lunes, 02 de marzo de 2026
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“Hasta el cielo, maja”: el último adiós de Sor Virtudes, monja de clausura que amó hasta el final

Con 88 años y un cáncer avanzado, Sor Virtudes, dominica de Caleruega, murió con una sonrisa y un mensaje que hoy inspira a muchos.

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Fotos: Screenshot / Instagram

Redacción (02/03/2026 11:57, Gaudium Press) “Quiero despedirme de ti, hasta el cielo, maja, allí te espero”.

Con esa ternura tan suya, y con el mismo entusiasmo que caracterizó sus 69 años de vida consagrada, sor Virtudes González González, monja dominica del Monasterio de Santo Domingo de Caleruega en Burgos, España, se despidió de esta vida terrenal. Tenía 88 años y un cáncer que nunca logró opacar su sonrisa ni su fe.

Era la mañana de un jueves cualquiera de febrero de 2026. En una habitación de hospital, rodeada del cariño de enfermeras y pacientes que se acercaban solo para verla o charlar con ella, la religiosa pidió a una hermana de comunidad que encendiera su teléfono. Quería grabar un último audio.

“Hola, soy sor Virtudes. Solo quiero mandarte un abrazo grande, grande, desde el hospital. Quiero despedirme de ti, ¡hasta el cielo, maja, allí te espero!, y allí cantaremos todas juntas las alabanzas del Señor”.

Un video que se volvió viral

Ese audio lleno de vida, fue su manera de dar un último testimonio. A los pocos días, el fotógrafo David Naval subió un video en el que sor Virtudes hablaba de su relación con Dios. En pocas horas, el video se volvió viral: más de 40.000 visitas y 30.000 ‘me gusta’ inundaron las redes. Las palabras de esta mujer sencilla, que nunca buscó notoriedad, comenzaron a conmover a miles de personas dentro y fuera de los conventos.

Pero detrás de esa grabación hay una lección de fe y entrega total. “No me hice religiosa para santificarme yo sola, sino para ayudar al mundo a que busque a Dios, a que le ame. No sé si lo he conseguido, pero eso fue lo que hice”, decía con su voz pausada.

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Y añadía: “Cuando me han venido cosas duras, digo: Tú estás conmigo, Tú eres mi Dios, Tú eres mi confidente, Tú eres lo más grande que hay, Tú eres el que me va a recibir al final de la vida. Él me va a recibir en sus brazos y me va a abrazar. Él me va a amar. Añoro ese día…”.

Su vida fue una alabanza continua hasta el final

Sor Virtudes partió el 23 de febrero de 2026. Dos días después, el sol brillaba sobre el monasterio que la vio vivir y orar durante décadas. En una lápida descansaban unas rosas rojas, sus flores preferidas. A su lado, las hermanas entonaban cánticos de esperanza.

Sor Teresa de Jesús, vicaria del monasterio, fue quien la acompañó en sus últimos días y quien compartió con Religión en Libertad un retrato íntimo de esta monja cuya muerte se convirtió en un verdadero ejemplo de santidad cotidiana.

Sor Virtudes era una persona muy discreta, tenía una grandísima humildad. Lo que estamos viendo con su muerte no lo hubiéramos pensado con su vida. Estoy segura de que hay gente que se está sorprendiendo muchísimo”, afirma.

Se desprendió de todo para enseñárnoslo a las más jóvenes. Siempre decía que su misión era que alguien pudiera recibir el testigo. Acogió el diagnóstico del cáncer con muchísima paz. En ningún momento dejó de bajar al obrador ni de rezar. En las últimas semanas, le había propuesto que se quedara en la cama, pero me decía que ella descansaba rezando con la comunidad. Su vida fue una alabanza continua hasta el final”.

Incluso enferma, seguía sirviendo. “Cuando ya estaba muy enferma, con muchos dolores, siempre me decía: ‘Tú no te preocupes por mí, la que te tienes que cuidar eres tú, que tienes muchos años de vida por delante, yo, ahora, ya no me tengo que cuidar, tengo que entregarlo todo a las demás’. Y, literalmente, se esforzaba en cargar peso, y asumía ciertos trabajos para poder liberar al resto de las hermanas”.

Una muerte preparada con amor

Poco antes de morir, sor Virtudes habló con sor Teresa sobre su propio funeral, dio hasta el último detalle: “Quiero que cantéis de entrada Qué alegría cuando me dijeron, y se puso ella a cantarlo, y, luego, en la Comunión, Cerca de Ti, Señor, y, de salida, Yo le resucitaré. Me dijo que no me preocupara por ponerle el hábito más elegante ni el más nuevo, que teníamos voto de pobreza, que ese podía servir para otra monja. “Además —me dijo—, yo voy a entrar en el cielo revestida de la misericordia del Señor, y el hábito se quedará aquí””.

Amaba las flores y la huerta del convento. “Le dije que si me iba a dejar ponerle flores, me dijo que ‘para mí no, pero que para el Señor las que quisiera’. Le pregunté cuáles eran sus favoritas, y me dijo que las rosas rojas. Esa tarde le compré una rosa roja y le dije que me la había encargado su Esposo. Ella me dijo que con esa rosa tendría que enterrarla”.

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Su confesor, al visitarla, le regaló un rosario. “Me pidió que también le enterrara con él”, cuenta sor Teresa. Y, entre sonrisas, recuerda que hasta el final seguía cuidando de los demás: “De vez en cuando, le preguntaba: ¿no tienes miedo?, ¿no estás nerviosa?, y ella me miraba, como diciendo “¿pero qué me estás preguntando?”. Un día me respondió: “Pero si la misericordia de Dios es más grande que todo, ¿de qué voy a dudar? Yo me voy por fin al abrazo con el Padre, es para lo que he vivido toda mi vida y lo estoy esperando, lo estoy deseando””.

Me voy al gran monasterio”

En los últimos instantes, las hermanas la acompañaron con cantos.

Cuando en la orden un hermano está agonizando se le canta La Salve y el O spem miram, que es un canto a Santo Domingo. Cuando Nuestro Padre se estaba muriendo, y los frailes estaban llorando, él les dijo: “no lloréis por mí, que os seré más útil desde el cielo”. Nosotras, como no nos atrevíamos a decirle que lo íbamos a cantar, le preguntamos si le cantábamos simplemente algo a la Virgen… y ella contestó que quería La Salve y el O spem miram. Sabía muy bien lo que venía y estaba en paz”.

Su paz impactó a todos los que la conocieron. Incluso en el hospital, una hermana de Iesu Communio le dijo: “Sor Virtudes, que eres famosa en nuestro monasterio, que todas las que vuelven de aquí dicen que las estás llevando a Dios”.

“El cielo —decía sor Virtudes— es el gran monasterio”. Y con esa imagen, afrontó su tránsito. “Me repitió varias veces: “me voy al gran monasterio”. Sor Virtudes me ha hecho ver que estamos hechos para el cielo. Yo siempre le decía: “me das envidia”. Ahora veo que todo cobra sentido si vives la vida de esta manera. Y una muerte así no se improvisa en el último momento… si no es fruto de una vida de intimidad con Dios y sostenida por la fe”, explica sor Teresa.

Predicó con su vida

Sor Virtudes nos enseñó cómo nuestra propia vida predica sin necesidad de muchas palabras. Es la forma a la que estamos todos llamados a morir. Yo siempre le decía: “muriendo así, nos lo estás poniendo muy complicado”. Porque ha muerto de una manera tan elegante, tan serena, tan pacífica… No podemos dejarnos llevar por la tristeza. Ella está ahora feliz, ha cumplido su meta, y por eso celebramos su funeral como una auténtica boda, porque era lo que correspondía”.

Sor Virtudes González González O.P. nació el 22 de marzo de 1937 en Santa Bárbara, Asturias. Era la segunda de cinco hermanos. Quedó huérfana de madre siendo adolescente, y poco después perdió también a su hermana mayor. Se hizo cargo del resto de sus hermanos con una madurez precoz.

En Sotrondio conoció a las dominicas, descubrió su carisma y sintió el llamado. Ingresó en la Orden de Predicadores en 1957 y permaneció fiel durante 69 años. Falleció la mañana del 23 de febrero de 2026, siendo subpriora del Monasterio de Santo Domingo de Caleruega, la cuna de Santo Domingo de Guzmán.

Una de las últimas veces que la vieron con vida, aún bromeaba diciendo que quería renovar el carnet de conducir para poder servir mejor a su comunidad. Hasta el final, su vida fue servicio, alegría y esperanza.

Con información de Religión en Libertad

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