En este Miércoles de Ceniza, el Papa León XIV continuó con su serie de catequesis sobre el Concilio Vaticano II, reflexionando sobre la Constitución Dogmática Lumen Gentium.
Foto: @Vatican Media
Redacción (18/02/2026 10:55, Gaudium Press) En la Audiencia General de este Miércoles de Ceniza, celebrada en la Plaza de San Pedro, León XIV continuó el ciclo sobre los documentos del Concilio Vaticano II con la primera catequesis dedicada a la Constitución Lumen Gentium sobre la Iglesia, titulada El Misterio de la Iglesia, sacramento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, después de haber pasado las últimas semanas reflexionando sobre la Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la Revelación Divina.
El Papa recordó cómo las últimas catequesis han reflexionado sobre varios aspectos de la Revelación Divina, observando que, en particular, vimos cómo Dios eligió revelarse, dando a conocer el amoroso misterio de Su plan divino de unir a todas las personas a Sí mismo por medio de Su Hijo, Jesucristo.
El origen y la misión de la Iglesia solo pueden comprenderse dentro de ese misterio del amor de Dios. El Papa explica que hablar del “misterio” de la Iglesia no significa expresar “algo oscuro o incomprensible”, sino “una realidad que antes estaba oculta y ahora ha sido revelada”.
Esa realidad es el plan de Dios: “unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se concretó en su muerte en la cruz”. Y esto se vive, ante todo, en la asamblea reunida para la celebración litúrgica. “Allí”, dijo, “las diferencias se relativizan; lo que importa es estar juntos porque atraídos por el Amor de Cristo, que derribó el muro de separación entre personas y grupos sociales”.
Para San Pablo, recordó el Papa León, “el misterio es la manifestación de aquello que Dios quiso realizar para toda la humanidad” y se revela en las experiencias locales, que gradualmente se amplían para incluir a todos los seres humanos e incluso al cosmos.
La humanidad es convocada a la ‘ekklesia’
Atraída por la Cruz, suprema manifestación del amor de Dios, la humanidad es así convocada a la asamblea, ekklesia, por Dios. Este es el significado de la palabra Iglesia, es decir, “asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas”. Así, León XIV enfatizó que “hay una cierta coincidencia entre ese misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio que se vuelve perceptible.”
Bajo esa perspectiva, el Santo Padre reflexionó sobre la Iglesia como sacramento, o signo, e instrumento de ese plan de salvación; un signo porque la comunidad de la Iglesia hace visible al mundo de hoy la unidad establecida por Cristo a través de su Cruz y Resurrección, y también un “instrumento”, porque es a través de la Iglesia que Dios alcanza su objetivo de unir a las personas a sí mismo y reunirlas.
“El uso del término ‘sacramento’ y la explicación que de él se deriva pretenden indicar que la Iglesia es, en la historia de la humanidad, la expresión de aquello que Dios desea realizar; por eso, mirándola, se comprende de alguna manera el designio de Dios, el misterio: en este sentido, la Iglesia es signo. Además, al término ‘sacramento’ se añade también el de ‘instrumento’, precisamente para indicar que la Iglesia es un signo activo. De hecho, cuando Dios actúa en la historia, involucra en su actividad a las personas que son las destinatarias de su acción. Es a través de la Iglesia que Dios alcanza su objetivo de unir a las personas a sí mismo y reunirlas.”
Así, esta es la “experiencia de la salvación”. En el n.° 48 de la Lumen Gentium se afirma que Cristo, “resucitado de entre los muertos (Rm 6,9), infundió en los discípulos su Espíritu vivificador y por Él constituyó a la Iglesia, su cuerpo, como sacramento universal de salvación; sentado a la derecha del Padre, actúa continuamente en la tierra, a fin de llevar a los hombres a la Iglesia y unirlos más estrechamente por medio de ella y, alimentándolos con su propio cuerpo y sangre, hacerlos partícipes de su vida gloriosa”.
Este texto, para León XIV, nos permite comprender “la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia”.
El Papa León XIV concluyó dando gracias a Dios “por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos”.




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