lunes, 10 de agosto de 2020
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La Unción de los Enfermos, remedio para el alma y el cuerpo

Redacción (Martes, 01-04-2014, Gaudium Press) “¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, y que oren sobre él y lo unjan con el óleo en el nombre del Señor; y la oración de la fe salvará al enfermo y el Señor lo aliviará” (Stg 5, 14-15)

A qué familia, a qué hombre o mujer no se dirige de modo especial esta exhortación del Apóstol Santiago?

Hoy como siempre, la enfermedad no tiene miramientos con nadie. Todos -padres, hijos, esposos, hermanos, amigos- se desviven para brindar la mejor atención posible a sus seres queridos cuando padecen una enfermedad, sobre todo cuando corre riesgo su vida. Sacrifican tiempo de placer y reposo, enfrentan duras dificultades financieras, lo hacen todo para salvarlos o, al menos, proporcionarles algún alivio.

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Jesús cura a un ciego de nacimiento

Salvar… aliviar… ¡Estos son precisamente los efectos de la Unción de los Enfermos! Es un Sacramento de vida y salvación, instituido por Nuestro Señor Jesucristo (ver recuadro de la otra página), que dio a su Iglesia la misión de administrarlo, ordenando a los Apóstoles: “Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien de sus enfermedades a los leprosos y expulsen a los demonios” (Mt 10,8).

Como la madre tierna y cuidadosa que es, la Iglesia se empeña en cumplir este divino mandato. Por las manos de sus sacerdotes, ella unge a los enfermos en la frente y en las manos con un óleo debidamente consagrado, diciendo una sola vez: “Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”.

Pero… ¿qué esfuerzo hacen los fieles para aprovechar los enormes beneficios ofrecidos por este sublime Sacramento? Infelizmente, muchos desconocen el valor de este tesoro puesto por Jesús a nuestra disposición, y acuden a él menos de lo que podrían y deberían.

Objeciones nacidas de temores infundados

Como el principal efecto de la Unción de los Enfermos es la salud del alma, es decir, la salvación eterna, el demonio procura esparcir temores infundados a su respecto, para apartar a los fieles. Ejemplo elocuente es lo sucedido en Montes Claros, ciudad del estado brasileño de Minas Gerais. Una señora afligida llamó por teléfono a un sacerdote:

-Padre, mi mamá está en la Unidad de Terapia Intensiva.

Cuando mencioné la Unción de los Enfermos, empezó una gran discusión entre mis parientes. Algunos dicen que la Unción apresura la muerte. ¿Qué tengo que hacer?

-¡Qué ignorancia! ¿Cómo podría Dios, que destinó al hombre para tener vida en abundancia, instituir un Sacramento que provoca la muerte? Mire, quédese ahí animando la conversación mientras voy a administrarle la Unción de los Enfermos a su madre; después la llamo para concluir el asunto- le respondió.

Tras recibir piadosamente ese Sacramento, la enferma comenzó a mejorar. Y hasta hoy, pasados ya más de diez años, le agradece diariamente a Dios su inesperada cura.

Saludables efectos

Los efectos de este sacramento son muchos y variados. El principal es una gracia reconfortante, de paz y valor, para que quien lo reciba supere las dificultades propias de la enfermedad, o la fragilidad de la vejez.

La Unción borra los pecados -si el enfermo no pudo obtener el perdón a través del Sacramento de la Penitencia- y hace desaparecer sus secuelas. O sea, cuando se lo recibe con buenas disposiciones, restaura la gracia primera infundida por el Bautismo, y suprime los castigos temporales del pecado, librando al alma del Purgatorio.

Por la gracia de este Sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo: de cierta forma es “consagrado” para producir frutos por la asimilación con la Pasión redentora del Salvador.

La Unción atenúa los sufrimientos y aflicciones espirituales, libra de la angustia a los corazones de los enfermos, les proporciona santa y piadosa alegría. Renueva la fe en Dios, dando al alma un nuevo aliento por la confianza en la bondad divina, al tiempo que la fortalece contra las tentaciones de desánimo y de angustia que el demonio suele sugerir ante la perspectiva de la muerte.

La Unción no sólo libra al alma de la indolencia y de la debilidad contraídas como efecto de la enfermedad o los pecados, sino también revitaliza el cuerpo quebrantado por la fatiga. Es un alivio para que la persona soporte más fácilmente las molestias de la enfermedad.

Para los enfermos en situación extrema, este Sacramento es un valiosísimo auxilio en la hora terrible del paso de esta vida terrenal hacia la eternidad. Por fin, muchas veces la Unción obtiene la salud del cuerpo, cuando es útil para la salvación del alma.

¿Quién y cuándo recibirla?

El tiempo oportuno para recibir este Sacramento es cuando la persona empieza a correr peligro de muerte por motivos de enfermedad, debilidad física o vejez. Así, no se debe demorar el pedido hasta la última hora. El Misal Romano insiste en este punto: “Evítese esperar la proximidad de la muerte para hablar de este Sacramento” (GMR, 912).

Cada vez que un cristiano enferma gravemente puede recibir el Sacramento de la Unción, que puede ser reiterado en el curso de la misma dolencia cada vez que se agrava. Pueden recibirlo incluso los enfermos en estado de inconsciencia, así como los niños que hayan alcanzado ya el uso de razón.

No es necesario que el fiel pida este Sacramento, basta con que consienta en recibirlo. Obviamente, si el pedido de la Unción es motivado por la Fe del enfermo, su eficacia será mucho mayor.

Sólo el presbítero puede administrarla

Una señora, persona bien educada, tenía a su madre hospitalizada en estado grave. Cuando se le preguntó si había llamado al sacerdote para darle la Unción de los Enfermos, respondió: “Sí. Un ministro ya le dió la Unción”. Resultado: la madre falleció sin el Sacramento porque el ministro laico no tiene poderes para administrarlo válidamente. Ni siquiera el diácono.

Según nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n° 1516), dicho poder es exclusivo de quien recibe la ordenación sacerdotal, es decir, del obispo y el sacerdote.

Al ministro laico le cabe una importante misión: alentar al enfermo a pedir la Unción y ayudarlo a prepararse para recibirla con buena disposición.

Una gran responsabilidad

También los familiares tienen la gran responsabilidad de tomar cuidados para no privar a sus parientes enfermos de los beneficios de este Sacramento, justamente cuando más lo necesitan.

Como se habla poco de la Unción de los Enfermos, cuando los familiares y amigos traten con los enfermos al respecto de este asunto, deben comenzar por hablar de un Sacramento que anima a la persona en su estado de enfermedad o de debilidad, comunicándole fuerzas para soportar las molestias y sufrimientos.

Conviene mencionar la posibilidad de curación, pero no presentar a la Unción como mero instrumento de la cura corporal. Ello, aunque suceda con frecuencia, puede desvirtuar el significado principal del Sacramento, como es conferir la gracia de soportar la enfermedad con espíritu de fe, esperanza y caridad.

Por el P. Caio Newton de Assis Fonseca, EP

(Revista Heraldos del Evangelio – Septiembre 2004)

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