El discurso revela a un Pontífice que se comprende ante todo como heredero consciente de una tradición intelectual, espiritual y política de la Iglesia.
(10/01/2026 10:53, Gaudium Press) El discurso del Papa León XIV al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede este viernes 9, en el Salón de las Bendiciones del Palacio Apostólico, revela a un pontífice que se comprende ante todo como heredero consciente de una tradición intelectual, espiritual y política de la Iglesia, y no apenas como gestor de una agenda internacional. No se trata de un papa que reacciona a los acontecimientos, sino de alguien que los interpreta a partir de un eje teológico claro, asumido explícitamente. El recurso inicial a La Ciudad de Dios de San Agustín no es ornamental ni académico: es la clave hermenéutica de todo el discurso. León XIV habla como agustiniano, y eso significa mirar la historia sin ilusiones, pero también sin desesperación, reconociendo el conflicto permanente entre la ciudad terrena y la Ciudad de Dios, sin jamás confundirlas o separarlas de modo absoluto.
Este punto ya revela un rasgo fundamental del pontífice: no absolutiza la política ni la demoniza. Reconoce su carácter provisorio, imperfecto, pero real, y por eso exige responsabilidad moral. Al afirmar que cada persona es protagonista de la historia, León XIV desplaza el debate internacional del plano meramente estructural al plano ético. Estados, organismos multilaterales y tratados no son entidades abstractas, sino expresiones de decisiones humanas concretas, por las cuales alguien responde. Esta visión es profundamente agustiniana y, al mismo tiempo, profundamente contracultural en un mundo que tiende a diluir responsabilidades en sistemas.
El papa demuestra un realismo poco sentimental al tratar la crisis del multilateralismo. No hay nostalgia ingenua de la posguerra ni elogio automático de las instituciones internacionales. Hay la conciencia de que el multilateralismo nació como intento de contener la barbarie de la fuerza y que hoy se encuentra debilitado porque volvió a prevalecer la lógica del poder. Al denunciar la diplomacia de la fuerza y la banalización de la guerra, León XIV no hace un discurso pacifista genérico, sino que señala una regresión civilizatoria concreta: el abandono del principio, arduamente conquistado después de la Segunda Guerra Mundial, de que las fronteras no pueden ser violadas por la fuerza. La constatación de que la guerra volvió a ser tratada como instrumento legítimo de afirmación de intereses revela a un papa atento a la erosión silenciosa del derecho internacional y a sus consecuencias para la convivencia civil.
Este mismo realismo aparece en la denuncia de lo que él llama cortocircuito de los derechos humanos. Se trata de uno de los puntos más reveladores de su pontificado naciente. León XIV no rechaza el discurso de los derechos humanos; al contrario, lo reivindica con vigor. Pero denuncia su fragmentación interna, cuando los derechos son desconectados de la dignidad humana objetiva y pasan a competir entre sí. El resultado es paradójico: derechos fundamentales como la vida, la libertad religiosa y la libertad de conciencia son comprimidos en nombre de nuevos derechos autorreferenciales. Esta crítica, ya presente en la doctrina de la Iglesia, gana aquí una formulación particularmente clara y políticamente incisiva.
La insistencia en el problema del lenguaje es otro rasgo significativo. León XIV identifica en la ambigüedad semántica un arma política y cultural. Cuando las palabras pierden significado estable, el diálogo se vuelve imposible y el poder pasa a imponerse por medio de la fuerza simbólica. Al denunciar un lenguaje de sabor orwelliano, el papa se coloca contra una cultura política que confunde inclusión con coerción y diversidad con uniformización ideológica. Para él, la claridad del lenguaje no es detalle retórico, sino condición de posibilidad de la libertad. Las batallas decisivas de nuestro tiempo son también conceptuales, y el pontífice demuestra plena conciencia de eso.
En el campo de la libertad de conciencia, el discurso revela con nitidez su visión antropológica. Al defender la objeción de conciencia no como rebeldía, sino como fidelidad a sí mismo, León XIV reafirma una concepción clásica de la persona humana, anterior al Estado e irreductible a él. Se trata de una afirmación fuerte en un contexto en que hasta democracias consolidadas tienden a tratar la conciencia como obstáculo administrativo. El papa identifica ahí un riesgo autoritario real, incluso cuando está disimulado por lenguaje progresista o humanitario.
La centralidad de la persecución a los cristianos también dice mucho sobre el pontífice. Al recurrir a datos concretos y mencionar regiones frecuentemente olvidadas, León XIV demuestra que no acepta la marginalización de este tema en el debate internacional. No habla apenas como líder religioso defendiendo a sus fieles, sino como voz que denuncia una de las más graves crisis contemporáneas de derechos humanos. Al mismo tiempo, evita cualquier lectura tribal o victimista, insertando la libertad religiosa en el horizonte más amplio de la dignidad humana universal y mostrando cómo su erosión afecta el propio edificio de los derechos.
Otro aspecto revelador es el alcance global de la mirada papal. El amplio panorama de los conflictos no es mera enumeración diplomática, sino expresión de una mirada atenta a las periferias reales del sufrimiento humano, y no apenas a los conflictos de mayor visibilidad mediática. Nigeria, Sudán, Haití, Sahel y Myanmar aparecen como lugares donde la ciudad terrena revela su rostro más violento. Aun así, León XIV mantiene un lenguaje de esperanza prudente, recordando procesos de paz y señales positivas sin caer en triunfalismo ingenuo.
En el campo de la bioética y la familia, el papa se muestra coherente con esta visión integral. La defensa de la vida, de la familia y de los más vulnerables no surge como agenda moral aislada, sino como consecuencia lógica de la dignidad humana que él afirma a lo largo de todo el discurso. Al criticar aborto, eutanasia y maternidad de sustitución, León XIV no adopta un tono meramente condenatorio, sino que argumenta a partir de la lógica de la relacionalidad humana, central tanto para Agustín como para la tradición cristiana. La vida no es un objeto disponible, sino un don que se desarrolla en relaciones concretas de cuidado y responsabilidad.
Por fin, la forma como el papa cierra el discurso, remitiéndose a la Navidad, a la Pascua y a la figura de San Francisco, revela una visión de la política internacional enraizada en una teología de la esperanza trágica, consciente del mal, pero confiada en la posibilidad del bien. La paz no es presentada como utopía ni como técnica diplomática, sino como fruto de la verdad y del perdón. Esto revela a un pontífice que no separa fe y diplomacia, pero tampoco las confunde, y que propone a la política aquello que más teme y más necesita: un fundamento moral que no depende de la fuerza.
En síntesis, el discurso revela a un papa intelectualmente estructurado, teológicamente coherente y políticamente lúcido. Un pontífice que no pretende agradar ni provocar gratuitamente, sino enseñar, advertir y orientar. Un papa que habla como pastor y como pensador de la historia y que parece convencido de que, sin la Ciudad de Dios como horizonte, la ciudad de los hombres acaba inevitablemente por convertirse en campo de batalla.
Por Rafael Ribeiro





Deje su Comentario