jueves, 05 de marzo de 2026
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El libro que le gusta al Papa: “Recibe todos mis trabajos” decía a Dios el hermano Lorenzo, su autor

En medio de las tareas más simples de un convento, el Hermano Lorenzo de la Resurrección descubrió el camino hacia su paz interior, recordar a Dios en cada momento del día.

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Redacción (05/03/2026 11:32, Gaudium Press) Entre los textos espirituales que han marcado la tradición cristiana se encuentra La práctica de la presencia de Dios, obra sencilla pero de enorme espiritualidad. Este libro, uno de los favoritos del Papa León XIV, recoge las conversaciones y cartas de un humilde hermano carmelita conocido como Hermano Lorenzo de la Resurrección.

En el mundo se llamaba Nicolás Herman; nació en el año 1610 y murió en 1691. Vivió como hermano laico en un convento carmelita de París. Aunque desempeñaba tareas sencillas —muchas veces en la cocina o en labores domésticas— su vida espiritual llamó la atención de quienes lo rodeaban.

Tímido y servicial, Lorenzo solía evitar largas conversaciones o momentos de recreación. Sin embargo, la serenidad y la felicidad que irradiaba despertaban una pregunta constante en quienes lo conocían: ¿cuál era el secreto de su profunda paz interior?

Ese secreto probablemente se habría perdido para siempre si no hubiera sido recogido por el sacerdote Joseph de Beaufort, consejero del arzobispo de París, quien registró cuatro conversaciones que sostuvo con el hermano y recopiló quince de sus cartas espirituales.

De esas páginas nace una enseñanza espiritual sorprendentemente transformadora, vivir continuamente en la presencia de Dios.

A continuación, tres ideas principales que revelan el corazón del mensaje del hermano Lorenzo.

  1. Vivir la presencia de Dios también en las tareas más simples

Una de las enseñanzas centrales del hermano Lorenzo es que la presencia de Dios no se limita a los momentos de oración, sino que puede vivirse en cada instante de la vida.

Para él, la unión con Dios no dependía de realizar obras extraordinarias ni de retirarse del mundo, sino de transformar las tareas cotidianas en actos de amor. Incluso las actividades más simples —cocinar, limpiar, organizar— podían convertirse en oración cuando se realizaban con una intención pura.

El hermano enseñaba que al principio esta práctica exige esfuerzo y disciplina interior, es necesario aprender a dirigir los pensamientos hacia Dios, rechazar distracciones y purificar las intenciones. Pero con el tiempo, gracias a la acción de la gracia, esa presencia se vuelve algo natural y espontáneo.

Para Lorenzo, Dios no se fija tanto en la grandeza de las obras como en el amor con que se realizan. Por eso decía que no era necesario cambiar de ocupación para agradar a Dios, bastaba con hacer cada tarea para su gloria.

En medio de su trabajo cotidiano, elevaba constantemente pequeñas oraciones como esta: “Oh Dios mío puesto que tú estás conmigo y porque ahora debo obediencia a tus mandamientos aplicar mi mente a estas cosas externas, te suplico me concedas la gracia para continuar en tu presencia y para este propósito bendíceme con tu asistencia. Recibe todos mis trabajos y posee todos mis afectos”.

Esta actitud revela una espiritualidad  encarnada, Dios no está lejos de la vida diaria, sino presente en cada pequeño acto ofrecido con amor.

  1. La confianza total en Dios en medio de las dificultades

Otra enseñanza fundamental del hermano Lorenzo es la confianza absoluta en Dios, incluso en medio de la sequedad espiritual, el cansancio o las dificultades.

Él sabía que la vida espiritual no siempre está acompañada de consuelos o sentimientos elevados. Muchas veces el alma experimenta inseguridad, tedio o incapacidad para avanzar. En esos momentos, Lorenzo aconsejaba recurrir a un camino muy sencillo, abandonarse completamente en Dios.

Cuando algo parecía imposible o demasiado difícil, proponía dirigirse al Señor con humildad :“Señor, no soy capaz de hacerlo si tú no me ayudas”.

Para él, este acto de confianza honra a Dios, porque reconoce nuestra fragilidad y su infinita providencia.

También enseñaba que no debemos desanimarnos por nuestras caídas o pecados. Dios nunca deja de conceder las gracias necesarias para levantarnos y continuar. Lo importante es permanecer en sus manos, reconocer nuestra pequeñez y confiar en su misericordia.

El hermano Lorenzo recomendaba además no anticipar preocupaciones innecesarias. Cuando una tarea difícil o una prueba se presentaba, lo mejor era afrontarla en el momento oportuno, confiando en que Dios daría la fuerza necesaria.

En esa actitud de abandono total pronunciaba esta sencilla oración: “Mi Dios aquí estoy totalmente consagrado a ti, Señor hazme de acuerdo a tu corazón”.

Esta espiritualidad de confianza recuerda que la vida cristiana no se sostiene por nuestras fuerzas, sino por la gracia de Dios que actúa en quienes se abandonan a Él.

  1. El camino cristiano: vivir de la fe, la esperanza y la caridad

El tercer punto clave en la enseñanza del hermano Lorenzo es la centralidad de las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

Él advertía que una persona no progresa verdaderamente en la vida espiritual si se aferra únicamente a penitencias, prácticas o ejercicios exteriores mientras descuida el amor a Dios.

La verdadera vida cristiana consiste en creer, esperar y amar.

Según Lorenzo, todas las cosas se vuelven más fáciles para quien vive apoyado en estas virtudes. La fe nos permite reconocer la presencia de Dios incluso cuando no la sentimos, la esperanza nos sostiene en medio de las pruebas, y la caridad nos impulsa a buscar siempre la voluntad divina.

También insistía en no buscar a Dios únicamente por consuelos espirituales o experiencias sensibles, por sublimes que parezcan. Lo que realmente nos une a Él es algo mucho más simple, un acto humilde y constante de fe.

Dios habita en el interior del alma, y por eso no es necesario ir lejos para encontrarlo. Basta con volver el corazón hacia Él en medio de cualquier circunstancia.

El hermano Lorenzo recomendaba hacerlo con gestos de amor frecuentes: “Acostúmbrate a adorarlo gradualmente, a suplicar por su gracia, a ofrecerle tu corazón de tanto en tanto, en medio de tus trabajos, incluso a cada momento si puedes. No te confines escrupulosamente a ciertas reglas, o particulares formas de devoción, más bien actúa con una gran confianza en Dios, con amor y humildad”.

Una espiritualidad que transforma la vida

El secreto del hermano Lorenzo no era una técnica complicada ni una espiritualidad reservada para monjes o contemplativos, era recordar a Dios con amor en cada momento de la vida.

En una cocina ruidosa, entre ollas este humilde carmelita descubrió algo que muchos santos han confirmado a lo largo de los siglos, la santidad no depende de hacer cosas extraordinarias, sino de hacer lo ordinario con un amor extraordinario.

Con información de ChurchPop

 

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