domingo, 01 de marzo de 2026
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Pinceladas eucarísticas

La Misa es el mismo sacrificio de la Cruz, con todo su valor infinito. No es una figura, un símbolo o una representación, sino la verdadera renovación de la inmolación del Calvario.

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Redacción (01/03/2026 10:28, Gaudium Press) En esta reflexión vamos a tener como maestro a un franciscano italiano: San Lorenzo de Porto Mauricio que nos va a instruir de cosas esenciales relativas a la Santa Misa. El Martirologio Romano lo presenta así: “En Roma, en el convento de San Buenaventura, en el Palatino, san Leonardo de Porto Mauricio, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, que, desbordante de celo por las personas, empleó casi toda su vida en la predicación, en la edición de libros de piedad y en dar más de trescientas misiones en la Urbe, en la isla de Córcega y por toda Italia septentrional (1751)”.

Casi trecientos años después del paso de San Lorenzo por el mundo, sucede que a veces quedamos algo contrariados porque no es raro encontrar en los templos, durante las Misas, situaciones en que se vulnera el sentido de la celebración por el descuido de rúbricas vigentes, por el ritmo o la letra de alguna música inadecuada, por la desatención o el irrespeto de ciertos fieles. ¿Quién no tuvo un sobresalto a la vista de desórdenes de este tipo?

Antes de ahondar en las reflexiones eucarísticas de nuestro santo, se impone una precisión sobre lo que es, en sí, la Misa, una vez que, en los textos citados, San Lorenzo no trata específicamente sobre la esencia del sacrificio eucarístico; nos habla, eso sí, de sus beneficios.

La Misa es el mismo sacrificio de la Cruz, con todo su valor infinito. No es una figura, un símbolo o una representación, sino la verdadera renovación de la inmolación del Calvario, aunque de manera incruenta, es decir, sin derramamiento de sangre. En la Misa, Cristo se ofrece al Padre, y a su divina expiación se unen los sacrificios de los asistentes, realidad que es simbolizada en las gotas de agua que se vierten en el cáliz donde está el vino que va a ser consagrado. Por ocasión de la celebración, se aplican los méritos del Redentor al sacerdote y a los fieles presentes ¡Qué inmensa valía tiene una Misa! Lástima que tantos católicos se han desentendido del deber y del privilegio de ir Misa. Vamos, entonces, a las reflexiones del santo franciscano:

“En la hora de la muerte, las Misas que hayamos oído devotamente serán nuestra mayor consolación”. ¡Qué consuelo, qué alivio y qué escudo!

“Una Misa (¡una sola!) asistida devotamente durante la vida es de mayor beneficio para uno que las muchas que se puedan celebrar en sufragio después de nuestra muerte”. Afirmación clara, simple y cuan verdadera; no se piense que sea literatura hiperbólica.

“En la Misa Dios perdona todos los pecados veniales que estemos determinados a evitar”. Ya en el comienzo, durante la liturgia penitencial, nuestras faltas leves son absueltas. Y al comulgar el alma fulgura como nunca, una vez que “no soy yo que vivo, es Cristo que vive en mi” (Gal. 2, 20)

“La Misa también perdona los pecados desconocidos que nunca confesaríamos”. ¿Pecados desconocidos? Son los pecados que por nuestra conciencia relajada no llegamos a darnos cuenta de cometer. Los hay.

“Gracias a la Misa, el poder de satanás sobre la persona es disminuido”. Las tentaciones no cesan; lo que aumenta es la fortaleza para no caer en pecado.

“Cada Misa irá con nosotros al Juicio e nos implorará el perdón”. La Misa es como una “abogada” defensora en un momento de tanta necesidad.

“Las Misas disminuyen la punición temporal debida a nuestros pecados, según el fervor que hayamos tenido en ellas”. “Todo se paga” en estricta justicia, pero la misericordia de Dios se ingenia para hacernos leve el estipendio.

“Participando devotamente de la Misa se da el mayor homenaje posible a la Sagrada Humanidad de Nuestro Señor”. Mejor que ayunar, hacer penitencia o dar limosnas, es la participación devota y consciente en la Eucaristía.

“A través del Santo Sacrificio, Nuestro Señor Jesucristo repara por muchas de nuestras negligencias y omisiones”. Sí, porque los méritos infinitos de Cristo se aplican a los que están presentes en la Misa, siempre que la valoren…

“Participando piadosamente de la Santa Misa, se ofrece el mayor alivio a las almas del Purgatorio”. Así puedo beneficiar a los seres queridos que nos dejaron y que están purificándose para su encuentro eterno con Dios.

“A través de la Santa Misa somos preservados de muchos peligros e infortunios que, de otra forma, caerían sobre nosotros”. La Misa es una coraza protectora en un mudo lleno de amenazas.

“Acortamos nuestro Purgatorio en cada Misa”. ¡Cuánto Dios quiere beneficiarnos!

“Durante la Santa Misa acompañamos a una multitud de Ángeles y de Santos que están presentes en el Adorable Sacrificio con reverencia”. Son presencias espirituales, y muy reales, en las cuales poco o nada se piensa.

“Por la Santa Misa somos bendecidos en todos nuestros bienes y emprendimientos temporales”. La Misa es el mejor “negocio” posible, no solo para alcanzar el cielo; también para lograr el bienestar en la tierra.

***

¿Meras elucubraciones de un fraile mendicante ingenioso o soñador? ¡Claro que no! Pena es que no escuchemos con frecuencia instrucciones como estas y que, por desconocer la grandeza del Pan del Cielo, se deje de participar de la Misa, no se comulgue, y se rehúsen audiencias, aunque sean breves, con el Señor escondido en sagrario o esplendente en la custodia.

Por el P. Rafael Ibarguren, EP.

(Publicado originalmente en www.opera-eucharistica.com)

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