martes, 03 de febrero de 2026
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Ordenaciones cismáticas de la FSSPX, el caso de China y Alemania y un Papa en jaque

Cualquiera que sea la elección del Papa, ella será acompañada con atención redoblada también en Alemania…”

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Foto: Brujulacotidiana.com

(03/02/2026 08:40, Gaudium Press) El anuncio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) de que pretende consagrar nuevos obispos sin el mandato de la Sede Apostólica el próximo 1 de julio, no es un gesto administrativo ni un simple capítulo a más de una negociación fallida con Roma. Se trata de un acto que toca el nervio central de la eclesiología católica: la relación entre tradición, autoridad y comunión. Según el derecho canónico, este gesto implicaría excomunión automática tanto del obispo que realiza la consagración como de los obispos ordenados, agravando aún más la ya confusa e irregular situación canónica del grupo dentro de la Iglesia Católica.

La FSSPX fue fundada en 1970 como reacción directa al Concilio Vaticano II. Su fundador, el arzobispo Marcel Lefebvre, participó del Concilio, pero rechazó aspectos centrales de sus enseñanzas, sobre todo las reformas litúrgicas y el nuevo enfoque de la Iglesia en relación con las otras religiones. En 1975, San Juan Pablo II ordenó la disolución de la sociedad, orden que fue rechazada. La ruptura se hizo explícita en 1988, cuando Lefebvre consagró cuatro obispos sin mandato pontificio, incurriendo en excomunión automática.

Aunque Benedicto XVI levantó las excomuniones de esos obispos en 2009, la Fraternidad nunca fue plenamente reintegrada a la Iglesia, sobre todo por su rechazo persistente a la autoridad doctrinal del último concilio. Su estatus permaneció “irregular”. El Papa Francisco adoptó un enfoque pastoral más pragmático, concediendo facultades para confesiones y permitiendo el reconocimiento de matrimonios celebrados por sacerdotes de la FSSPX bajo determinadas condiciones, sin, no obstante, resolver el problema de fondo.

Hoy, dos de los cuatro obispos ordenados en 1988 ya han muerto. Uno de ellos, Mons. Richard Williamson, había sido expulsado de la Fraternidad en 2012 y quedó marcado por posiciones extremas, incluyendo la negación pública del Holocausto. La FSSPX cuenta actualmente con cientos de sacerdotes y seminaristas esparcidos por el mundo, lo que explica, según sus líderes, la urgencia y el estado de, según comunicado de la Casa Generalicia, “grave necesidad” para garantizar nuevos obispos para continuar sus actividades.

De acuerdo con el comunicado oficial, el superior general, padre Davide Pagliarani, solicitó una audiencia con el papa León XIV en agosto pasado y envió una carta enfatizando la necesidad de asegurar la continuidad del ministerio episcopal de la Fraternidad. No habiendo recibido una respuesta considerada satisfactoria de la Santa Sede, decidió avanzar con las ordenaciones tras oración y consulta interna.

La revista America sintetizó bien el embrollo al afirmar que el caso de la FSSPX se encuentra atrapado en una contradicción estructural: Roma intenta evitar un cisma formal manteniendo puentes pastorales, mientras que la Fraternidad exige garantías prácticas de supervivencia institucional sin aceptar plenamente las condiciones doctrinales y eclesiológicas de la comunión. En pocas palabras: ha sido un diálogo entre sordos durante los últimos 30 años.

El anuncio de nuevas consagraciones episcopales vuelve a poner la historia en marcha, casi como una repetición trágica. Desde el punto de vista canónico, la situación es cristalina. La Iglesia siempre enseñó que nadie puede ser ordenado obispo sin mandato pontificio. No se trata de centralismo moderno, sino de una garantía antigua de unidad. La sucesión apostólica no es apenas una cadena sacramental válida, sino una garantía visible dentro de una comunión espiritual e invisible. Cuando esa comunión se rompe, la validez sacramental permanece, pero la ilicitud causa un daño eclesial equivalente a una bomba atómica. Las heridas pueden durar siglos.

El argumento de la necesidad pastoral reaparece con fuerza. La FSSPX afirma que necesita obispos para ordenar sacerdotes, confirmar fieles y garantizar su supervivencia. Pero es precisamente aquí donde el raciocinio se vuelve peligroso. La Iglesia nunca reconoció la autoconservación institucional como criterio último de legitimidad. Cuando una estructura pasa a justificarse a sí misma al margen de la autoridad que la constituye, ella comienza a asumir contornos de cuerpo paralelo, aun cuando mantenga lenguaje católico y símbolos tradicionales.

Recuérdese también que, en el escenario eclesial actual, esta dinámica no es inédita. Un paralelo inevitable surge con la situación de la Iglesia en China. Allá, durante décadas, obispos fueron ordenados sin mandato pontificio, no por apego a la tradición, sino por sumisión al Estado. El resultado fue igualmente doloroso: obispos válidos, pero ilegítimos; comunidades divididas entre clandestinidad y reconocimiento oficial; fieles confundidos sobre dónde estaba la verdadera comunión con Roma. Curiosamente, el problema canónico es el mismo, aunque las motivaciones sean opuestas. En China, la autoridad política sustituyó al Papa. En el caso de la FSSPX, es la propia conciencia institucional la que se arroga el derecho de actuar sin él. En el contexto chino, hay indicios de que la Iglesia permitió al gobierno del Partido Comunista Chino cierto grado de influencia en la elección de los obispos mediante un acuerdo secreto. Periódicamente, el Papa buscó lidiar con esta cuestión por medio de la renovación de acuerdos y reconocimientos, aunque no hay evidencias de que tales medidas hayan reducido la persecución a los fieles promovida por las autoridades de Pekín. En ese escenario, la estrategia de concesión puede no haber alcanzado los resultados esperados, y será relevante acompañar cómo León XIV conducirá futuras negociaciones con el gobierno chino.

En ambos casos, la Iglesia de Roma reaccionó con prudencia extrema. Evitó declaraciones definitivas siempre que fue posible, buscó acuerdos graduales, toleró situaciones imperfectas para evitar un cisma formal. Con el acuerdo sino-vaticano, Roma prefirió reconocer ordenaciones irregulares a sacramentar una división irreversible. La lógica fue clara: preservar la posibilidad de comunión futura, aun al costo de ambigüedades presentes.

Es exactamente esa lógica la que ahora está bajo presión en el caso de la FSSPX. Al anunciar consagraciones después de pedir explícitamente autorización y no recibirla, la Fraternidad da un paso cualitativamente distinto. No se trata más de una irregularidad heredada del pasado, sino de una decisión actual, consciente y deliberada. Esto endurece posiciones en Roma y debilita los argumentos de aquellos que, dentro de la Curia, siempre defendieron paciencia e integración progresiva.

Las consecuencias pastorales no son abstractas. Muchos fieles ligados a la tradición ya viven un drama silencioso. Aman la liturgia antigua, desconfían de ciertos rumbos doctrinales contemporáneos, pero no quieren romper con el Papa. La radicalización de la FSSPX puede empujar a esos fieles hacia elecciones dolorosas o hacia una confusión aún mayor. Al mismo tiempo, comunidades tradicionales en plena comunión con Roma acaban siendo injustamente asociadas a una lógica de desobediencia que no es la suya.

En el fondo, el debate revela una tensión más profunda sobre el modo como la autoridad es ejercida en la Iglesia contemporánea. La FSSPX acusa a Roma de ambigüedad doctrinal, traición a la tradición y de abuso de poder. Roma ve en la FSSPX una negativa práctica de la obediencia y un riesgo permanente de cisma. Y el problema más grave es que decisiones unilaterales, sobre todo en el nivel episcopal, tienden a sellar rupturas que después exigen siglos para ser sanadas.

La historia de la Iglesia enseña que los cismas raramente comienzan con declaraciones explícitas de ruptura. Ellos nacen de actos concretos que hacen la comunión inviable en la práctica. La consagración de obispos sin mandato siempre fue uno de esos actos. No por casualidad, Roma reacciona a ellos con extrema gravedad, aun cuando evita palabras definitivas.

Ante este escenario, el pontificado de León XIV será puesto en jaque. Su temperamento, su lectura de la tradición y su comprensión del papel del Papa en la unidad de la Iglesia influenciarán decisivamente los próximos pasos. La decisión no será simple ni indolora. Entre la aplicación rigurosa de la disciplina canónica y la búsqueda obstinada por una solución pastoral, la línea es tenue.

Resta saber, por lo tanto, cuál será la respuesta del papa León XIV ante este impasse: declarar las excomuniones y consumar una ruptura definitiva con la FSSPX, consolidando el cisma, o insistir en la vía de los acuerdos, con el riesgo de validar en la práctica el método de los herederos de Lefebvre y, al mismo tiempo, fortalecer otros grupos que presionan a Roma a someterse a su propia lectura del magisterio y de la tradición. Cualquiera que sea la elección del Papa, ella será acompañada con atención redoblada también en Alemania, donde, por motivos muy diferentes, la comunión eclesial con Roma igualmente se encuentra peligrosamente suspendida de un hilo.

Por Rafael Ribeiro

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