miércoles, 21 de enero de 2026
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Neurociencia, budismo y cristianismo

Prevenidos pues contra esta neurociencia o neuropsicología de oropel, sí hemos de decir que hay muchas cosas interesantes a aplicar de lo que se ha hallado y se sigue encontrando…”

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Foto: Milad Fakurian / Unplash

(21/01/2026 16:29, Gaudium Press) Desde hace varios meses en mis tiempos libres, ando sumergido en el estudio de la neurociencia aplicada al campo psicológico, conocimientos en cuyo mar ya había rozado cual martín pescador in illo tempore, pero que ahora me han parecido interesantes al extremo. Termino un libro y sigo con otro, y me he hecho un propósito templado como el acero toledano, que es el de no volver a leer obra psicológica que no esté anclada en la neurociencia, que me parece muy seria cuando se apoya verdaderamente en la investigación científica.

Eso de que el cerebro no distingue mucho entre una buena imaginación y un hecho real, y que por tanto los recuerdos vívidos y las proyecciones mentales detalladas lo emocionan y activan las respectivas zonas cerebrales como si los estuviera viviendo en el presente; o eso de que el uso mental de la creatividad o el de la lógica, o cuando hay predominancia emocional, muchas veces es sólo cuestión de qué parte del cerebro está siendo más irrigada de sangre; o eso de que el cerebro emocional, ese que compartimos con los otros mamíferos, es medio burro y ‘piensa’ sobretodo en términos de ‘vida o muerte’, pero que justamente puede ser regulado por la corteza frontal, ese cerebro humano, donde reside el control de impulsos, la planeación, la ‘racionalidad’… todo eso y mucho más me ha parecido realmente fascinante.

Pero a la par de este sumergirme interesado en autores muy doctos, me ha asaltado la pregunta y me la sigo repitiendo de qué es lo que hace que un considerable número de ellos terminen medio budistas, adoptando a veces más a veces menos el estilo fashion del Dalai Lama…

Tal vez sea por la vía de la valoración de la meditación, de las bondades reales y comprobadas de la meditación, como si muchos siglos antes de Buda el propio Dios encarnado no nos hubiera enseñado a retirarnos de cuando en cuando al desierto, para meditar, para huir del mundanal ruido del mundo y sus vanidades, para bien apreciar el orden de la creación que es mensaje de Dios, para ‘re-conectarnos’ con Dios. Por lo demás, la oración ya es o debe ser un ejercicio meditativo, contemplativo. Y ahora los neurocientíficos nos están recordando, basados en sus investigaciones, que contemplar amplios panoramas, como por ejemplo el mar, reflejo de la majestad divina, favorece las ondas cerebrales alfa, que son relajadas, restauradoras y saludables, que es desde allí que se favorece luego la concentración…

O tal vez sea que esta onda para-budista de algunos de neurocientíficos, tenga que ver con el comprobado destrozo que a nivel psico-fisiológico causan las sociedades hiper-agitadas, mecanicistas y cibernéticas de nuestros días, generando desórdenes hormonales, de neurotransmisores, de sistema nervioso y de muchos otros tipos. Y que como solución, algunos asuman y hasta propongan escaparse a una vida a lo flor de loto, cuando la verdadera solución es la sociedad orgánica cristiana, que coloca como fin de la existencia no la producción de bienes de consumo sino el alcanzar el cielo haciendo de esta tierra un cielo con la gracia.

O pueda ser que al descubrir cosas verdaderamente fascinantes de cómo funciona el cerebro junto con el cuerpo y el alma, descubrimientos que tienen aplicaciones muy interesantes y eficaces, estos neurocientíficos sucumban a cierto deseo de ‘omnipotencia’ humana, que no pudo haber sido mejor expresado que como lo fue en el Edén, en el instante en que la serpiente prometió “seréis como dioses”, y que en versión reciclada se repite hoy como “el poder está dentro de ti”, o “desarrolla tu potencial sin límite”, algo que termina siendo equivalente a la promesa nirvanática del budismo, el cual anuncia mentirosamente que en el fondo todos somos partículas ‘divinas’, extraviadas de Dios.

De ese ‘superpoder humano’ que algunos estudiosos de la neurociencia asumen, es que nace cierta psicología naif, cierta psicología ingenua que promete lo que no puede cumplir, que es más bien una autoayuda barata y engañosa, en la línea de que todo mal y sufrimiento puede ser obviado si se siguen unas buenas técnicas, y que en materia de desarrollo el cielo es el límite.

Prevenidos pues contra esta neurociencia o neuropsicología de oropel, sí hemos de decir que hay muchas cosas interesantes a aplicar de lo que se ha hallado y se sigue encontrando, siempre y cuando reconozcamos los límites de la naturaleza humana y de cada naturaleza en particular, y tengamos, para los que somos cristianos, siempre presente la primacía de la gracia, conquistada a precio de sangre por el propio Hijo de Dios que para eso vino a la tierra.

Por lo demás, cuando se ha trabajado con la naturaleza humana en su complejidad y sus problemas, (por ejemplo en rehabilitación de personas con AVC o con traumatismos craneanos,o con ciertas enfermedades cerebrales, o ciertos problemas psicológicos más complejos), no hay mucha ilusión a hacerse con la dificultad de ciertos asuntos, como bien lo reconoce la aún joven y ya afamada neuropsicóloga Alba Cardalda, que previene contra decirle a un incauto afirmaciones del tipo “‘Si puede soñarlo, puedes crearlo’, ni ‘Solo necesitas creer en ti mismo para lograr lo que te propongas’, ni ‘Solo tus creencias limitan tus sueños’”, 1 sino que hay que ser realistas y partir de ahí para lo posible.

Pero visto esto, es muy interesante conocer los recursos de la neurociencia para mejorar el diálogo-monólogo interior que todos mantenemos, o dónde nacen y cómo combatir las creencias no buenas que nos hacemos de nos mismos y del entorno, o como usar los propios recursos cerebrales para trabajar la ansiedad, la procastinación, la depresión, las obsesiones, y sobre todo para ir desarrollando armónicamente las potencialidades de la naturaleza que Dios nos dio, que pueden estar bloqueadas o expandirse mucho más de lo que creemos si se emplean buenos recursos.

No obstante es importante siempre recalcar que estos hallazgos no están chocados con la gracia, ni con la moral: por el contrario, el buen desarrollo no puede ser otro que caminar hacia la virtud, en grado máximo, reconociendo también de base que en esta vida sufriremos, que este sufrimiento nos fue ejemplificado por el propio Cristo que no tenía que sufrir, y que visto desde una perspectiva cristiana es un sufrimiento redentor, liberador, cultivador, estopín de potencialidades. De hecho, una aplicación muy interesante de la neurociencia puede ser ayudarnos a comprender y a ‘cargar cerebralmente’ el esfuerzo y el sufrimiento, sin los cuáles nada de verdaderamente grande se consigue.

Por lo demás, son también numerosos los especialistas en neurociencia que sin morbo y con fundamento, ya están hablando abiertamente de la necesidad de un buen sufrimiento para mantener el equilibrio y la salud mental.

Por Saúl Castiblanco

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1 Alba Cardalda. Cómo dejar de ser tu peor enemigo. Vergara. 2025.

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