la toalla fue recogida al cielo. Algunos animales, por ejemplo el puerco, eran considerados impuros por la ley judaica. Los judíos jamás los comían, incluso estando en el exterior, conforme muestra el libro de Daniel (cf. Dn 1, 8).

Por esa visión, se verifica que Dios revocaba la parte de la legislación mosaica relativa a los alimentos. La toalla simbolizaba el mundo entero, sobre todo los paganos que el Creador quería introducir a la Iglesia, y San Pedro no se debía negar a recibirlos.

El Espíritu Santo descendió sobre los que oían las palabras de San Pedro

Cuando los tres hombres estaban llegando a la casa donde se encontraba San Pedro, el Espíritu Santo les dijo: “Ve con ellos sin dudar, pues fui Yo que los mandé” (At 10, 20). Al día siguiente, el Príncipe de los Apóstoles, acompañado de algunos cristianos de Jope, se dirigió con los tres hombres hasta Cesarea, donde Cornelio lo estaba esperando, con sus parientes y amigos.

“Cuando Pedro estaba para entrar a la casa, Cornelio le salió al encuentro y se prosternó a sus pies en adoración. Pero Pedro lo levantó y dijo: ‘Levántate, yo también soy apenas un hombre'” (At 10, 25-26). Y le preguntó por qué mandara llamarlo. Cornelio narró la aparición del Ángel y agregó: “Estamos todos aquí, en presencia de Dios, listos para oír lo que el Señor te encargó decirnos” (At 10, 33).

¡Es admirable ese centurión, por su fe y rectitud de alma! Con palabras llenas de unción, San Pedro afirmó, entre otras cosas, que Jesús por todas partes “anduvo haciendo el bien y curando a todos los que estaban dominados por el diablo” (At 10, 38). Los judíos lo mataron, pero Él resucitó al tercer día.

Mientras San Pedro hablaba, “el Espíritu Santo descendió sobre todos los que estaban escuchando la palabra” (At 10, 44). Y luego después fueron bautizados. “Así, el primero de la gentilidad que entró a la Iglesia cristiana fue un hombre de guerra, un centurión romano.”

Los judaizantes

La noticia de ese bellísimo hecho se difundió por toda Judea. Pero cuando San Pedro regresó a Jerusalén, “los fieles de origen judaico se pusieron a discutir con él, diciendo: ‘¡Tú entraste en casa de incircuncisos y comiste con ellos!'” (At 11, 2-3).

Entonces, él narró detalladamente la visión que tuviera en Jope, el bautismo de Cornelio y todos de su casa, en Cesarea. Y agregó: “Si Dios concedió a ellos el mismo don que a nosotros, que creemos en el Señor Jesucristo, ¿quién sería yo para oponerme a la acción de Dios?” (At 11, 17). Al oír eso, ellos se calmaron.

No obstante, “esa falsa apreciación de los derechos del judaísmo con relación a los gentiles tornados cristianos resurgirá más tarde, causando graves peligros para la Iglesia”.

De hecho, esos contestatarios se unieron y formaron un movimiento llamado de los judaizantes, queriendo imponer la ley mosaica – especialmente la circuncisión – a todos los cristianos.

Eso “no solo daría ocasión a continuas discordias, sino también impediría eficazmente la conversión de innumerables gentiles. Era, pues, necesario proclamar abiertamente la libertad cristiana frente a la ley mosaica.”

Esa proclamación fue hecha durante el Concilio de Jerusalén, en el año 51.  

Por Paulo Francisco Martos

(in “Noções de História da Igreja” – 7)

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1-Cf. FILLION, Louis-Claude. La sainte Bible avec commentaires – Actes des Apotres. Paris: Lethielleux.c. 1889, p. 677.

2- FILLION, op. cit., p. 673

3- Cf. FILLION, op. cit., p. 681.

4-Cf. FILLION, op. cit., p. 682.

5- ROHRBACHER, René-François. Vida dos Santos. São Paulo: Editora das Américas. 1959. v. XI, p. 311.

6- FILLION, op. cit., p. 690.

7- LLORCA, Bernardino. Historia de la Iglesia Católica – Edad Antigua. 6. ed. Madri: BAC, 1990, v. I, p. 88-89.

 

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