miércoles, 11 de marzo de 2026
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La Virgen primero ‘creó’ al Mesías en su corazón, y ahí vino: Mons. Juan Clá habla de la Virgen (IX)

Al final, “habiendo Ella idealizado el plan divino y habiendo rezado por su cumplimiento, la Encarnación se hizo inminente”.

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Redacción (11/03/2026 17:19, Gaudium Press) Continuando las entregas sobre el maravilloso libro de Mons. Juan Clá sobre la Virgen (1), trataremos en esta sobre esa ‘construcción’ espiritual que Nuestra Señora venía haciendo en su espíritu del Mesías, meditación que en palabras del Monseñor “rasgó los cielos” y fue como que el estopín para que el Verbo se hiciera carne.

Ocurrió que un día de especiales gracias en el convivio con San José, Nuestra Señora empezó a recordar “las consideraciones que en los últimos tiempos había venido haciendo del Mesías”. (2)

Ella comienza a leer pasajes de las Sagradas Escrituras, y “mientras leía, Ella iba recibiendo comentarios hechos por los ángeles que la acompañaban, y éstos, a su vez, se quedaban admirados por las interpretaciones que Ella les transmitía”. (3)

“En el silencio de su Corazón, [Nuestra Señora] ansiaba por Aquel que poseería todos los dones, cualidades y virtudes que se pudiesen concentrar en un varón: la sabiduría que ni siquiera Salomón tuvo, el dominio que ningún César consiguió mantener, la ciencia que ningún faraón heredó, la gloria que jamás un hombre conquistó en la tierra. Y no faltaba en esa reflexión el indispensable papel expiatorio del sufrimiento. Solamente su Corazón purísimo conseguiría penetrar en los misterios que rodeaban la figura del Esperado de las Naciones”, (4) narra Mons. Juan.

Para ejemplificar como esta elaboración en su espíritu fue llegando al detalle, Mons. Juan Clá recoge expresiones del prof. Plinio Corrêa de Oliveira:

“Aunque sin saber que sería la Madre de Dios, María llegó, finalmente, a componer la fisonomía del Redentor que Ella esperaba: cómo sería su rostro divino, cómo sería su espíritu, cómo sería su mentalidad santísima. […] Concebir por la inteligencia cómo sería el Hijo de Dios; pero concebirlo con cuidado, evitando cualquier distracción o negligencia que pudiese hacer con que la imagen de ese Hijo de Dios, que habría de ser también Hijo suyo, fuese un poco menos nítida, menos clara, menos extraordinariamente santa de lo que Ella quería y estaba llamada a imaginar. ¿Hubo o habrá en el género humano artista capaz de imaginar cuál era la fisonomía de Nuestro Señor Jesucristo? Nada es nada, absolutamente nada, en comparación con la concepción intelectual que realizó María. ¡Qué santidad es preciso tener para imaginar la mirada del Hijo de Dios, para imaginar su timbre de voz, sus gestos, su forma de andar, su divino reposo! ¿Cómo imaginar estas sublimidades? ¡Qué alma es necesario tener para intentar semejante obra! ¡Qué alma es preciso tener para llegar al éxito en una obra de éstas!”. (5)

Dice Mons. Juan, que es preciso imaginar la creación como un gran libro en donde el Padre Eterno escribió las notas de su sabiduría. Pero que en este libro había unas páginas en blanco, “reservadas para que su Hija predilecta escribiese en ellas”, (6) pues a Dios le complacía que María, su obra perfecta, “vaya como que completando en algo todos sus planes, a fin de poder contemplar las perfecciones que van emanando de Ella”. (7) Tal es la unión de María Santísima con Dios, que “al altísimo le agradaba que la Virgen completase en Él aquello que Él mismo deseaba”. (8).

Al final, y “una vez construida en su Corazón la figura del Salvador”, la Virgen fue a leer en un pergamino suyo el pasaje de Isaías: “Una Virgen concebirá y dará a luz un hijo, al que llamará ‘Dios con nosotros’”, aún sin sospechar que esa virgen sería Ella misma.

Es más, la propia María iba escribiendo en su corazón cómo sería esa mujer maravillosa que engendraría al Salvador, a quien “veía como a una dama favorecida con los dones celestiales en grado máximo”. (9) Y esta elaboración, esa concepción que en su mente hacía de “la Madre idealísima del Mesías, esta imagen engendrada superaba en todos los sentidos el propio estado de plenitud en el cual Ella se encontraba en aquel instante”. Pero en estas meditaciones empapadas de la gracia de Dios, “Dios elevaba en Ella a una plenitud inimaginable todos los dones”. (10).

Al final, “habiendo Ella idealizado el plan divino y habiendo rezado por su cumplimiento, la Encarnación se hizo inminente”. (11)

Y entonces, Dios envío a un embajador a la altura de la Virgen, alguien escogido “desde toda la eternidad entre los siete espíritus que están siempre en su presencia (cf. Ap 1, 4)”, para traer a la tierra el anuncio más importante de toda la Historia…

Por Saúl Castiblanco

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Notas

1 Mons. João Scognamiglio Clá Dias. ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Volumen II – Los Misterios de la Vida de María: una estela de luz, dolor y gloria. Caballeros de la Virgen. Bogotá. 2022.

2 Ibídem, pág. 221.

3 Ibídem, pág. 222.

4 Ibídem, pág. 222-223.

5 Ibídem, pág. 223.

6 Ibídem, pág. 224.

7 Ídem.

8 Ídem.

9 Ídem.

10 Ibídem, pág. 225.

11 Ídem.

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