miércoles, 11 de marzo de 2026
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Cardenal Sarah responde a La Croix: “La misericordia levanta al pecador, no cambia el nombre del pecado”

El purpurado africano responde a crísticas a su libro 2050.

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Cardenal Sarah – Foto: Wikipedia

Redacción (11/03/2026 10:15, Gaudium Press) El Cardenal Robert Sarah ha respondido a las críticas que el diario francés La Croix dirigió a su último libro, 2050, en una entrevista publicada en el Journal du Dimanche (JDD) [extracto de Le Salon Beige]. A falta de ser interpelado por el propio medio que lo cuestionó, el purpurado guineano eligió ese semanario para desgranar su pensamiento sobre los grandes temas que aborda la obra: la centralidad de Dios en el discurso eclesial, la permanencia de la moral cristiana y las diferencias de sensibilidad religiosa entre África y Occidente:

Pregunta: Usted afirma que «las grandes líneas de la teología, los fundamentos de la fe, no deben desaparecer ante las modas pasajeras o las opiniones del momento», y son precisamente estas grandes líneas las que aborda en su libro. Entonces, ¿qué lugar deben ocupar «el clima, las migraciones y las exclusiones», como se pregunta La Croix: «No como temas políticos, sino como lugares teológicos»?

Estas realidades son graves. Afectan a vidas humanas, por lo que afectan al corazón de la Iglesia. Pero se convierten en problemáticas cuando eclipsan la centralidad de Dios y el discurso eclesial parece no tener otro horizonte que la agenda temporal. Sí, se puede hablar de «lugares teológicos», con una condición: que estos lugares estén iluminados por la fe y no se utilicen como sustitutos de la fe. El pobre no es solo un caso social: es el rostro de Cristo. El extranjero no es ante todo un expediente político: es un hermano que Dios confía a nuestra caridad. La creación no es un ídolo verde: es un don, confiado al hombre para que lo conserve con gratitud. Pero si se habla del clima sin hablar del Creador, si se habla de migraciones sin hablar de la dignidad sobrenatural del hombre, si se habla de exclusiones sin hablar del pecado y de la redención, entonces se convierte a la Iglesia en una agencia moral. La Iglesia nunca es más útil al mundo que cuando se entrega por completo a Dios.

Pregunta: En su libro recuerda que «la verdad del Evangelio no es relativa ni adaptable a las costumbres de la época». ¿Cómo explica que algunos deseen que la Iglesia evolucione, en particular en lo que respecta a la moral cristiana?

El hombre moderno teme la verdad cuando esta le obliga. Prefiere una moral «fluida», sin fronteras, en la que la conciencia se convierte en la medida última. Pero la conciencia no es un dios: debe ser formada por la verdad. La moral cristiana no es un catálogo de prohibiciones. Es la traducción concreta de un misterio: Dios creó al hombre; Dios lo redimió; Dios lo llama a la santidad. La complementariedad del hombre y la mujer no es una construcción cultural: está inscrita en la creación y elevada por el sacramento. El respeto por la vida, desde su concepción hasta su muerte natural, no es una opinión: es el reconocimiento de que la vida es un don. El celibato sacerdotal, en la Iglesia latina, no es una técnica de gestión: es un signo escatológico, una disponibilidad total, un amor indiviso. Quienes quieren adaptar el Evangelio a las costumbres de la época confunden misericordia con renuncia. La misericordia levanta al pecador; no renombra el pecado.

Pregunta: Esta tentación de «modelar la Iglesia a la medida de las contingencias históricas» es más significativa en Occidente, escribe usted, a diferencia del continente africano, que se reconoce más humildemente como heredero del depósito de la fe que hay que transmitir. ¿Cómo entender estas diferentes posturas?

Occidente ha sido herido por un orgullo particular: el de creerse tan adulto que ya no necesita a Dios. Ha sustituido la herencia por la desconfianza, la tradición por la sospecha, la autoridad por la contestación permanente. Quiere reinventar lo que ha recibido. En África, a pesar de las debilidades y las dificultades, a menudo permanece una conciencia más sencilla: somos herederos. Hemos recibido la fe como un tesoro. No se «moderniza» un tesoro: se guarda, se transmite, se hace fructificar. La verdadera humildad consiste en aceptar que la verdad nos precede. Esto no significa que África esté libre de tentaciones. Pero la postura fundamental difiere: en Occidente se quiere negociar con la fe; en África se recibe.

Con información de Infocatólica.

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