“¡Alégrate, Jerusalén! Reuníos, todos los que la amáis. Llenos de júbilo, exultad de alegría, vosotros que estáis tristes, y seréis saciados en las fuentes de vuestra consolación” (Is 66,10ss).

Cura del ciego de nacimiento – Catedral de Green Bay (Estados Unidos) Foto: Thiago Tamura
Redacción (15/03/2026 12:17, Gaudium Press) “¡Alégrate, Jerusalén! Reuníos, todos los que la amáis. Llenos de júbilo, exultad de alegría, vosotros que estáis tristes, y seréis saciados en las fuentes de vuestra consolación” (Is 66,10ss): Esta es la exclamación con la que comienza la Santa Misa del 4.° Domingo de Cuaresma, el Domingo de la Alegría; una pausa en medio de la penitencia cuaresmal, hecha con el fin de restaurar nuestras energías y permitirnos entrar con las mejores disposiciones en los días santos en que se celebrarán los principales misterios de nuestra fe. Como sapientísima maestra, la Santa Iglesia nos muestra cómo debe ser nuestro gozo, de dónde proviene y qué frutos debe producir.
El bien actúa a la luz del día, el mal en las tinieblas
La luz, uno de los elementos marcadamente presentes en la liturgia de hoy, nos lleva a reflexionar sobre un principio que, presente en nuestra vida cotidiana, es reflejo de lo que ocurre en las almas y en la sociedad. Un ambiente luminoso y ventilado es agradable, invita a ser frecuentado y favorece el orden y la limpieza. Por el contrario, un lugar en el que nunca entra la luz y dominan las tinieblas generalmente es húmedo e insalubre, propicio para albergar toda clase de suciedad y animales indeseables. Basta, sin embargo, dejar entrar la luz del sol en ese ambiente y hacer circular el aire puro para que, paulatinamente, los efectos nocivos propios de las tinieblas comiencen a deshacerse.
En efecto, las buenas acciones, las obras de la luz, se realizan en pleno día, sin temor a ser vistas: “Es necesario que nosotros realicemos las obras de Aquel que Me envió mientras es de día” (Jn 9,4a). El bien es transparente, se manifiesta tal cual es, para, de esta forma, atraer a quienes desean seguir por el buen camino. El mal, por el contrario, actúa en las tinieblas de la mentira y el fraude; nunca se revela por entero, pues sabe que, si lo hiciera, perdería su penetración y su dinamismo. Por eso, la mejor manera de debilitar el mal es arrojar luz sobre sus acciones y ponerlas al descubierto: “Todo lo que es condenable se hace manifiesto por la luz; y todo lo que es manifiesto es luz” (Ef 5,13).
La verdadera alegría de quien vive en la luz
El principio descrito anteriormente queda muy claro en la narración del Evangelio de este domingo. Nuestro Señor Jesucristo cura a un ciego de nacimiento — un milagro espectacular que genera gran conmoción entre el pueblo y, especialmente, entre las autoridades judías.
Por otra parte, la conducta del hombre curado de la ceguera es ejemplar y digna de nuestra consideración. A partir del momento en que es favorecido por el Señor, el que se benefició del milagro no deja de reconocerle, sea cual sea la circunstancia. En primer lugar, glorifica a su Divino Bienhechor asumiendo, ante el pueblo y sobre todo ante sí mismo, su antigua condición de desventura. No se apoya en las cualidades recién adquiridas, sino en el poder de Aquel que lo curó. Esto le confiere una seguridad que se transparenta en las agudas respuestas con que proclama su fidelidad a Jesús ante los fariseos; respuestas que contrastan con la manifiesta confusión de estos últimos ante el patente milagro. Aquel hombre no solo recuperó la vista física, sino que fue dotado de una fortaleza de alma que los fariseos no pudieron contener. La simple existencia de ese hombre los molesta, pues es la prueba de que sus maquinaciones para eclipsar la Persona del Mesías son vanas. No es posible cubrir el sol con un cedazo… ¡mucho menos el Sol de la Divinidad del Verbo Encarnado con los remiendos de aquella hipocresía!
Ese hombre no teme los castigos que el mundo le inflige por proclamarse seguidor de Cristo. Al contrario, los enfrenta con la santa ufanía de los “hijos de la Luz” (Ef 5,8).
Dejémonos iluminar por su luz
En cuanto a nuestra humanidad —tan confundida y obnubilada por los falsos brillos del pecado, del mundo y de la carne—, ¡necesita la verdadera Luz de Cristo!
¿No será esta Cuaresma el momento oportuno para que esa Luz resplandezca con todo su fulgor, comenzando por nuestras almas?
¿No será esta liturgia una invitación del Divino Bienhechor para arrojar luz sobre algunos puntos que empañan el brillo de la Luz Divina en nosotros? ¿Por qué no aprovechar este tiempo de reflexión para, en un examen honesto de nuestra vida, reconocernos necesitados y poner en orden aquellos puntos que sabemos que nos conducen a los engaños del pecado? ¿No está siempre Nuestro Señor Jesucristo en el confesionario esperándonos, listo para curarnos y bañarnos en la Luz de su infinita Misericordia?
Esta es la verdadera alegría que la Santa Iglesia quiere transmitirmos: la que proviene de una conciencia en paz con Dios, que no teme las maquinaciones del mal y del pecado, sino que refleja la verdadera Luz de Cristo ante sus prójimos y ante el mundo entero.
Por Nicolás Forero





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