La decisión de la FSSPX de avanzar con ordenaciones episcopales sin mandato pontificio no es solo una cuestión disciplinar; es un acto que toca el núcleo de la eclesiología católica — la unidad visible en torno al Sucesor de Pedro.

Foto: Screenshot / FSSPX
(22/02/2026 12:14, Gaudium Press) La noticia causa tristeza, pero no sorpresa para quienes llevan décadas siguiendo las tensiones entre la Santa Sede y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX). En carta reciente, la Fraternidad confirmó su intención de proceder a ordenaciones episcopales sin mandato pontificio, incluso después del pedido explícito del Papa León XIV para que suspenda la decisión y retome un diálogo teológico estructurado con Roma.
Lo que dice la carta de la FSSPX
En la comunicación hecha pública, la Fraternidad sostiene que actúa movida por el “bien de las almas” y la necesidad de garantizar la continuidad de su apostolado. El texto evoca un supuesto “estado de necesidad” en la Iglesia y presenta las futuras consagraciones como una medida de prudencia pastoral, destinada a asegurar la transmisión del sacerdocio y de la tradición que afirma preservar.
La carta insiste en que la decisión no debe interpretarse como un gesto de ruptura, sino como un acto de responsabilidad ante una crisis doctrinal que, de acuerdo a la propia Fraternidad, persiste al interior de la Iglesia. En términos recurrentes en su retórica histórica, la FSSPX argumenta que su fidelidad a la tradición justificaría medidas extraordinarias.
Sin embargo, el punto central permanece: ordenar obispos sin mandato pontificio es un acto objetivamente contrario a la disciplina de la Iglesia y afecta directamente la comunión jerárquica con el Sucesor de Pedro.
La gravedad canónica del gesto
El derecho canónico es inequívoco: la ordenación episcopal sin mandato pontificio es válida, pero ilícita, y conlleva excomunión automática (latae sententiae) tanto para el obispo consagrante como para el consagrado.
No se trata de formalismo jurídico, sino de un principio eclesiológico fundamental. El nombramiento de obispos pertenece a la autoridad del Romano Pontífice porque el episcopado no es solo una función sacramental, sino también una realidad de comunión. Un obispo no es simplemente válidamente ordenado; debe estar integrado en la estructura visible de la Iglesia.
El precedente de 1988 resulta inevitable. Cuando Mons. Marcel Lefebvre realizó consagraciones sin mandato, alegó igualmente el “estado de necesidad” y el “bien de la Iglesia”. El resultado fue la excomunión automática y un prolongado período de ruptura que aún hoy produce efectos.
Vale recordar que Benedicto XVI levantó la excomunión de los obispos que Lefebvre ordenó ilícitamente, pero no la del propio arzobispo. Lefebvre murió excomulgado y no consta que haya manifestado arrepentimiento por sus acciones.
El problema del argumento del “bien de las almas”
La FSSPX presenta sus futuras consagraciones como una exigencia del “bien de las almas” — principio central del derecho canónico, que afirma que la salvación de las almas es la ley suprema de la Iglesia (salus animarum suprema lex).
Sin embargo, aquí reside una cuestión crucial: ¿quién determina concretamente qué sirve al bien de las almas?
En la tradición católica, ese discernimiento no está reservado a iniciativas privadas, aunque bien intencionadas, sino que pertenece a la autoridad legítima de la Iglesia. Invocar el bien de las almas para justificar un acto que rompe la disciplina universal y desafía explícitamente al Papa crea una tensión grave entre convicción subjetiva y comunión objetiva.
Además, la noción de “estado de necesidad” no puede ser autodeclarada de forma unilateral cuando la propia autoridad competente — la Sede Apostólica — afirma que tal estado no existe. Si cada grupo pudiera determinar por sí mismo cuándo la situación justifica desobedecer a la autoridad suprema, la propia estructura jerárquica de la Iglesia se volvería relativa.
El argumento pastoral, por tanto, aunque revestido de celo religioso, no elimina el hecho de que la unidad visible es también un bien de las almas. La comunión con el Papa no es un elemento accesorio, sino constitutivo de la catolicidad.
¿Qué viene por delante? Posibles escenarios
1. Decretos de excomunión. Si las ordenaciones ocurren sin mandato pontificio, los involucrados incurrirán automáticamente en excomunión. La Santa Sede podrá emitir un decreto declaratorio para hacer pública la situación canónica. Este sería el primer efecto concreto e inmediato, profundizando el cisma entre la FSSPX y la Santa Sede.
2. Interrupción o suspensión del diálogo. El Vaticano ya condicionó la continuidad de las conversaciones a la suspensión de las consagraciones. Si estas se realizan, el proceso de acercamiento quedará interrumpido por tiempo indefinido. Probablemente será necesario que el Papa León levante la excomunión automática para reestructurar estos canales. Hasta el momento, no hay señales de que el Pontífice esté dispuesto a tomar esa decisión.
3. Consolidación de una separación de facto. Aunque la FSSPX no está formalmente declarada en cisma, la repetición de un gesto como el de 1988 podrá consolidar una separación práctica cada vez más profunda. La diferencia entre “irregularidad” y ruptura efectiva se volverá menos teórica y más concreta. Esto significa que el Papa podría ser más explícito y podría vetar la participación de los católicos en cualquier celebración de los sacerdotes de la FSSPX.
4. Impacto sobre fieles y clero. Sacerdotes, seminaristas y laicos vinculados a la Fraternidad enfrentarán mayor incertidumbre. Algunos podrán permanecer por convicción; otros podrán buscar plena regularidad canónica. El impacto pastoral será real y significativo.
Conclusión
El momento es delicado y tiene una fuerte densidad histórica. La decisión de la FSSPX de avanzar con ordenaciones episcopales sin mandato pontificio no es solo una cuestión disciplinar; es un acto que toca el núcleo de la eclesiología católica — la unidad visible en torno al Sucesor de Pedro.
Si nada cambia, la primera consecuencia será la excomunión automática de los participantes. Luego, el diálogo se interrumpirá y la separación podrá profundizarse, quizás por toda una generación.
El argumento del “bien de las almas”, aunque espiritualmente noble en su formulación, no puede utilizarse para relativizar la propia estructura de comunión que la Iglesia considera esencial para la salvación. La unidad no es un detalle administrativo; es una dimensión constitutiva de la fe católica.
La noticia entristece porque reabre una herida que parecía, aunque lentamente, encaminarse hacia alguna forma de sanación. No sorprende porque las divergencias doctrinales y disciplinares permanecen abiertas desde hace décadas y, a pesar de la buena disposición del Vaticano, los discípulos de Lefebvre siguen empeñados en exigir que la Iglesia corrija los textos del Concilio Vaticano II.
Los próximos meses serán decisivos. Si la historia de 1988 se repite, no será solo una repetición simbólica; podría marcar un nuevo ciclo de distanciamiento cuyo costo espiritual y pastoral será sentido por muchos.
Sea cual sea la comprensión de la FSSPX sobre el Concilio Vaticano II, vale recordar que la doctrina sobre la excomunión no fue tocada por esta asamblea. Todo lo que se necesita saber sobre la gravedad de esta decisión fue formulado mucho antes de 1968. Y la doctrina sobre el escándalo consta en el propio Evangelio. Por tanto, si por el bien de las almas esta sociedad prefiere superar enseñanzas preconciliares y evangélicas, quizás la excomunión sea exactamente lo que se pretendía desde el principio.
Por Rafael Ribeiro





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