miércoles, 04 de febrero de 2026
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La Sala de los Lazos: donde las mamás entregan sus hijos a San Gerardo Majella

 En Avellino, Italia, miles de lazos rosados y azules cubren el techo del Santuario de San Gerardo Majella. Los lazos forman un arcoiris maravilloso y de esperanza.

San Gerardo Mayela

Foto: holyart.es

Redacción (04/02/2026 11:11, Gaudium Press) En lo alto de la colina de Materdomini, en la región italiana de Avellino, se levanta el Santuario de San Gerardo Majella, uno de los lugares de peregrinación más queridos por las familias italianas.

Allí, en el corazón del templo, se encuentra un espacio muy conmovedor: la Sala de los Lazos, donde miles de padres y madres acuden para encomendar a sus hijos a la intercesión del santo que durante siglos ha sido considerado el protector de las madres y de los niños.

A primera vista, la Sala parece un mar de colores o un arcoíris suspendido en las montañas. Miles de lazos rosados y azules cuelgan del techo, cada uno con el nombre de un niño, una fecha o una palabra de agradecimiento escrita a mano. Son pequeñas cintas, pero en conjunto forman un tapiz de esperanza que cubre por completo el espacio, llenándolo de luz y ternura. Cada uno de esos lazos fue dejado por familias agradecidas como una señal visible de una oración escuchada, una promesa cumplida o una súplica confiada al cielo.

Un lugar donde el amor se vuelve oración

Julia Cipriano, una blogger italiana compartió recientemente su visita a este lugar sagrado, mostrando al mundo la belleza espiritual que allí se respira. “Llevamos a nuestra bebé al Santuario de San Gerardo, en Avellino, un lugar al que las familias italianas acuden desde hace generaciones para pedir a San Gerardo —patrono de las madres y de los niños— que proteja a sus pequeños”, escribió con tal emoción.

En su relato, Julia describe cómo los padres depositan los lazos en el techo con lágrimas en los ojos, mientras agradecen por el milagro de la vida. Las paredes de la Sala están cubiertas con fotografías de bebés, ecografías, cartas y pequeños recuerdos. Cada detalle cuenta una historia, una madre que finalmente pudo concebir, un parto que salió bien, un niño que superó una enfermedad o una familia que, en medio del dolor, encontró consuelo en la fe.

“Son ofrendas que los padres dejan para agradecer al santo por oraciones escuchadas o partos seguros”, añade Julia. Los fieles las llaman Fiocco Nascita, una tradición italiana que consiste en colgar un lazo de nacimiento en la puerta de la casa cuando llega un nuevo integrante a la familia. Pero en la Sala de los Lazos, esos mismos lazos se elevan hacia el cielo, como si cada cinta fuera una oración suspendida, un puente entre la tierra y Dios.

Sin titulo

San Gerardo Majella, amigo de las madres y los niños

Para entender el significado de este lugar, es necesario conocer la vida de su inspirador. San Gerardo Majella nació el 6 de abril de 1726 en Muro Lucano, al sur de Italia, dentro de una familia humilde. Desde pequeño se destacó por su dulzura, su espíritu de oración y su inmensa confianza en Dios. Tras la muerte de su padre, trabajó como sastre para ayudar a su madre, pero en su corazón solo quería consagrar su vida completamente al Señor.

Luego de varios intentos, fue finalmente aceptado en la Congregación del Santísimo Redentor, fundada por San Alfonso María de Ligorio, donde profesó como hermano laico en 1752. No fue sacerdote, pero su humildad, su caridad y sus dones espirituales lo convirtieron en un alma extraordinaria. Se ocupaba de las tareas más simples del convento —cuidar la huerta, atender la portería, ayudar en la cocina— y sin embargo irradiaba una santidad que conmovía a todos los que lo conocían.

Durante su corta vida, soportó con paciencia una grave calumnia, aceptando el sufrimiento sin defenderse. “Dios sabe la verdad”, repetía en silencio, confiando plenamente en que la justicia divina saldría a la luz. Y así fue. Su inocencia se reveló más tarde, dejando un ejemplo imborrable de mansedumbre y abandono en las manos del Señor.

San Gerardo murió el 16 de octubre de 1755, a los 29 años, dejando tras de sí una vida sencilla pero entregada a Dios. Después de su muerte, comenzaron a multiplicarse los milagros atribuidos a su intercesión, especialmente los relacionados con embarazos difíciles, partos milagrosos y curaciones de niños.

Con el paso del tiempo, fue conocido cariñosamente como el santo de los partos felices, y su fama de intercesor se extendió por todo el mundo. En 1893 fue beatificado y en 1904 canonizado por el Papa Pío X. Desde entonces, su santuario en Avellino se ha convertido en un refugio espiritual para miles de familias.

El milagro del pañuelo

Estas devociones a San Gerardo tiene su origen este relato:

Según Catholic News Agency,

“Poco antes de su muerte, San Gerardo visitó a sus amigos, la familia Pirofalo. Una de las hijas corrió tras él cuando salió de la casa, ya que había dejado caer su pañuelo. Gracias al don de profecía, él respondió: ‘Guárdalo. Algún día te será útil’. Años después, cuando esta joven estaba en peligro durante el parto, recordó las palabras de San Gerardo y pidió el pañuelo. Se lo pusieron, y ocurrió un milagro: el dolor cesó inmediatamente y dio a luz a un niño sano”.

Desde entonces, el pañuelo de San Gerardo se convirtió en un objeto de devoción muy especial. En muchos países, las madres embarazadas lo colocan sobre su vientre o lo guardan junto a su almohada como signo de protección. Este gesto, más que un simple acto piadoso, expresa una gran confianza, la certeza de que Dios actúa a través de la intercesión de los santos y que el amor de una madre nunca pasa desapercibido ante el cielo.

Visitar la Sala de los Lazos es una experiencia que toca el corazón. En ese espacio no hay ruido ni ostentación, solo el suave murmullo de las oraciones y el sonido de los pasos de quienes llegan con esperanza. Los lazos rosados y azules se mecen ligeramente, como si el aire mismo rezara junto con las familias.

Un lazo entre el cielo y las familias

La Sala de los Lazos es un símbolo de amor perseverante, un testimonio tangible de cómo la fe se traduce en gestos sencillos pero llenos de sentido. Cada cinta que cuelga allí representa una historia que une el cielo y la tierra, una plegaria que no se olvida.

Con información de Churchpop

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