lunes, 05 de enero de 2026
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La ansiedad no es solo miedo: es un cierto desorden del alma

Vivimos en una época que ha sabido nombrar la ansiedad con precisión, pero que la ha comprendido con una sorprendente superficialidad.

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Foto: Nik Shulaihin / Unplash

Redacción (04/01/2026 12:13, Gaudium Press) Sabemos describir sus síntomas, medir sus correlatos neuronales, calmar el sistema nervioso y re-entrenar patrones de pensamiento.

Y, sin embargo, la ansiedad no desaparece.
No se presenta solo como episodios aislados, sino como una atmósfera constante que envuelve la vida interior.

¿Por qué?

Porque la vivimos en una época que ha sabido nombrar la ansiedad con precisión, pero que la ha comprendido con una sorprendente superficialidad. Ansiedad no es únicamente algo que ocurre en la mente.
Es algo que sucede en el orden del alma.

La intuición olvidada de Santo Tomás de Aquino

Hace más de ocho siglos, Santo Tomás de Aquino fue capaz de diagnosticar la ansiedad sin resonancias magnéticas ni manuales clínicos. Lo hizo porque comprendía una verdad que hoy casi no nos atrevemos a pronunciar:

El alma puede volverse demasiado pequeña para la vida que intenta vivir.

Para Santo Tomás, la ansiedad no comienza con el miedo.
Comienza con la tristeza.

En la Summa Theologiae, la ansiedad (anxiatus) aparece como una especie de tristeza, no como un simple dolor, sino como un dolor que inmoviliza al alma. Es una tristeza experimentada de tal modo que parece no haber salida.

La mente no está confundida: está atrapada.
El pensamiento deja de fluir.
El alma ya no logra orientarse hacia el descanso.

Ansiedad, miedo y esperanza: el problema del futuro

Este diagnóstico encaja de forma inquietante con las descripciones modernas: rumiación, pensamientos en bucle, hipervigilancia, sensación de estar acorralados por el futuro.

Pero Santo Tomás va más lejos.

La ansiedad no es simplemente miedo al peligro.
Es el alma aplastada por el futuro.

En la psicología tomista, miedo y esperanza son pasiones gemelas: ambas miran al futuro.

  • El miedo contempla un mal futuro, difícil y aparentemente irresistible.

  • La esperanza contempla un bien futuro, difícil, pero posible de alcanzar, especialmente con ayuda.

La ansiedad surge cuando ocurre una ruptura silenciosa:
el futuro deja de percibirse como promesa y solo se vive como amenaza.

Lo que hoy llamamos “intolerancia a la incertidumbre”, el Aquinate lo describe como un fracaso del objeto de la esperanza.

Pusillanimitas: la pequeñez de alma

A este encogimiento interior, Santo Tomas le da un nombre preciso: pusillanimitas, pequeñez de alma.

No es timidez.
No es humildad.
No es sensibilidad.

Es la negativa a avanzar hacia el bien que es proporcionado a la propia vocación y llamado.

El alma ansiosa no sufre porque desee demasiado, sino porque huye de aquello que fue hecha para cargar.

Por eso la ansiedad suele disfrazarse de virtudes respetables: prudencia, responsabilidad, preparación, realismo. Pero el fruto delata la raíz:

  • La vida se estrecha

  • La procastinación se multiplica

  • La obediencia se posterga

  • La oración se acorta

Y, casi sin notarlo, la vocación se pospone “hasta que todo esté más seguro”.

Para el autor de la Suma Teológica, esto no es sabiduría: Es desorden.

Silencionamente la ansiedad moldea el alma

La ansiedad no solo aflige al alma. La forma, la moldea.

Con el tiempo, condicionala voluntad a retirarse en lugar de avanzar. Convierte la seguridad en el bien supremo, sustituye la confianza por el control y la esperanza por el ensayo controlado del futuro.

Las cosas buenas no se rechazan. Se aplazan indefinidamente.

Así mueren las vocaciones: sin ruido, sin que nadie se de cuenta, ni el propio usuario…

Así se difiere la generosidad.
Así se posterga la santidad en nombre de una estabilidad mal entendida.

Es más: la ansiedad rara vez grita. Prefiere susurrar y promete un “más tarde”.

Por qué la medicina ayuda… pero no puede curar

La medicina moderna no está equivocada. Identifica mecanismos reales: circuitos del miedo hiperactivos, hormonas del estrés desreguladas, bucles de procrastinación, distorsiones cognitivas.

Efectivamente, la medicación puede calmar el cuerpo; La terapia puede reeducar la mente;
La exposición puede ampliar la tolerancia del sistema nervioso. Y todo eso es un bien.

Pero la medicina no pregunta lo que Santo Tomás pregunta:
¿Hacia qué está ordenada el alma? ¿Qué ocurre cuando el orden del alma se rompe?

Y aquí está la diferencia: mientras la psicología moderna gestiona la ansiedad, la tradición tomista busca convertirla.

El Futuro: un peso que no nos pertenece

Santo Tomás de Aquino es directo y contundente: Si el presente pertenece al hombre, el futuro pertenece a Dios.

Y la ansiedad surge cuando el alma intenta cargar con ambos.

Por eso la ansiedad prolifera entre los competentes, los responsables, los dedicados. El problema no es que están sobrecargados de deberes: Están cargados de usurpación.

En ellos, el futuro se analiza, se ensaya, se simula sin descanso, como si la vigilancia pudiera reemplazar a la Providencia. Y no puede.

Entonces el alma, doblada bajo un peso prestado, comienza a asfixiarse.

La paz no es alivio: es orden

Para el Aquinate, la paz no es la ausencia de dificultad ni de incertidumbre. Es la tranquilidad del orden. Es la Razón orientada a Dios.

Paz es la Voluntad fortalecida por la esperanza.


Y Por eso la procrastinación, en vez de sanar, encoge aún más el alma. En cambio la magnanimidad sí lo hace.    No como bravata ni optimismo ingenuo, sino como grandeza de alma: Con magnanimidad, pasamos a avanzar hacia el bien que nos corresponde, con valentía, sin dilaciones, mientras    confiamos el resultado a Dios.

La purificación final de la esperanza

El dominico Reginald Garrigou-Lagrange completa este diagnóstico con ojos tantos de severidad comp de misericordia:

El gran teólogo dominicano dice que el    alma siempre temerá hasta que la caridad sea purificada.

Mientras la autosuficiencia se esconda bajo apariencias de prudencia, mientras las apariencias de responsabilidad encubran una mania de control, mientras la cobardía y el miedo se escondan en aires de humildad, la ansiedad seguirá viva.

Y por eso el progreso espiritual, en sus primeros pasos a veces intensifica la ansiedad antes de disolverla: porque el alma está siendo despojada de seguridades falsas.

Es que el abandono a la divina providencia no se llama pasividad. Es la purificación final de la esperanza.

La verdad final?

La ansiedad no es solamente un estado que deba ser calmado. Es una actitud de alma que debe ser ordenada… y muchas veces, convertida.

Sin duda, puede aprovecharse lo que ofrece la medicina, cuando calma el cuerpo y reeduca la mente. Pero no podemos detenernos ahí.

La tradición enseña que la ansiedad suele camuflar la pequeñez de alma, no porque el alma sea débil, sino porque ha olvidado cuán grande fue creada para ser.

Y la santidad comienza cuando el alma se vuelve lo suficientemente grande como para confiar a Dios aquello que no puede cargar.

Por el Hno. Gustavo Kralj

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