De la admiración, la servidumbre mutua.
Redacción (28/01/2026 16:22, Gaudium Press) La Madre de Dios era una criatura mucho más perfecta que San José, sin duda alguna. Pero en esta entrega sobre el maravilloso libro de Mons. Juan Clá sobre la Virgen, 1 trataremos, de la mano del Monseñor, del río de admiración que brotaba de esta criatura perfectísima hacia su esposo, admiración más que correspondida por él.
“Debemos tomar en consideración que la vida en común entre personas sin pecado original es muy diferente de aquella a la que estamos acostumbrados en este conturbado siglo XXI…”, 2 introduce Mons. Juan, sin que por eso nos debamos sentir ajenos a esos maravillosos ejemplos, pues justamente la acción de la gracia en el alma busca y consigue superar las taras del pecado de Adán.
Ventajas pero también riesgos
Mons. Juan muestra su profundo conocimiento de la naturaleza humana cuando plantea las bondades pero también los riesgos del convivio con alguien superior: “La proximidad con alguien extremadamente elevado —ya sea en su naturaleza, dones o gracia— trae una alegría espiritual inefable, pero también pide a aquellos que se benefician de esta proximidad una actitud de constante exigencia de sí mismos, para poder estar a la altura debida”. 3 Sin embargo, “para María y José esto no representaba un peso”, 4. ¿Por qué? Porque en su relacionamiento, lo que se daba era “una mutua emulación a la virtud, mediante la cual Dios los iba preparando para convivir con Él” 5 cuando descendiese en carne humana en el seno de la Virgen. Es decir, las virtudes y las perfecciones en el otro, hacía que María y José usaran de la contemplación de estas virtudes para que cada uno se llenara de confianza en el otro, se apoya y se impulsase a una virtud aún mayor. Veremos como se da ese ‘proceso’, según la mente de Mons. Juan.
En esa comunicación de almas, tenía un papel esencial la conversación.
“En las noches más frías de aquel invierno, por ejemplo, antes de recogerse, María y su amado esposo se sentaban ante la chimenea para entrar en calor, mientras sus almas se unían para intensificar el amor de Dios, recordando los episodios más significativos de su trato con el mundo sobrenatural. Con frecuencia, uno narraba al otro las gracias que había recibido a lo largo de su vida, especialmente las señales sensibles que la Providencia les había enviado para alimentar en su interior la esperanza de la venida del Mesías. Estos coloquios propiciaban una unión muy íntima, elevada y pura, en la cual la santidad perfumaba el ambiente, convidando a los Ángeles a participar de él”. 6
¿Qué era lo que particularmente admiraba la Virgen bendita en San José? “Ella discernía en San José amplios horizontes y un alma muy recta, adornada con bellísimos contrastes. Íntegramente justo y misericordioso al mismo tiempo, él sabía ser suave y dulce con su Señora y con los buenos, pero categórico y enérgico al considerar a los malos o al enfrentarlos”. 7
También su “espíritu paterno”, reflejo de la paternidad divina, su resignación y confianza en la Providencia, su astucia y decisión a la hora de discutir con los judíos malos, su “sumisión a los espíritus angélicos”, su elevación y piedad, su “sagacidad y firmeza” para ocuparse de las labores de todos los días. 8
Estas admiraciones también nutrían a la Virgen, es decir, aunque María Santísima era el pináculo de la mera creación, siendo José el jefe de la Sagrada Familia, “convenía que el Jefe de la Sagrada Familia completase en algo a su Esposa, no en función de alguna deficiencia que Ella pudiera tener, sino en atención a un designio de la Providencia de elevarla a una excelencia aún mayor, sirviéndose de José como instrumento suyo”. 9 Generaba así María, en su alma, “trazos josefinos”.
Es claro que estas virtudes de San José que tanto Ella admiraba, también habían sido obtenidas por vía de su mediación universal, pues “San José nada recibió de Dios que fuese ajeno a la Mediación Universal de Nuestra Señora, siendo su primer y más directo beneficiado, aunque también haya gozado del privilegio único de completarla en algo”. 10 Eran pues las almas cumbre de la humanidad, proporcionada la una a la otra, por vía de gracia.
De la admiración, la servidumbre mutua
Esta admiración, que evidentemente era mutua, hacía que la Virgen se considerase “más que señora, sierva suya, pues ponderaba con toda profundidad la sumisión, el recato y la discreción que la mujer virtuosa debe tener en relación con su cónyuge. Sentía una verdadera repulsa por la contribución que Eva había tenido en la caída de Adán y temía actuar de modo similar. Por eso era muy cuidadosa a la hora de acatar las opiniones de su esposo, segura de que ésa era la voluntad de Dios. San José, por otro lado, procuraba hacer lo mismo con Ella, lo que a veces originaba una pintoresca disputa de mutua docilidad y respeto.” 11
Eso hacía que el día a día de los esposos se rigiese “por un perfecto régimen de esclavitud de amor, fundamentado en la admiración que se tenían el uno al otro”. 12
Era el ambiente perfecto, para que en él naciese el Verbo de Dios.
Por Saúl Castiblanco
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1 Mons. João Scognamiglio Clá Dias. ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Volumen II – Los Misterios de la Vida de María: una estela de luz, dolor y gloria. Caballeros de la Virgen. Bogotá. 2022.
2 Ibídem, pág. 210.
3 Ibídem, págs. 210-211.
4 Ibídem, pág. 211
5 Ídem.
6 Ídem.
7 Ídem.
8 Ibídem, págs. 211-212.
9 Ibídem, pág. 212.
10 Ibídem, pág. 214.
11 Ibídem, págs. 214-215.
12 Ibídem, pág. 215.






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