Estamos inmersos en una guerra espiritual, quiera el lector o no. Y en una guerra, permanecer neutral no es una posición de seguridad, sino de deserción.
Redacción (10/03/2026 15:28, Gaudium Press) Existe una máxima de San Gregorio Magno —adoptada más tarde por doctores de la Iglesia como Santa Teresa de Ávila— que sirve como un examen de conciencia implacable para todos nosotros: “in via Dei non progredi, regredi est”, en el camino de Dios, no avanzar es retroceder.
Muchos cristianos, por una especie de ceguera cómoda, imaginan que la vida espiritual es como una plataforma estable: creen que, si no están practicando el mal activamente, si no están cometiendo crímenes o pecados escandalosos, ya están haciendo suficiente. Sin embargo, esto es un engaño. No hacer el mal es meramente la obligación de cualquier persona civilizada; hacer el bien, de forma activa y creciente, es la misión del bautizado.
La ilusión de la neutralidad
Estamos inmersos en una guerra espiritual, quiera el lector o no. Y en una guerra, permanecer neutral no es una posición de seguridad, sino de deserción. La neutralidad, en términos espirituales, contribuye a que el enemigo avance, a que la Iglesia se debilite y a que otras almas se pierdan por falta de testimonio.
Ser cómplice del mal por omisión es un peligro silencioso. Es común ver la práctica del error y del vicio cotidianamente, pero, por razones de comodidad o como estrategia para no “crear problemas” en el trabajo, en la familia o en el círculo social, acabamos practicando lo que llamo subserviencia gris. Es aquella actitud que no se define: no apoya el mal abiertamente, pero tampoco lo cuestiona. Es una posición de facilitación, que permite que el error se instale y gane el estatus de normalidad por falta de resistencia.
El océano y la trinchera
Es evidente que no debemos hacernos los justicieros de esquina ni creer que vamos a reformar el mundo desde nuestra insignificancia personal. Sin embargo, conviene considerar que, gota a gota, se forma el océano; y de granos minúsculos, se extienden kilométricas playas. Aunque nos sintamos débiles —lo cual, de hecho, somos—, presenciar la práctica de la injusticia y el crecimiento del pecado sin tomar ninguna actitud es una traición a nuestro puesto.
Es como estar de guardia en la puerta de una trinchera. Ves al enemigo acercarse, ves el peligro entrar sigilosamente, pero decides no dar la alarma solo para no ser molestado en tu descanso o para no parecer “radical” ante los demás soldados.
Permites la invasión, creyendo que tu puesto de soldado raso es demasiado irrelevante para marcar la diferencia. Sépase: el enemigo adora la insignificancia de los que callan.
La trampa de la falsa modestia
Hay también quienes, aunque sean intrínsecamente buenos, se dejan dominar por una falsa modestia. No avanzan en la virtud por miedo a ser malinterpretados o tachados de arrogantes y “santurrones”. Para parecer “simpáticos” o integrados, simplemente siguen a la manada, dejan que otros tomen la delantera y evitan cualquier decisión que exija firmeza de carácter.
Santa Teresa de Ávila advierte con severidad: quien adopta esa actitud de neutralidad y comodidad —haciendo una pausa para descansar donde debería haber combate— se pone en constante peligro de ser absorbido por “fieras y víboras”, que son las distracciones y los pecados que rondan los castillos del alma.
Es preciso avanzar siempre. Todos los días. Aunque sea un paso milimétrico, pero hacia adelante. Es necesario tomar la determinación de progresar y no esperar que la vida nos proteja indefinidamente solo por el rasgo de bondad que heredamos. La bondad estancada se pudre; la virtud, para ser real, necesita ser un movimiento continuo hacia lo Alto.
Por Alfonso Pessoa





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