Durante la conmemoración del naufragio de San Pablo, el Secretario de Estado del Vaticano destacó que la autoridad cristiana nace de la fidelidad y la confianza en Dios.

Foto: Vatican News
Redacción (03/02/2026 11:21, Gaudium Press) El pasado 1 de febrero, la co-catedral de San Juan en La Valeta, capital de Malta, fue el escenario de una importante celebración tanto para la Iglesia como para el pueblo maltés. El Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado del Vaticano, presidió una misa conmemorativa del naufragio del apóstol San Pablo y del 60º aniversario de las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y la República de Malta, acontecimientos que unen la historia, la fe y el compromiso mutuo por el bien común.
Un acontecimiento que cambió la historia de Malta
El naufragio de San Pablo —relatado en el capítulo 27 de los Hechos de los Apóstoles— ocurrió alrededor del año 60 d.C., cuando el Apóstol de los gentiles era llevado a Roma para ser juzgado. El barco que lo transportaba, junto con soldados, marineros y otros prisioneros, fue arrastrado por una violenta tempestad en el mar Adriático y terminó estrellándose contra las costas de Malta.
Los pasajeros lograron llegar a tierra “gracias a que ninguno perdió la vida, conforme a la promesa de Dios” (Hechos 27, 22-24), cumpliéndose así las palabras de Pablo: “No tengan miedo… ninguna vida se perderá, porque Dios es fiel”.
Durante los tres meses que permaneció en el archipiélago, Pablo predicó, bautizó y realizó milagros, como la curación del padre de Publio —el principal de la isla—, quien más tarde, según la tradición, se convertiría en el primer obispo de Malta. Este período marcó el inicio de una evangelización que convirtió a la isla en una de las naciones cristianas más antiguas del mundo.
En su homilía, el Cardenal Parolin destacó que el relato del naufragio no debe verse solo como un episodio de la vida del Apóstol, sino como una narración evangélica sobre la confianza, la responsabilidad y la relación, contada en un momento de peligro e incertidumbre.
San Pablo, aunque es prisionero y vulnerable, su fe en la providencia divina lo convierte en guía. El Card. Parolin dijo que “la autoridad de Pablo proviene de su relación con Dios y de su sentido de responsabilidad hacia los demás”, lo cual lo transforma en líder moral y espiritual incluso entre quienes lo custodian.
“Aunque es prisionero, se convierte en guía; y siendo vulnerable, se vuelve una fuente de fortaleza”, dijo el purpurado.
El purpurado expresó que “la verdadera autoridad, ya sea espiritual, pastoral o diplomática, no nace del control, sino de la fiabilidad; no de imponer soluciones, sino de permanecer fieles en los momentos de prueba”.
La hospitalidad como primer acto cristiano
Uno de los aspectos más bellos que resalta el relato bíblico y que el Cardenal recordó es la hospitalidad del pueblo maltés. Los habitantes de la isla, al ver a los náufragos tiritando de frío y empapados, “los acogieron con una humanidad poco común” (Hechos 28, 2). Este gesto se convirtió en el primer acto cristiano en suelo maltés.
“El primer acto cristiano en Malta es la hospitalidad”, destacó el cardenal. “San Pablo llegó como extranjero y se fue como padre en la fe”.
En este contexto, el purpurado explicó que la hospitalidad no es una actitud opcional, sino una respuesta evangélica a la presencia de Cristo en el otro, especialmente en quien llega herido, vulnerable o desamparado.
Esta enseñanza se vuelve urgente en los tiempos actuales, marcados por el drama de las migraciones, las guerras y las divisiones sociales, donde el miedo y la desconfianza tienden a imponerse sobre la compasión y el encuentro.
El mar de hoy
Parolin estableció un paralelismo entre el mar que llevó a Pablo a Malta y el mar Mediterráneo contemporáneo, escenario hoy de migraciones forzadas y tragedias humanas.
“El mismo mar que trajo a Pablo a Malta —afirmó— es aquel por el que pueblos y naciones siguen navegando hoy, entre guerras, desplazamientos, fragmentación social y miedo al futuro”.
En este sentido, recordó que la vocación de la Iglesia es ejercer la misma acogida que mostraron los malteses, afirmando: “La Santa Sede no pretende calmar todas las tormentas, pero busca, con humildad y perseverancia, mantener viva la convicción de que nadie debe perderse, de que la paz es posible y de que el diálogo nunca es vano”.
60 años de diálogo fecundo
La visita del Cardenal Parolin tuvo también un carácter diplomático. En su mensaje, recordó los 60 años de relaciones diplomáticas entre Malta y la Santa Sede, destacando la colaboración respetuosa y productiva entre ambas entidades.
“Iglesia y Estado, cuando cada uno respeta la autonomía del otro, pueden cooperar fructíferamente por el bien común”, afirmó.
El purpurado evocó los acuerdos firmados en materia de educación, matrimonio, bienes eclesiásticos y formación, indicando que no deben verse como simples instrumentos legales, sino como signos de una confianza pacientemente construida, expresiones de un deseo compartido de servir a la sociedad sin confusión de responsabilidades.
Parolin insistió en que las relaciones entre la Iglesia y el Estado no deben ser vistas como conflictivas o clericales, sino dialogantes y realistas, sostenidas en la verdad y la mutua colaboración.
Más allá del hecho histórico, el naufragio de San Pablo representa la fragilidad de la vida humana ante las tormentas del mundo, pero también la certeza de que Dios no abandona a quienes confían en Él. San Pablo, encadenado y sin poder alguno, se convierte en signo de esperanza porque su fe permanece.
Como recordó el Papa Francisco en su visita a Malta en 2022, este episodio enseña que “la fe no elimina las tormentas, pero permite atravesarlas sin hundirse”. Pablo enseña que cada crisis puede ser ocasión de renovación, y que en medio de las dificultades, la confianza en Dios transforma el naufragio en misión.
Una fiesta que mantiene viva la memoria
Cada 10 de febrero, Malta celebra con fervor la Fiesta del Naufragio de San Pablo, declarada día festivo nacional. Las calles de La Valeta se llenan de procesiones, himnos y actos litúrgicos que evocan aquel suceso providencial. En palabras del párroco de San Pablo en La Valeta, citadas por Issuq tal-Belt: “Celebrar este naufragio es celebrar el nacimiento espiritual de nuestra nación. Fue el comienzo de nuestra historia cristiana, y sigue siendo un faro que guía nuestra identidad”.
Las reliquias del Apóstol, conservadas en la iglesia de San Pablo Naufragado, son veneradas cada año por miles de fieles, recordando la fuerza de una fe que nació de la tormenta.
Con infromación de AciPrensa






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