En los momentos de dificultad, insensibilidad y aridez, el alma debe recordar las consolaciones en las que sintió el amor de Dios y perseverar.
Redacción (01/03/2026 10:40, Gaudium Press) Aunque hoy en día casi todas las embarcaciones son propulsadas por motores, todavía se puede ver esta escena: pescadores siempre al acecho de vientos favorables que faciliten su labor.
Cuando estos no llegan, solo queda una salida: remar.
De una observación cotidiana como esta podemos extraer una lección para esta liturgia dominical.
Muchas veces, el barco de nuestra alma encuentra vientos de alegría que lo hacen avanzar velozmente, casi volando sobre las aguas de la vida espiritual; momentos en que sentimos el Amor Divino soplar a través de gracias sensibles. Otras veces, la nave de nuestro espíritu se enfrenta a quietudes desoladoras, nada se mueve, y el calor del sol se hace sentir. Si esas calmas en el mar no frustran los objetivos de los pescadores, mucho menos pueden desanimar a quienes aspiran al puerto eterno de los Cielos.
“Es bueno que estemos aquí”
El Evangelio del Segundo Domingo de Cuaresma nos presenta la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor. Revelando su gloria a tres apóstoles, el Divino Salvador les daba fuerzas para atravesar la Pasión y fortalecer a los demás. Ante espectáculo tan grandioso, San Pedro tomó la palabra y dijo: “Señor, es bueno que estemos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Mt 17, 4).
“Es bueno que estemos aquí”… ¿Quién no estaría de acuerdo con San Pedro si estuviera en su lugar? ¡Qué excelente movimiento del alma no impulsó al apóstol a pronunciar ese clamor! Sin embargo, muchas veces las mejores disposiciones para la práctica del bien vienen acompañadas, o incluso mezcladas, con matices de errores y defectos. En este caso, puede suponerse que, junto con el encanto y el sano deseo de estar al lado del Maestro, podría asomarse un deseo desequilibrado, nacido de un egoísmo sutil de disfrutar ese bienestar indefinidamente.
Y aquí surge un punto que se repite en nuestros días. ¿No es verdad que muchas personas optan solo por lo agradable y desean “quedarse” únicamente ahí? Hay muchas súplicas y oraciones para recibir y ganar, pocas para dar y sufrir. ¿Habrá olvidado el católico que la gloria que nos prometió el Salvador viene de la Cruz? La gloria del Monte Tabor es inseparable del dolor del Monte Calvario; una fue preparación para la otra, y ese es el camino para llegar a las alegrías de la Resurrección.
Como Simón, ¡cuántas veces buscamos las consolaciones de Dios y olvidamos al Dios de las consolaciones! De modo semejante a los vientos fuertes del mar, la Providencia quiere que las gracias de consolación ocupen un lugar importante en nuestra vida espiritual; no obstante, ¿qué mérito tendríamos para entrar en el puerto de la salvación si nunca remáramos?
Dios sabe que el hombre necesita esta sensibilidad espiritual; sin embargo, el amor no reside en el sentimiento, sino en la voluntad. En las grandes calmas de los océanos de nuestras existencias, cada uno debe remar, fortalecido por el recuerdo de los vientos sensibles. Así pues, en los momentos de consolación, recordemos los momentos de aridez; y en los momentos de aridez, no olvidemos los momentos de consolación.
La Madre de la Consolación
En lo alto del Calvario, viendo a “un gusano y no un hombre” (Sal 21, 7), el recuerdo de la Transfiguración les daría fe en la victoria del Mesías. Sin embargo, al pie de la Cruz solo se encontraba Juan. ¿Por qué?
Es posible pensar que el Discípulo Amado sabía que, además de ver en la consolación del Tabor un estímulo para perseverar ante la Cruz, debía recurrir a Nuestra Señora, la Madre de la Consolación. Pidámosle a Ella que nos auxilie en nuestras tentaciones, conservando en el corazón las gracias derramadas sobre nosotros.
Por Marcus Yip






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