A cuatro años de la invasión rusa, el arzobispo Sviatoslav Shevchuk describe el dolor y la fuerza espiritual del pueblo ucraniano que sobrevive entre bombardeos y sin electricidad.
Foto: VaticanNews
Redacción (25/02/2026 11:16, Gaudium Press) El 24 de febrero de 2026 se cumplen cuatro años desde que Vladimir Putin ordenó la invasión a gran escala de Ucrania, un conflicto que se ha convertido en la guerra más grave en Europa desde 1945. Según datos de Naciones Unidas, más de 56.000 civiles han muerto o resultado heridos, incluidos cientos de niños y niñas; y entre las fuerzas militares, las estimaciones señalan centenares de miles de bajas. Casi 6 millones de ucranianos permanecen refugiados fuera del país, mientras millones más han sido desplazados internamente.
En este doloroso aniversario, monseñor Sviatoslav Shevchuk, arzobispo mayor de los católicos ucranianos de rito griego, ha ofrecido un testimonio sobre la situación en el país, el sufrimiento de la población y la respuesta de la Iglesia.
“El cuarto aniversario es un aniversario trágico. Nadie podría haber imaginado una guerra en Europa que duraría cuatro años”, señala Shevchuk, recordando que el conflicto tiene raíces previas desde 2014. Advierte, además, que la situación hoy puede ser incluso más dramática que al inicio de la invasión de 2022, sobre todo por el invierno y la destrucción sistemática de la infraestructura vital.
El invierno, la falta de electricidad y el desafío de sobrevivir sin calefacción
Una de las consecuencias más duras del conflicto ha sido la destrucción de las redes eléctricas y de calefacción. Shevchuk explica que en ciudades como Kiev los sistemas de calefacción y electricidad están centralizados y que los misiles rusos destruyen esas centrales. Esto ha dejado a miles de personas sin agua caliente ni electricidad en medio de un invierno extremadamente frío.
“Cuando la temperatura bajó de los veinte grados, se hizo imposible suministrar electricidad y agua caliente; las tuberías se congelaron y agrietaron”, relata el arzobispo, “imaginemos un edificio con tres mil habitantes: todo en los apartamentos se congela, la temperatura interior es solo unos pocos grados superior a la exterior”.
Frente a esta situación desesperada, la comunidad ha buscado soluciones de emergencia, tiendas de campaña con calefacción y generadores donde la gente puede cargar sus dispositivos, tomar té caliente y entrar en calor escuelas y jardines de infancia adaptados como refugios, y el sótano de la catedral grecocatólica de Kiev, donde un generador funciona casi veinte horas al día. Shevchuk explica que allí hay gente que pasa la noche, que de hecho vive allí, y tenemos que proporcionarles todo lo que necesitan.
“El frío no pregunta si eres sacerdote u obispo, ni a qué iglesia perteneces”, afirma Shevchuk. Frente a esta tragedia común, destaca: “intentando unirnos, ayudarnos mutuamente y también encontrar el sentido cristiano: cómo vivir una vida cristiana en estas condiciones”.
Lejos de sucumbir al miedo o a la desesperación, muchas personas han mostrado resiliencia y esperanza. El arzobispo recuerda las palabras de un niño de cinco años: “Si yo supero el frío, Ucrania también lo superará”.
En los refugios, cuenta, “la gente sonríe y canta; en los patios y frente a las casas congeladas, ponen música y bailan”. No es una negación del dolor, sino una forma de afirmar la vida en medio de la adversidad.
Los sacerdotes han estado al lado de la gente no solo en lo material, sino también en lo espiritual y emocional. Shevchuk comparte que han desarrollado programas de sanación para los mismos pastores, “quien ha experimentado y superado su propio sufrimiento se convierte en un médico herido, capaz de comprender al que sufre y guiarlo hacia la sanación”. Así, la atención integral —espiritual, psicológica y social— se vuelve una prioridad para la Iglesia.
El arzobispo ve también un legado espiritual, “adquirimos una experiencia que antes no teníamos y que puede convertirse en un verdadero tesoro para otras Iglesias que no han enfrentado una tragedia similar”, especialmente para acompañar a quienes buscan a Dios en medio de la tormenta.
La ayuda internacional, la solidaridad y la fe compartida
Shevchuk reconoce que la ayuda internacional ha tenido altibajos: “En 2025, la ayuda casi se detuvo, pero este invierno trágico ha reavivado la solidaridad internacional, como en febrero-marzo de 2022”. Relata cómo, tras enviar un mensaje al cardenal Grzegorz Rysz de Cracovia, se organizó una colecta que recaudó fondos para enviar generadores, calentadores, estaciones de carga y alimentos a Ucrania. “Quien da pronto, da dos veces”, recuerda, aludiendo a un proverbio latino que resalta la urgencia de la ayuda.
Shevchuk expresa su gratitud a las Iglesias y organizaciones que han respondido con generosidad y expresa que estos apoyos eran sumamente necesarios para salvar vidas humanas.
A pesar del dolor, el arzobispo afirma: “Creo que el cuarto año de esta guerra es una vergüenza para la humanidad. Es vergonzoso que en cuatro años la comunidad internacional no haya podido detener la mano letal del agresor. Este triste aniversario es un llamado a comprometerse con Dios y con la construcción de la paz”.
Un día de oración por la paz y por Ucrania
En consonancia con esta invitación, el Consejo Panucraniano de Iglesias y Organizaciones Religiosas ha publicado un mensaje conjunto para este aniversario en el que, además de honrar a los caídos y agradecer la ayuda internacional, anuncian un Día Nacional de Oración por la victoria de Ucrania y por una paz justa y duradera. Hacen un llamado a todas las comunidades religiosas, tanto dentro como fuera del país, a unirse en oración y a pedir la victoria y una paz justa para Ucrania.
El mensaje concluye con una invocación de fe: “¡Dios, el Grande, el Único, protege a Ucrania…! ¡Invocamos la bendición de Dios sobre Ucrania y el pueblo ucraniano!”.
Con información de Religión en Libertad




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