Hoy concluye el retiro de cuaresma de la Curia romana, predicado por el obispo cisterciense noruego.
Foto: @Vatican Media
Redacción (27/02/2026 14:59, Gaudium Press) Hoy llega a su fin el retiro espiritual de Cuaresma del Papa y la Curia romana. En total 11 sesiones, predicadas por el obispo de Trondheim, Mons. Erik Varden, que iniciaron el pasado domingo, y que han tenido como tema un autor íntimamente asociado al carisma de este prelado noruego, que también es monje.
Resulta que Mons. Varden es también monje cisterciense, es decir de la orden fundada por el doctor melifluo, San Bernardo de Claraval. Y efectivamente, San Bernardo escribió un tratado llamado, Consideración (hoy se diría un best-seller), dirigido a un monje italiano, Bernardo dei Paganelli, que se ordenó como sacerdote en Pisa, después fue hasta el monasterio de Claraval en 1138, y luego, en 1145, sería nada más ni nada menos que el Papa Eugenio III. Son, pues, meditaciones del fundador del Císter para un Papa.
Pues de esta obra se trató particularmente la 10 sesión de los retiros espirituales del Papa y Curia.
A continuación, un resumen de esta sesión:
Una meditación es «el pensamiento totalmente volcado hacia, o la tensión del alma, en busca de la verdad».
En cuanto a los problemas de la Iglesia, San Bernardo no ofrece soluciones institucionales, sino que le dice que al Papa Eugenio que es mejor rodearse de buenas personas: cuanto mejor se gestionen las oficinas centrales de la Iglesia, mayor será el beneficio para la Iglesia en todo el mundo.
¿Cómo deben ser estos colaboradores directos del Papa?
Que sean «de probada integridad, dispuestos a obedecer, pacientes y mansos; […] de firme fe católica, fieles en su ministerio; amantes de la armonía, la paz y la unidad; […] prudentes en el consejo, […] astutos en la administración, […] modestos en el habla». Así deben ser los colaboradores directos del Papa.
Personas que «aman y aprecian la oración y depositan su esperanza en ella más que en su propia sabiduría o trabajo; su entrada es discreta, su salida sin pompa».
Constituyéndose así, la Iglesia reflejará mejor la organización de las jerarquías angélicas. Cualquiera que la considere comprenderá inmediatamente su misión principal: dar gloria a Dios.
Al tratar de las cosas de este mundo, siempre se deben considerar, a través de ellas, las realidades trascendentes. Esto no es, le dice Bernardo a Eugenio, en absoluto «exiliarse: considerar así es regresar a la patria». Es decir, los pies en la tierra con los ojos también en el cielo.
Dios, sumo bien, quiere compartir su divinidad con nosotros, y nos creó para desearlo, nos expande para recibirlo, nos justifica para merecerlo. Nos guía en la justicia, nos moldea en la benevolencia, nos ilumina con el conocimiento y nos preserva para la inmortalidad. En medio de todas las obligaciones, los prelados deben considerar primero estas realidades. Así, su abordaje de los asuntos prácticos también será iluminada, ordenada, bendita y fructífera.
Un prelado, según Bernardo, debe tener principios, ser santo y austero, pero también debe ser amigo de la Esposa, la Iglesia, y regocijarse compartiendo esta amistad con los demás.
San Agustín, que conocía de lo que hablaba, pues sabía lo que eran las campañas militares del norte de África, describe con frecuencia el oficio episcopal como una sarcina, el bulto de un legionario. Sin embargo, aunque la carga pastoral parezca abrumadora, solo lo es si no vemos quién la coloca sobre sus hombros, pues esta es solo una participación en el dulce yugo de Cristo mismo, quien acompaña al que lo carga y lo hace luminoso y ligero. Compartir el yugo del Señor es fuente de alegría. «Lleva tu carga hasta el final», dice Agustín en un sermón. «Si la amas, será ligera; si la odias, será pesada». Perduc sarcinam tuam quia levis est si diligis gravis si odisti.
«Tuya, oh buen Jesús», escribió Bernardo en su Vida de San Malaquías el Irlandés, «es la carga que se nos ha confiado; tuyo es el tesoro escondido en nuestra posesión, que te será devuelto cuando lo desees».





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