domingo, 22 de marzo de 2026
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El amigo abandonado – Comentario al evangelio dominical

Dado que Jesús benefició a tantos desconocidos, ¿acaso abandonaría a un amigo?

Ressurreicao de Lazaro

Resurrección de Lázaro, catedral de Autun, Francia – Foto: Sergio Hollmann

Redacción (22/03/2026 10:32, Gaudium Press) La liturgia de este 5.º Domingo de Cuaresma presenta el punto culminante de una secuencia de señales relatadas por San Juan que resaltan la naturaleza divina de Nuestro Señor.

Al demostrar ser Dios al sacar a Lázaro de la morada de los muertos, Jesús no ocultó, sin embargo, los aspectos más íntimos de su humanidad: cuando las preciosas lágrimas que rodaron por su rostro dieron testimonio del afecto y el cariño que sentía por el difunto.

Pero si lo que separaba a Jesús de Lázaro era apenas el recorrido de una jornada, ¿qué fue lo que hizo que el Salvador permaneciera todavía dos días donde estaba, en detrimento del socorro a su amigo agonizante?

El moribundo desolado

Esta pregunta podría responderse fácilmente aludiendo al riesgo de vida que Jesús corría dentro de la jurisdicción del Sanedrín, ya que, al final del capítulo anterior (cf. Jn 10,39), el Discípulo Amado relata el intento de apresamiento de Nuestro Señor, hecho que lo llevó a retirarse al otro lado del Jordán. Sin embargo, si el hijo del funcionario real que vivía en Cafarnaúm fue curado a distancia (cf. 4,46-54), ¿qué le impedía hacer lo mismo con Lázaro?

No sería descabellado imaginar que el enfermo, al sentir la muerte aproximarse y percibir que el Maestro no llegaba, fuera asaltado por algún problema de conciencia: ¿sería la ausencia de Jesús el castigo de algún pecado? ¿Habría sido infiel? ¿Por qué él, que había dado al Maestro muestras sinceras de adhesión y que tantas veces lo había acogido en su casa, se veía ahora abandonado?

¡Bastaba una sola palabra de Él y todo estaría resuelto! Entonces, ¿cuál es la razón de tal conducta? ¿Habría Nuestro Señor olvidado o descuidado a alguien tan amado?

La exigencia de una fe inquebrantable

La prueba del abandono causa sufrimientos terribles. Y no es raro encontrar, a lo largo de la Historia, almas con vocaciones singulares que bebieron de esta amarga copa. ¿Qué decir, por ejemplo, de una Santa Juana de Arco que, habiendo conquistado Orleans y tras repetidos triunfos, cayó en manos de sus enemigos, teniendo por verdugos a quienes esperaba ver como pastores? No había nadie a su lado, ni en los juicios ni en la ejecución. Solo cuando las llamas tocaron su cuerpo cesó la sensación de abandono, y le fue atestiguado, en una visión mística, que las voces celestiales no habían mentido.

Lo que se exige en estas circunstancias es una fe cimentada en la siguiente convicción: todo concurre para el bien de los que aman a Dios (cf. Rm 8,28). Por lo tanto, si Dios permite un sufrimiento, es porque de él sacará un beneficio mayor.

Y aquí encaja la segunda lectura, en la que el Apóstol, en esa misma epístola, alude a dos modos de vivir: según la carne o según el espíritu.

Quienes se encuentran en el primer caso son incapaces de elevar su inteligencia a planos superiores y ven la vida desde un prisma materialista.

En cambio, quienes viven según el espíritu contemplan la realidad con los ojos de la fe y saben que, por más que no se encuentren explicaciones para esta o aquella dificultad, existe detrás una razón más elevada que, aunque a veces sea inalcanzable para el hombre, no por eso es menos verdadera.

Los frutos de la prueba

Dios no es un verdugo. Cuando Dios permite que alguien sienta la prueba del abandono, no es por un deseo sádico de torturar, sino porque desea utilizar los méritos de ese sufrimiento para establecer una nueva relación de gracias, ya sea con la persona probada, ya sea con una familia de almas o incluso con toda la Santa Iglesia.

Retomando el caso de la santa francesa, ¿qué habrá conquistado su holocausto? Incluso después de su muerte, el impulso de su acción promovió la expulsión de los ingleses, preservando a Francia del cisma venidero. ¡Pero no solo eso! Ella dejó consignado para la posteridad que en un alma pueden coexistir el candor de una virgen con la fortaleza de un guerrero, afirmando con su vida que la inocencia y la combatividad no son contradictorias.

¿Y qué decir de Lázaro?

Los detalles narrados por San Juan no dejan lugar a dudas sobre el hecho de la muerte. Ya hacía cuatro días que el cadáver estaba sepultado y los efectos deletéreos de la putrefacción corroboraban el óbito. Pero la muerte de Lázaro estaba vinculada a un designio altísimo y serviría de instrumento para la manifestación pública e irrefutable de la divinidad de Jesús.

El Salvador no necesitaba recurrir a Dios para resucitar a Lázaro, como lo hizo el profeta Elías con el hijo de la viuda de Sarepta (cf. 1Re 17,17-24). Le bastó decir: “¡Lázaro, sal afuera!” — y en el momento en que el muerto salió de la caverna, quedó patente que, si solo Dios tiene pleno poder sobre la vida, aquel hombre era Dios.

El Verbo Encarnado experimentó el dolor del abandono

Pero, ¡oh dolor!, ¿quién podría imaginar que Él mismo, el Hijo Bienamado, se sentiría abandonado por el Padre?

Llagado, humillado, clavado en el madero, el Verbo Encarnado quiso atravesar las amarguras del abandono para así enseñar que en la hora del grito desgarrador “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”, la única actitud correcta es proclamar: “¡Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu!”

La Madre dolorosa no era ajena a los dolores del Hijo. Y de ningún modo lo sería respecto a los dolores de sus hijos. Le pedimos, entonces, que Ella esté a nuestro lado durante las semanas venideras, en las que acompañaremos paso a paso los lances trágicos de la Pasión, enseñándonos que, por más que las apariencias digan lo contrario, ¡Dios jamás abandona a quienes lo aman!

Por Rodrigo Siqueira

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