“Mi fin de año fue de mucha unión familiar, pero bastante duro…”
(01/02/2026 16:56, Gaudium Press) Mi fin de año fue de mucha unión familiar, pero bastante duro.
Tengo aún la alegría de contar con mis padres, que en su ancianidad siguen más o menos saludables, piadosos y pintorescos, y qué más le pido a Dios al respecto, pues hasta en sus ‘chocheras’ son particularmente divertidos.
Pero poco antes de la Navidad a mi madre en una de sus correrías por los comercios de la vecindad —de la mano de Ana la empleada, quien siempre termina más exhausta que ella— de alguien atrapó un virus de influenza bien agresivo, que primero hizo mella en ella, pero que rápidamente pasó a mi hermano y luego a mi anciano padre, que tiene insuficiencia respiratoria. En él la cosa se agravó: la gripe rápidamente bajó la oxigenación de su sangre, y pronto hizo aparición la tenebrosa neumonía, que permaneció por cerca de dos semanas, y requirió de la combinación de dos tipos de antibióticos para ser exterminada.
Fueron noches largas, de insomnio, de tos y expectoración, de hermanos que cansados nos turnábamos en los múltiples cuidados, de días felizmente aliviados por la angelical visita una tarde de un digno sacerdote, que tuvo la bondad de administrarles los sacramentos y compartir sus enseñanzas esperanzadoras, al calor de unos lattes matizados de canela y de dolor.
Dos semanas después de haber concluido esos episodios, los siento como recuerdos que quisiera un tanto evitar (restó algo ahí de estrés postraumático), memorias que están presentes en un lugar no muy profundo en el subconsciente, a la manera de una nube cargada y seria, muy real.
Verdaderamente, tuve en esos días un contacto vivo con el abismo de la eternidad…
Pero algo que creo no olvidaré, y ojalá no lo haga, es lo que me ocurrió también en esos días, cuando fui a un café cerca a mi casa al que acudo con cierta frecuencia después de la jornada laboral.
Sabedor de que debía prevenir el ‘síndrome del cuidador’, y aunque no me apetecía mucho, decidí ir a tomar un capuccino y airear la cabeza y el espíritu, pues sabía que aún quedaba camino del calvario por recorrer. Entretanto, mis impresiones al llegar y al sentarme en el lugar habitual, fueron muy diferentes de las que guardaba en la cabeza.
Mi distracción en esa famosa franquicia de café, célebre más por un buen branding que por su buen café, era continuar la lectura del libro que me estuviera entreteniendo, y en la medida en que la buena educación y la discreción lo permitieran, peregrinar en las historias de vida de comensales vecinos, que a no pocos les gusta gestualizar y hablar casi a los gritos. De mis paisanos, el profesor Plinio Corrêa de Oliveira decía que padecían de ‘exceso de personalidad’ (eufemismo poli, digo yo, para referirse a un exceso de seguridad en sí mismos mezclada con onzas de barbarie, pero en fin, un pueblo sin la venalidad de la edad madura e indiscutiblemente amado por la Virgen). En esos viajes, de contrabando y sin pagar peaje en los periplos de vidas ajenas, he aprendido bastante, he confirmado no poco, y también he cuestionado no pocas creencias.
Pero ese día, agobiado en medio de mi pequeño calvario, mis impresiones fueron muy diferentes…
—¿De qué ríe o sonríe esta gente?, me preguntaba, desde mi emocionalidad y percepción cargada de nubes grises y limón. ¿De qué rien, si la vida humana vive bajo la amenaza latente de la tragedia, si lo único seguro en esta vida es su fragilidad? Oh alegría, cuanto eres fútil y mentirosa.
En la mesa vecina, tres caballeros maduros hablaban de las últimas incidencias de la política local, practicando el ‘deporte nacional’ y a pocos días de elecciones legislativas. Por supuesto, también me parecían triviales, insustanciales:
—¿Política? Vanidad de vanidad y solo vanidad, de un mundo que es solo un soplo pasajero, ventana de burbuja de jabón que solo debería servir para contemplar la eternidad. Que si pasa a balotaje fulano, que se descubrió un nuevo escándalo de sutano… que si el dólar cayó, o subió, o subirá… y eso ¿qué me importa? O mejor dicho, ¿qué importa?, me repetía.
Evidentemente sí importa, porque todo importa, en su debida proporción, pero sobretodo cuando se piensa que todo tiene repercusión en la eternidad.
Era como si el ambiente un tanto trágico de mi hogar me hubiese devuelto un horizonte que ahí estaba, pero vedado por los gases tóxicos y el ruido del mundo.
“Todo es serio, cuando se piensa que todo repercute en Dios”, repetía el Dr. Plinio. Ese pensamiento era para mí en esos días más verdad que el agua, el aire y la tierra.
Entonces, sumido en tales melancólicas reflexiones, llegue a una conclusión que aún mantengo, gracias a Dios:
—Cómo puede ser ordenativa la tragedia; cómo ella vuelve a colocar todo en sus rieles, en sus ejes, y nos pone a reflexionar en lo que debemos reflexionar, de acuerdo a una real escala de valores.
—Cómo puede ser mentirosa cierta ‘normalidad’ burguesa, de escenarios mundanos de cartón, papel crepé y plastilina, que se deshacen ante el fuego más débil, que ahí tiene la bondad de sacarnos de sueños narcóticos y mentirosos.
—Cómo, por más que el oropel del mundo nos la quiera ocultar, ahí estará siempre vigente la Iglesia, cuyas torres, ceremonias y sacramentos seguirán gritando a nuestros oídos sordos, y mientras el mundo sea mundo, que ahí está Dios, la Virgen, la eternidad.
No son pocos los que ya hablan de una III Guerra Mundial a los pedazos, o fragmentada, o en proceso. Esa sensación, lejos de disminuir, va in crescendo. Pero a la par de dichas electricidades, aún somos muchos los que preferimos atender al oropel, a los escenarios medio fabricados por satanás, hoy omnipresentes por obra y gracia de las abundantísimas pantallitas negras.
Que la Virgen tenga pena de nos. Y que cuando nos toque la tragedia, Ella nos auxilie con su gracia y su perdón, y que nos restituya la gloriosa y veraz perspectiva de la eternidad.
Por Saúl Castiblanco





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