miércoles, 18 de marzo de 2026
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Ellos ya están entre nosotros…

No basta con tener genios que sepan calcular la ruta a Marte o descifrar idiomas extintos si no tenemos hombres y mujeres que sepan lo que es la caridad, el honor y el temor a Dios.

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(18/03/2026 11:48, Gaudium Press) Observando el teatro repetitivo de las aflicciones humanas, confieso que me causa cierta tristeza ver a tanta gente depositar sus esperanzas en la ingenua ilusión de que la salvación del mañana vendrá empaquetada en cables de fibra óptica o en las líneas de código de una Inteligencia Artificial. Se olvidan, sin embargo, de que para que el mundo sobreviva y se convierta en un ambiente verdaderamente saludable, quien necesita cambiar es el propio ser humano.

Afortunadamente, la gran y silenciosa verdad es que la Providencia Divina, cuya sabiduría está por encima de todas las cosas, lleva tiempo preparando el terreno y ya ha comenzado a enviar las semillas de ese nuevo mundo.

Los constructores del mañana ya caminan entre nosotros

Siguen llegando, calzando zapatos infantiles y jugando con pelotas y muñecas, pero portando dotaciones específicas e intelectos que desafían nuestra comprensión. Me refiero a los niños con altas capacidades y superdotación, cuyas mentes hierven con una intensa actividad metabólica, procesando la realidad a una velocidad que nos deja atónitos.

La miopía clínica

Sin embargo, ¿qué hace nuestra sociedad moderna, tan orgullosa de su “ciencia”, ante estos pequeños prodigios? Se asusta. Intenta encuadrarlos, medicarlos y etiquetarlos a cualquier precio. En lugar de cultivar esas habilidades, nuestras miradas clínicas suelen resbalar en la miopía, confundiendo genialidad con trastorno y corriendo el riesgo de dejarse llevar por diagnósticos apresurados que parecen seguir una tendencia generalizada de encajar todo en el trastorno del espectro autista.
Afortunadamente, hay padres y profesionales sensibles; algunos de estos pequeños consiguen ser vistos por lo que realmente son: algo que no comprendemos y que refleja una gloria específica de nuestro Creador. Veamos el caso de un pequeño notable del interior de São Paulo.

Con tan solo tres años de edad, una etapa en que el mayor logro suele ser dejar los pañales, este niño ya juega con el alfabeto griego y el ruso, domina siete idiomas y ostenta un impresionante CI de 132, lo que le valió un lugar en la prestigiosa sociedad internacional Mensa.

Sin embargo, ese niño llegó a ser evaluado para autismo, hasta que la obviedad de su superdotación saltó a la vista.

Madres atentas

En medio de esa tormenta de genialidad, la reacción más auténtica partió de su madre, que se esfuerza en recordarle al niño y a los demás familiares que él es tan niño como los demás, que le encanta jugar en la plaza y que sigue con fervor a un equipo de fútbol.

Esa misma infancia, a veces olvidada por nosotros los adultos, resiste valientemente en Ceará, donde un niño de apenas 12 años vio su nombre figurar en la lista de aprobados del examen de ingreso universitario para Matemáticas en una universidad estatal. La mente de ese niño vuela tan rápido por las ecuaciones que sus padres enfrentan un desafío que roza lo cómico: deben imponerle límites y recordarle a diario que deje de estudiar y viva el ocio típico de su edad.
En la misma línea, conocemos historias como la del joven Enzinho, también de 12 años, que ya se sumerge en libros de preparatorios universitarios con la firme determinación de estudiar Medicina.

El desafío pedagógico

Como podemos observar, esa genialidad no se limita a los números o los idiomas. La sensibilidad estética también florece de manera sorprendente y precoz. Hay niños con altas habilidades musicales que, antes incluso de los seis años de edad, ya poseen una apreciación profunda por los timbres, una percepción rítmica refinada y la capacidad de pasar largos períodos en absoluto hiperfoco, dedicándose únicamente a componer y manipular sonidos. De la misma forma, hay quienes dibujan y pintan con un alto grado de refinamiento y creatividad.

Pero la triste realidad es que nuestras instituciones educativas no saben qué hacer con estos —hoy pequeños— virtuosos del mañana. Las escuelas, que deberían ser semilleros del saber, se han convertido en líneas de montaje estandarizadas, revelando una dolorosa falta de preparación. Madres y padres sufren peregrinando de colegio en colegio, viendo a sus hijos enfermar mentalmente en entornos que simplemente no logran acoger su grandeza, generando un inmenso sufrimiento e inadaptación.

La brújula moral y el nudo de la cuestión

Sin embargo, el problema es mucho más profundo. Si el sistema educativo es una barrera evidente, el gran nudo de nuestra era reside precisamente en los padres y los educadores. La inteligencia es como una espada forjada en el acero más puro: cortará implacablemente todo lo que se le presente, en su intento de diseccionar los significados.
Si estas mentes fantásticas no reciben una sólida formación moral y espiritual, corren el riesgo de perderse. La genialidad desprovista de virtud es un barco veloz, pero a la deriva, en un mar revuelto. Si las familias no son un puerto seguro —ofreciendo afecto y límites, y enseñando los valores de lo Alto—, estos niños podrán fácilmente perderse en los laberintos de sus propias mentes.

Sin el norte innegociable de la moralidad y la fe, corren el peligro de atrofiar sus raras habilidades o, lo que es infinitamente peor, utilizarlas de forma egoísta e inadecuada, sirviendo a las vanidades y sucumbiendo a las tentaciones de un mundo que ya está bastante enfermo.

No basta con tener genios que sepan calcular la ruta a Marte o descifrar idiomas extintos si no tenemos hombres y mujeres que sepan lo que es la caridad, el honor y el temor a Dios.

Como bien sabemos, una sociedad que endiosа el intelecto puro, pero desprecia la rectitud del alma, pavimenta su propio colapso. El peligro nunca residió en el silicio de las máquinas, sino en el alma de quien les abre las puertas.

Por lo tanto, que tengamos la humildad de aprender de estos arquitectos del mañana, cuidando de no aplastarlos con nuestros moldes mediocres. Que les demos las herramientas académicas que tanto necesitan, pero que jamás olvidemos nutrir su espíritu con la solidez de la vida familiar y la fe en Dios.

Al fin y al cabo, para salvar este nuestro viejo y cansado mundo, no bastará solo con pensar más rápido; será necesario, ante todo, saber amar y discernir el bien del mal. Y esa es una lección que ningún algoritmo, por más avanzado que sea, será capaz de enseñarles.

Por Alfonso Pessoa

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