El silencio, el exilio y la fe se unieron en la ordenación de dos sacerdotes nicaragüenses que tuvieron que dejar su patria para seguir el llamado de Dios.
Redacción (11/02/2026 11:33, Gaudium Press) En una solemne pero muy discreta ceremonia, dos sacerdotes nicaragüenses fueron ordenados en Costa Rica el pasado 7 de febrero, en una celebración clandestina y simbólica. Sin familiares presentes, sin convocatoria pública, ni retransmisión oficial, la Diócesis de Limón acogió esta ordenación bajo estrictas medidas de discreción, ante el temor de represalias del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Una fuente eclesiástica confirmó que la identidad de los nuevos presbíteros ha sido reservada por seguridad, ya que la Iglesia teme que tanto ellos como sus allegados en Nicaragua sean perseguidos. La decisión refleja el clima de hostigamiento sistemático contra la Iglesia católica en el país centroamericano, donde decenas de sacerdotes, seminaristas y obispos han sido encarcelados, desterrados o forzados a exiliarse.
Se contempla es la obra de Dios
Durante la homilía, monseñor Javier Gerardo Román Arias, obispo de la Diócesis de Limón, mencionó el sentido espiritual de la ordenación vivida en secreto: “No estamos aquí para celebrar un acontecimiento humano, sino para contemplar una obra de Dios; una obra que no se apaga con la persecución, que no se detiene ante las fronteras, que no se rompe con el destierro. Hoy la Iglesia ora en silencio, porque sabe que cuando Dios llama, incluso el silencio se vuelve fecundo”.
Al dirigirse a los recién ordenados, el obispo evocó el sufrimiento del destierro y la fidelidad vocacional que lo acompaña: “Ustedes llegan a este momento con una historia marcada por la cruz. No abandonaron su patria por elección, sino por fidelidad. Hoy serán ordenados lejos de su familia, sin el abrazo de los suyos, en una celebración sobria, casi escondida. Pero nada de esto es estéril. Al contrario, esta ordenación vivida en silencio es ya un poderoso testimonio de fe, porque proclama que la vocación no depende de las circunstancias, sino de la fidelidad de Dios”.
Mons. Román recordó, citando al profeta Jeremías, que antes del miedo, antes del exilio, antes incluso del dolor, Dios ya había pronunciado su nombre, y añadió: “Han caminado por quebradas oscuras: la incertidumbre, el desarraigo, la separación. Sin embargo, hoy pueden afirmar que el Señor los ha conducido hasta aquí, que ha preparado esta mesa y ha ungido su cabeza con óleo santo, incluso en tierra extranjera que ya no es extraña”.
El obispo también agradeció la acogida del pueblo costarricense, “Costa Rica no es solamente un lugar geográfico; es una casa que abrió sus puertas, una Iglesia que los acogió como hermanos, un pueblo que ofreció refugio sin hacer demasiadas preguntas. Aprendan a amar esta tierra no como sustituto de la patria perdida, sino como don providente de Dios. Sirvan a este pueblo con amor pastoral, con respeto y gratitud”.
Finalmente, los exhortó a perseverar con fidelidad hasta el final , “Que algún día puedan decir, con el corazón en paz y la vida entregada: no viví para mí, viví para Cristo y para su pueblo”.
Una Iglesia bajo asedio
Desde la crisis sociopolítica de abril de 2018, el régimen de Ortega y Murillo ha desatado una persecución sin precedentes contra la Iglesia católica en Nicaragua.
Sacerdotes, religiosas y obispos son vigilados, amenazados o encarcelados. Sus homilías son grabadas por agentes del Estado, y muchos templos y obras sociales han sido confiscados. Entre los bienes expropiados se cuentan colegios, universidades católicas, dispensarios médicos, residencias de ancianos y medios de comunicación vinculados a la Iglesia.
El hostigamiento ha alcanzado incluso al más alto nivel diplomático, un nuncio apostólico fue expulsado del país, y numerosos religiosos han sido forzados a abandonar su ministerio o buscar refugio en el extranjero. La mayoría de los sacerdotes teme salir del país, ante la posibilidad de que se les impida regresar.
Recientemente, el Gobierno nicaragüense modificó la Constitución para permitir la participación del Estado en la creación de grupos religiosos extranjeros, convirtiéndose en una autoridad paralela —y de facto superior— a la Iglesia. Este cambio ha sido interpretado por analistas como un intento de controlar las vocaciones, la formación de seminaristas y la vida pastoral.
Vocaciones en el exilio
Las ordenaciones celebradas en Limón son un signo de la resistencia de la fe. Mientras el régimen busca sofocar la vida eclesial dentro del país, el exilio se ha convertido en un nuevo terreno fecundo donde florecen las vocaciones.
Aunque la ceremonia se desarrolló lejos de la tierra natal y sin el abrazo de los suyos, los nuevos sacerdotes recibieron el óleo sagrado en un altar improvisado, símbolo de una Iglesia viva que, aun herida, sigue dando frutos.
Como expresó monseñor Román, “cuando Dios llama, ni el exilio ni el silencio pueden apagar su voz”.
Con información de Religión en Libertad






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