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Dos buenos compañeros en el bosque
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11 de Septiembre de 2018 / 0 Comentarios
 
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Redacción (Martes, 11-09-2018, Gaudium Press) Toño y Tin eran vecinos y muy buenos amigos aunque el primero era cinco años mayor y próximo a cumplir doce. Vivían en un condominio campestre. Tin le admiraba mucho y su mamá le permitía confiada que fueran al bosque cercano, al arroyo a pescar, cazar mariposas, intentar atrapar un pájaro o a ponerle celadas a las comadrejas, ardillas y liebres. Algunas veces armaban una tienda, llevaban provisiones y pasaban la noche esperando que alguna alimaña cayera en la trampa hasta que Tin se dormía profundamente. Al otro día era la fiesta si alguna aparecía en las rústicas ratoneras que Toño se inventaba... no siempre muy eficaces, pero eso nunca lo desanimó y precisamente aquella era una de las cosas que Tin más apreciaba de su amigo mayor. Después liberaban la atemorizada presa.

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Descubrir la naturaleza junto a su buen amigazo era para Robertín la mejor y más extraordinaria experiencia. Una vez Toño le explicó que esos hongos al pie de los árboles podían ser venenosos a pesar de su color naranja por encima y ámbar por debajo. Pero son muy lindos, dijo Tin. No te hagas ilusiones, no son champiñones como los que comemos en salsa, le respondió Toño. Algunas cosas bellas son solamente para admirarlas, añadió.

Tin eran muy preguntón pero Toño se complacía dándole explicaciones. Preguntar por qué las hojas eran distintas unas de otras, por qué tenían colores los pájaros, las mariposas, ranas y lagartijas, no le molestaba nada a Toño que tenía convencido a su amigo menor que todo eso lo hacía la propia naturaleza pues él estudiaba en un colegio laico. Cuando conseguían coger algún pez Tin lo analizaba con interés antes de que Toño lo preparara o lo llevara a casa para que mamá lo hiciera. Trepar árboles y buscar nidos para verificar si estaban los huevillos de distintos colores o había pichones era otra aventura. Sin tocarlos para nada se alegraban del descubrimiento y compartían lo que habían observado. ¿Por qué son tan feos los pichones? ¿Para qué abren ese pico? ¿Y si se caen del nido qué pasa? Toño era feliz respondiendo, explicando e incluso inventando teorías. Y siempre decía que se trataba de cosas de la naturaleza. Insectos, gusanos, flores, para todo el buen amigo Toño tenía una respuesta. Tin discutía cuando su propia información era otra y la había visto en algún documental o en el colegio alguien le había dicho una cosa distinta. Entonces la inocente polémica se trasladaba a otros campos del ingenuo saber de ellos y quedaban satisfechos, como buenos amigos respetando sus opiniones y evitando una discusión.

Por fin una noche de campamento cuando escuchaban ulular un búho blanco y el tema había sido acerca de esas misteriosas aves nocturnas y todas las leyendas que había entorno a ellas, Tin le preguntó a su amigo que quién era la naturaleza. Es todo lo que vemos en el campo, respondió Toño un poco desconcertado con esa pregunta infantil.

-Sí, dijo Tin. Pero quién le ensenó a hacer todas esas cosas. Dónde las aprendió. Toño se quedó pensativo y Tin por primera vez notó que su buen amigo no tenía respuesta. ¿Cómo hace ella para pintar las alas de los pajaritos y de las mariposas?, continuó preguntando. ¿Por qué hace animales distintos?: unos con plumas, otros con pelos, otros solamente con una piel lisa. Unos vuelan, otros nadan, otros trepan árboles. No entiendo. Tin preguntaba confiado porque sabía que su amigo no se burlaría.

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Toño ya se había metido entre su saco de dormir y miraba al techo de la tienda pensativo, con las manos en la nuca. Oye, respondió tras una pausa larga. Realmente no sé. De verdad, continuó, yo también pienso que alguien tuvo que haberle enseñado. ¡Pero quién! Exclamó Tin medio impaciente. Tú me has enseñado muchas cosas, papá y mamá también, la profe lo mismo. Y a todos ustedes también alguien les enseñó. Entonces ¿no te parece que a la naturaleza alguien le enseñó a hacer las cosas así?

-Yo sí creo, pero no sé quién; tuvo que ser alguien, respondió Toño. Y si no le enseñó, tal vez la... la programó.

-¿Y al búho quién lo enseñó a ulular? Je-je, dijo Toño. Tal vez mamá búho. Pero Tin implacable preguntó: ¿Y a mamá búho? Mejor duérmete Tin, dijo Toño; tienes toda la razón. Alguien enseñó a alguien y así hasta el infinito. Y tras un largo bostezo comenzó a dormirse.

Tin metiéndose en su saco dijo medio somnoliento: creo que fue alguien. Tuvo que haber sido alguien, alguien infinito como dices. O le enseñó o la programó... Y se fue durmiendo tranquilo con su propia respuesta y la nueva maravillosa palabra que ingresó en su vocabulario: infinito.

Por Antonio Borda

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Dos buenos compañeros en el bosque

Redacción (Martes, 11-09-2018, Gaudium Press) Toño y Tin eran vecinos y muy buenos amigos aunque el primero era cinco años mayor y próximo a cumplir doce. Vivían en un condominio campestre. Tin le admiraba mucho y su mamá le permitía confiada que fueran al bosque cercano, al arroyo a pescar, cazar mariposas, intentar atrapar un pájaro o a ponerle celadas a las comadrejas, ardillas y liebres. Algunas veces armaban una tienda, llevaban provisiones y pasaban la noche esperando que alguna alimaña cayera en la trampa hasta que Tin se dormía profundamente. Al otro día era la fiesta si alguna aparecía en las rústicas ratoneras que Toño se inventaba... no siempre muy eficaces, pero eso nunca lo desanimó y precisamente aquella era una de las cosas que Tin más apreciaba de su amigo mayor. Después liberaban la atemorizada presa.

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Descubrir la naturaleza junto a su buen amigazo era para Robertín la mejor y más extraordinaria experiencia. Una vez Toño le explicó que esos hongos al pie de los árboles podían ser venenosos a pesar de su color naranja por encima y ámbar por debajo. Pero son muy lindos, dijo Tin. No te hagas ilusiones, no son champiñones como los que comemos en salsa, le respondió Toño. Algunas cosas bellas son solamente para admirarlas, añadió.

Tin eran muy preguntón pero Toño se complacía dándole explicaciones. Preguntar por qué las hojas eran distintas unas de otras, por qué tenían colores los pájaros, las mariposas, ranas y lagartijas, no le molestaba nada a Toño que tenía convencido a su amigo menor que todo eso lo hacía la propia naturaleza pues él estudiaba en un colegio laico. Cuando conseguían coger algún pez Tin lo analizaba con interés antes de que Toño lo preparara o lo llevara a casa para que mamá lo hiciera. Trepar árboles y buscar nidos para verificar si estaban los huevillos de distintos colores o había pichones era otra aventura. Sin tocarlos para nada se alegraban del descubrimiento y compartían lo que habían observado. ¿Por qué son tan feos los pichones? ¿Para qué abren ese pico? ¿Y si se caen del nido qué pasa? Toño era feliz respondiendo, explicando e incluso inventando teorías. Y siempre decía que se trataba de cosas de la naturaleza. Insectos, gusanos, flores, para todo el buen amigo Toño tenía una respuesta. Tin discutía cuando su propia información era otra y la había visto en algún documental o en el colegio alguien le había dicho una cosa distinta. Entonces la inocente polémica se trasladaba a otros campos del ingenuo saber de ellos y quedaban satisfechos, como buenos amigos respetando sus opiniones y evitando una discusión.

Por fin una noche de campamento cuando escuchaban ulular un búho blanco y el tema había sido acerca de esas misteriosas aves nocturnas y todas las leyendas que había entorno a ellas, Tin le preguntó a su amigo que quién era la naturaleza. Es todo lo que vemos en el campo, respondió Toño un poco desconcertado con esa pregunta infantil.

-Sí, dijo Tin. Pero quién le ensenó a hacer todas esas cosas. Dónde las aprendió. Toño se quedó pensativo y Tin por primera vez notó que su buen amigo no tenía respuesta. ¿Cómo hace ella para pintar las alas de los pajaritos y de las mariposas?, continuó preguntando. ¿Por qué hace animales distintos?: unos con plumas, otros con pelos, otros solamente con una piel lisa. Unos vuelan, otros nadan, otros trepan árboles. No entiendo. Tin preguntaba confiado porque sabía que su amigo no se burlaría.

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Toño ya se había metido entre su saco de dormir y miraba al techo de la tienda pensativo, con las manos en la nuca. Oye, respondió tras una pausa larga. Realmente no sé. De verdad, continuó, yo también pienso que alguien tuvo que haberle enseñado. ¡Pero quién! Exclamó Tin medio impaciente. Tú me has enseñado muchas cosas, papá y mamá también, la profe lo mismo. Y a todos ustedes también alguien les enseñó. Entonces ¿no te parece que a la naturaleza alguien le enseñó a hacer las cosas así?

-Yo sí creo, pero no sé quién; tuvo que ser alguien, respondió Toño. Y si no le enseñó, tal vez la... la programó.

-¿Y al búho quién lo enseñó a ulular? Je-je, dijo Toño. Tal vez mamá búho. Pero Tin implacable preguntó: ¿Y a mamá búho? Mejor duérmete Tin, dijo Toño; tienes toda la razón. Alguien enseñó a alguien y así hasta el infinito. Y tras un largo bostezo comenzó a dormirse.

Tin metiéndose en su saco dijo medio somnoliento: creo que fue alguien. Tuvo que haber sido alguien, alguien infinito como dices. O le enseñó o la programó... Y se fue durmiendo tranquilo con su propia respuesta y la nueva maravillosa palabra que ingresó en su vocabulario: infinito.

Por Antonio Borda

Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/97920-Dos-buenos-companeros-en-el-bosque. Se autoriza su publicación desde que cite la fuente.



 

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