¿No hay en el Credo una referencia a la Eucaristía?
Redacción (03/01/2026 17:52, Gaudium Press) En el Credo que se recita en las Misas dominicales o al iniciar el rosario, hacemos profesión de las principales verdades de nuestra fe. Allí está lo esencial de nuestra creencia que es tan rica y tan llena de consecuencias, que sería imposible proclamar en una sola enumeración todo cuanto la Revelación, la Tradición y el Magisterio enseña y propone para ser creído. Por ejemplo, no está dicho explícitamente en el Credo que sobre la roca de Pedro se edifica la Iglesia, que la gracia de Dios es inmerecida, que la oración debe ser constante o que se debe amar a los enemigos. Tampoco que Jesús es el Pan de Vida, según Él mismo lo enseñó primero en Cafarnaúm y más tarde en el Cenáculo.
Así, es explicable que un adorador, en un primer momento y sin mayor reflexión, pueda sentir una cierta extrañeza al no encontrar en el Credo una referencia directa a la Eucaristía. Sucede que, al proclamar “creo en la Santa Iglesia Católica” está implícito todo lo que se refiere al Evangelio sobre el que se funda la misma Iglesia y que recoge con especial destaque lo relativo a la Eucaristía. Por lo tanto, el culto al Santísimo Sacramento sí que está positivamente incluido en nuestro Credo.
Ahora, eso no quita que, en un empeño de profesar el amor que tenemos a la Eucaristía, podamos concebir un “Credo” eucarístico específico, es decir, un acto de fe puntual sobre al sacramento, evidentemente en el marco de una oración privada, personal. Al iniciar este nuevo año, vamos, pues, a elaborarlo en rápidas pinceladas ¡porque habría tanto que decir! Será un eventual subsidio para nutrir nuestra espiritualidad de adoradores.
Al dirigirnos a Jesús-Hostia, abordemos el camino clásico de los actos de culto: adoración, acción de gracias, reparación y súplica.
Adoración: Eucaristía, Cuerpo inmortal y glorioso, nacido de la Virgen María, muerto en la Cruz, resucitado y resplandeciente de gloria en el cielo. Cuerpo eucarístico de Jesucristo vivificado por su Sagrado Corazón que late en la Hostia consagrada. Cuerpo humano inseparablemente unido a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Verbo eterno. Creemos que la Eucaristía no es un símbolo, ni un recuerdo, ni una imagen, sino el verdadero Cuerpo y la verdadera Carne de Jesús. Es invisible, pero real; está ahí, entero, vivo, activo, glorioso. Creo y adoro el misterio eucarístico en su triple dimensión de sacrificio, presencia y alimento.
Acción de gracias: Gracias Señor por dejarnos en testamento tu presencia real en la Última Cena y a tu Santa Madre en la Cruz. Agradecemos el admirable intercambio que tanto nos dignifica: te haces alimento y, al recibirte, nos transformas en cristos ¡nos divinizas! Tu Cuerpo está oculto detrás de las humildes apariencias de pan en un acto de suma bondad, porque así condesciendes con nuestra debilidad, ya que nunca podríamos resistir al brillo de tu gloria. Gracias sean dadas a Jesús en la Eucaristía por estar con nosotros hasta el fin del mundo, gracias por nutrirnos, por curarnos y divinizarnos ¡Oh “fármaco de inmortalidad”! (San Ignacio de Antioquía).
Reparación: Reparamos por tanta ingratitud ante ese Cuerpo demasiado desconocido, olvidado y, muchas veces, afrentado. Tu corazón delicado, atento y amante, no es debidamente honrado por tus amigos y es ultrajado brutalmente por tus enemigos que son innumerables: incrédulos, herejes y malos cristianos. Sí, malos cristianos ¿Qué decir de las comuniones indignas, de las profanaciones sacrílegas y de los robos blasfemos? ¡Cosas que suceden todos los días! Perdón, Señor, perdón.
Pedido: Que Jesús sea más adorado y mejor tratado en el adorable Sacramento. Que los ministros del altar consideren al Santísimo con fe y devoción, y lo faciliten de todas las maneras a la grey confiada a sus cuidados; que nos sea concedida la gracia de una fe sincera y constante en la presencia real del Cuerpo sagrado de Jesús en la Eucaristía. Ofrecemos a Dios, junto con el sacerdote que celebra en el altar, el Cuerpo de su Hijo amado por manos de aquella que nos lo dio, María Santísima. Pedimos por la conversión de los pecadores, por la Iglesia, por el Papa y los Obispos en comunión con él, por nuestras respectivas patrias y por nuestros seres queridos, vivos y difuntos.
Estas consideraciones no parten apenas de emociones piadosas. Son reflejo de una fe que quiere ser ardiente, consecuente y operante. Porque el Santísimo Sacramento – que puede llegar a sernos tan familiar y cotidiano – es el acontecimiento permanente del amor infinito de Dios del que vive la Iglesia y los fieles, piedras vivas que la componen. El Bautismo nos da la vida sobrenatural y la filiación divina, y la Eucaristía hace progresar esa vida, forjando estrechos lazos del alma con la Santísima Trinidad.
Al iniciar el 2026, hagamos el propósito de santificar todos los domingos del año, de confesarnos con asiduidad y de comulgar siempre que nos sea posible, porque en la mesa eucarística está la salvación de las almas y del mundo. El 25 de diciembre celebrábamos en nacimiento de Jesús en Belén; que en cada día del nuevo año Él nazca en nuestros corazones. Acerquémonos con frecuencia a la Santa Hostia expuesta o reservada, para adorar al Señor que no se cansa de esperarnos y tanto se consuela acogiéndonos.
Pidamos esas gracias por la mediación de María, “Mujer eucarística” (encíclica Ecclesia de Eucharistia). El poder de la Virgen es tan grande que se ejerce hasta sobre el propio Dios. Por eso los teólogos la llaman “Omnipotencia suplicante”, lo que parece una contradicción, porque quien suplica es porque no puede; María es, sin embargo, la “Omnipotencia suplicante” porque puede todo sobre Aquel que es Omnipotente.
Por el P. Rafael Ibarguren,EP
(Publicado originalmente en www.opera-eucharistica.org)






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