El papel de las almas agustinianas amantes de la concordia, rumbo a la implantación de la Ciudad de Dios.
Redacción (31/08/2025 12:16, Gaudium Press) En días pasados recordamos la fiesta de San Agustìn, ese gran santo polifacètico, fundador, teólogo, filósofo, escritor, polemista, etc. Para ubicar proféticamente su pensamiento en las circunstancias actuales del mundo y de nuestra Iglesia, expongamos un resumen de la conclusión de una tesis doctoral, con leves adaptaciones:
Dos grandes analogías pueden establecerse en este proceso de recontextualización del contenido del concepto de concordia. Por una parte, saltan a la vista las circunstancias históricas de cambio, de momento crítico, de derrumbamiento de la civilización y del status quo establecido, circunstancias de desasosiego e incertidumbre frente a un porvenir que se muestra anárquico y violento.
Eran las circunstancias del momento histórico del Obispo de Hipona que moría en tanto los bárbaros sitiaban su propia ciudad, parece ser, también, nuestro cantado momento, nuestro fin de la civilización occidental.
Pero por otra parte, dentro de esta decadencia occidental, se encuentran elementos de comparación muy allegados al mundo romano que precedía a San Agustín, y en el cual él mismo alcanzó a sumergirse con dolor. Trátase de una analogía entre el paganismo romano y el neopaganismo occidental. Vemos que hay una similitud de ausencia de valores, de falta de trascendencia, entre el Imperio Romano y nuestros días.
Son dos mundos agotados, dos civilizaciones cansadas, decadentes, perniciosas.
Podría decirse que, en nuestros días, abandonando el bien supremo, propios de los buenos, declinó el bien mínimo, común a buenos y malos, y los hijos de la luz quedaron prendidos por el amor de las hijas de los hombres y para casarse se adaptaron a sus costumbres mundanas y perdieron la piedad que tenían en la sociedad santa.
Verdaderamente profética la actitud del gran San Agustìn que en medio del caos del fin del imperio romano concibió una sociedad buena como antítesis de ese desorden, escribiendo su maravillosa obra la Ciudad de Dios, buscando la armonía, pero siempre defendiendo la verdad, la bondad y la belleza.
Por punto de contraste con el imperio romano decadente, referimos a la edad media europea como paradigma de lo que ha llegado a ser la concordia. Superados los pruritos de estigmatizar a aquella época feliz, y sin el ánimo de negar, ocultar o disminuir los puntos débiles, funestos e infortunados de su historia, se revisa la naturalidad y vitalidad con que sus ciudadanos se relacionaban entre sí en su cotidianidad, y cómo en dicha época, marcada por una constante inestabilidad política estructural, matriz de reiterados conflictos armados, reinaba sin embargo una mucha mayor y contundente concordia que en estos nuestros tiempos “de paz”.
Varios Agustinos de fama como Santos Santamarta del Río, Miguel Fuentes Lanero, Víctor Capánaga y Teodoro Calvo Madrid sustentan que la Edad Media fue la realización de los planes de San Agustín relativos a la Ciudad de Dios. Que los mismos bárbaros que destruyeron Roma, convertidos, fueron los artífices de la construcción en la Edad Media de la civilización cristiana de la Ciudad de Dios. El medieval llegó a amar a Dios hasta el olvido de sí mismo y estuvo a camino de su propio sueño. Y este amor a Dios iba creando la concordia y unidad de base.
La unidad no es disgregación de las individualidades
La concordia genera unidad, no disgregación ni ruptura. En este sentido, concordia es un principio de vocación universalista. En el ya mentado contexto histórico del tagastino había un serio problema de unidad socio-política: la unidad interna del Imperio, por una parte, la unidad interna de la Iglesia, dadas las herejías, y finalmente, la unidad entre Imperio e Iglesia. Ahora bien, escapando de la alquimia de Hegel, es muy importante decir que no necesariamente un concepto unificante es un concepto sintetizante, mucho más si se está hablando de las relaciones reales entre seres realmente distintos. En la unidad a que apunta la concordia, las identidades de los sujetos están claras.
La izquierda hegeliana ha pretendido hacer una síntesis universal de las personas mediante la anulación sistemática de toda diferencia. Pero al hacerlo, elimina a las personas mismas, y por ende, a las relaciones entre ellas que pretendía salvar.
La unidad a la que se dirige la concordia no es unidad absoluta, monismo masificante, sino que es unidad de la diversidad, unidad entre seres distintos en los cuales prima la naturaleza de cada cual, fuente de valor de las relaciones interpersonales, principio de la concordia. Y obviamente la verdadera unidad debe hacerse en base a la verdad y la justicia.
Por Gustavo Ponce Montesinos
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