viernes, 06 de marzo de 2026
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En una parroquia con adoración perpetua, 14 vocaciones: “no puede ser casualidad”

Mons. Malone fue obispo cuando ya muchos piensan en jubilación. Cuando llegó a su parroquia, instauró la adoración perpetua.

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Foto: Arkansas Catholic

Redacción (06/03/2026 10:08, Gaudium Press) Setenta y cinco años, 43 de ministerio sacerdotal y un episcopado que comenzó cuando la mayoría de los hombres piensan ya en la jubilación: el Obispo Francis Malone, titular de la Diócesis de Shreveport, Luisiana, EE.UU., condensa su visión de la vida cristiana en una fórmula de una sencillez desconcertante. «Asista a misa y confiésese con frecuencia, participe en la adoración perpetua o en alguna devoción, y forme parte de una organización parroquial.», consejos vividos en una entrevista con Catholic World Report.

Una vida construida sobre la oración

El obispo habla desde la experiencia, no desde el manual. Nació en Filadelfia como el cuarto de nueve hermanos en una familia que vivía la fe con la misma naturalidad con que respiraba. Su padre, civil al servicio del Ejército de los Estados Unidos, les levantaba a las seis de la mañana en Cuaresma para ir a misa, pertenecía a la Legión de María y reunía a los hijos alrededor del Rosario. Cinco sacerdotes de la parroquia familiar, la Natividad de la Santísima Virgen María, completaron esa formación. Uno de ellos acudió a ungir a su madre la noche en que murió.

La pérdida fue el golpe definitivo de su infancia. Su madre tenía 37 años; él, doce; su hermano menor, tres meses. «Me resulta muy difícil hablar de su muerte, incluso hoy», dice Malone. «Fue una noche muy mala, y todavía me quedan muchas emociones.» La familia no se derrumbó. Su padre asumió en solitario la crianza de los nueve hijos, asegurando su educación y, sobre todo, manteniendo viva la vida de oración del hogar.

Hoy, seis décadas después, los ocho hermanos supervivientes se reúnen cada domingo por la noche a través de videollamada para rezar el Rosario. Su hermano menor, John, coordina los turnos; Francis cierra la sesión con una reflexión y una bendición. «Siempre hemos sido cercanos», dice el obispo, «pero rezar el Rosario realmente ha solidificado nuestra relación.» El hábito comenzó cuando fue consagrado obispo. Es, también, una forma de catequesis práctica sobre aquello que predica.

La prueba de las vocaciones

La coherencia entre el consejo y la vida se hace más visible en el episodio más notable de su ministerio parroquial. Cuando en 2001 llegó como párroco a la Iglesia de Cristo Rey en Little Rock, la parroquia no tenía ninguna vocación sacerdotal activa. Malone propuso iniciar la adoración eucarística perpetua, las 24 horas del día. Más de noventa personas se inscribieron.

«Casi de inmediato empezamos a tener vocaciones», relata. En los años siguientes, catorce hombres de esa misma parroquia fueron ordenados sacerdotes. La correlación se reveló tan directa que cuando los turnos nocturnos quedaron sin cubrir y la adoración decayó, las vocaciones también lo hicieron. Al reforzar la adoración, volvieron a crecer. «No puede ser casualidad», afirma. Trasladó el modelo a Luisiana cuando fue nombrado obispo.

La Diócesis de Shreveport, la más septentrional de las siete que tiene Luisiana, atiende a cerca de 40.000 fieles en una región de mayoría bautista, fronteriza con Arkansas, Texas y Misisipi. Cuenta actualmente con seis seminaristas, cifra que el obispo valora positivamente en relación con el tamaño de la diócesis.

El camino largo hasta el episcopado

Mons. Malone fue ordenado sacerdote de la Diócesis de Little Rock en 1977, tras estudiar en el Seminario de la Santísima Trinidad de la Universidad de Dallas y licenciarse en Derecho Canónico por la Universidad Católica de América. Sirvió en Arkansas durante 43 años, siguiendo los pasos de su tío, Monseñor Bernard Malone, quien había hecho el mismo viaje desde Filadelfia en 1942 dentro del flujo histórico de clero que la Arquidiócesis de Filadelfia enviaba hacia las diócesis del sur con escasez de vocaciones.

El Papa Francisco lo nombró obispo de Shreveport a finales de 2019. Tenía 69 años. «No me lo esperaba», reconoce. «Pero, como nos recuerda la Parábola de los Obreros de la Viña (Mt 20,1-16), se puede llamar a los obreros a cualquier hora del día.»

Sus héroes: los feligreses de a pie

Preguntado por sus referentes católicos, el obispo prescinde de las grandes figuras históricas. Sus héroes, dice, son sus propios feligreses: «Las personas que fueron confiadas a mi cuidado. Muchos de ellos llevan vidas ejemplares y me han ayudado a ser un mejor sacerdote y a mantenerme enfocado en la vida espiritual.»

Es una respuesta que encaja con su propia trayectoria: una vocación nacida en una parroquia de barrio, sostenida por un padre que rezaba el Rosario y confirmada por sacerdotes que no huyeron cuando llegó la fiebre amarilla. Los Mártires de Shreveport, cinco sacerdotes franceses que en 1873 se quedaron a atender a los enfermos durante la epidemia mientras la ciudad huía, son hoy Siervos de Dios con una causa de canonización activa ante el Dicasterio para las Causas de los Santos, impulsada por el propio Malone. «Todo parece ir bien», dice, «pero nunca se sabe cuándo tendremos noticias.»

Al final de la entrevista, el obispo vuelve al principio. Se le pregunta cómo pueden los católicos crecer en su vida espiritual. No ofrece un programa ni una hoja de ruta. Ofrece lo que él mismo ha practicado toda su vida: misa, confesión, adoración, devoción, comunidad parroquial. Y una mirada desde el altar que convierte a los fieles en maestros: «Al mirar a la congregación desde el santuario, se ven las mismas personas. No puedo evitar pensar que son los santos de la Iglesia y que están rezando por mí.»

Con información de CWR / Infocatólica

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