domingo, 15 de febrero de 2026
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¿Rígido como vara de hierro o flexible como palmera al viento? Depende…

Al final, la clave está en la caridad, adobada por la contemplación de Dios en el Orden del Universo.

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Redacción (15/02/2026 10:38, Gaudium Press) Flexibilidad o Rigidez, tema psicológico estudiado desde hace buen tiempo, con proyecciones no pequeñas en la moral práctica y en la espiritualidad. Y como todo lo que se refiere a la psicología humana, asunto que puede ser no tan simple, pero ciertamente importante para ir desbrozando.

¿Es bueno ser flexible y no rígido? Alguien rápidamente diría que sí. Sin embargo decimos, junto a Santo Tomás, depende…

Ya han pasado varias décadas en que desde diversos enfoques de la psicología se viene diciendo que para alcanzar la ‘adaptación’ (la buena, algo importante en estos días tan cambiantes), para lograr un buen ‘equilibrio’ (entendido como ‘homeostasis’) es preciso la flexibilidad. Y que detrás de muchos desequilibrios, particularmente trastornos del estado de ánimo como ansiedades, depresión, o desempeño en diversas áreas de funcionamiento, etc., está la rigidez. Si se consulta un manual de psicopatología antiguo, fácilmente se nos dirá que detrás de muchas ‘neurosis’ hay una rigidez de base.

¿La persona tiene problemas con los compañeros en el trabajo? Puede que sea demasiado ‘rígida’, que quiera que todo el mundo sea, piense y actúe como él o que se acomode completamente a sus gustos: pero como esto es un imposible, pues fácilmente este ‘rígido’ podrá tener problemas en las relaciones laborales.

Otro ejemplo.

Me decía una hermana hace unos días (ella casi desde siempre trabajó en administración de entidades de salud), que ya está investigado y concluido que demasiada rigidez causa daños, que en este caso pueden medirse en sangre y vidas: ¿faltó por motivo de fuerza mayor y de forma imprevista la enfermera tal? Pues debe haber flexibilidad en el resto del equipo para suplir su servicio, o cosas graves pueden ocurrir.

Pero es claro también, que la norma general debe ser el cumplimiento de protocolos médicos o de atención; en esto se debe tender a la “rigidez”, pues se supone que están elaborados tras sesudos estudios y validación, buscando lo mejor, y el funcionario no debe alejarse de ellos porque sí, porque le dio por ser muy ‘flexible’. Esa ‘flexibilidad’ también puede causar el vertimiento innecesario o mortal del líquido bermejo vital.

Mirando el modelo del Salvador

Pero para anclarnos en la roca firme, vayamos al modelo arquetípico del cristiano, el Redentor.

¿Cristo el Señor era rígido?

A veces: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24, 35). O: “El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes” (Mt 13, 41-42). Punto final, rígido.

¿Pero no era flexible? También: “Yo tampoco te condeno, dijo a la mujer adúltera. Vete, no peques más en adelante” (Jn 8, 11). Vamos viendo pues que también en criterios de acción el Salvador nos enseña a ser “flexibles”: a veces rígido, a veces flexible.

Pero, ¿qué determinaba su rigidez o su flexibilidad?

De varios santos se decía, como elogio: ‘León en el púlpito, cordero en el confesionario’, o ‘duro con el pecado, suave con el pecador’. Claro, aquí también se debe ser flexible, pues dependiendo del pecador —por ejemplo con los obstinados, orgullosos, de espíritu farisaico— la caridad puede mandar ser duro, rígido, como a veces lo era y cuanto, el recordado y santo Padre Pío.

Caridad”… tal vez sea esa es la palabra ‘mágica’, la clave para entender el buen proceder.

Entre otras razones porque quien habla de caridad está hablando no solo de sí, sino del prójimo. Y rigidez, la mala, con frecuencia es solo considerar mis criterios, sin tener en cuenta la realidad del otro, para hacer bien al otro.

Hay que mirar la diferencia de las estrellas

Porque al final, lo que el Señor quería, y su Iglesia quiere, no era solo imponer unos criterios, divinos, necesarios por lo demás. Sino que, movido por su amor infinito, lo que quiere es salvar almas, y el camino de la salvación de cada alma es distinto, así como el camino para llegar al corazón de cada alma es diferente, como una estrella es diferente de otra estrella: Stella enim a stella differt en claritate (“uno es el resplandor del sol, otro el de la luna y otro el de las estrellas, y aun las estrellas difieren unas de otras por su resplandor” – 1 Cor 15, 41).

La caridad pues, nos impulsa al conocimiento de cada alma, para buscar la combinación que abre la puerta de su caja fuerte.

El primer número de esa combinación, es, sin lugar a dudas, propiciar la acción de la gracia: la salvación de un alma es una obra eminentemente sobrenatural, y mal hace quien busca conseguir efectos sobrenaturales solo con recursos y ‘triquiñuelas’ naturales. Es más fácil hacer que el gato de la casa declame de corrido y sin errores el Rin rin renacuajo, el poema estelar del colombiano Rafael Pombo. Por eso, lo más importante es rezar, ofrecer sacrificios, pedir la ayuda de la Virgen, facilitar el acceso a sacramentos.

Pero dicho lo anterior, no se le debe negar a los recursos naturales su papel propio.

Y como estamos por estos días estudiando de neurociencia, enfoquemos la cosa por ahí, y hablemos v. gr. de oxitocina, el neurotransmisor de los vínculos humanos —por ejemplo muy presente en la leche materna—, que ayuda a crear ese vínculo fortísimo entre madre e hijo, neurotransmisor muy manifiesto en todo lo que es vínculo al interior de cualquier comunidad.

Cuando una persona se siente verdaderamente querida, apreciada, es casi forzoso que se produzcan a nivel neuroquímico, neuroeléctrico y hormonal unas reacciones muy potentes, a las que no es fácil que se resista. Y esto cuando la persona se siente no solo querida sino comprendida, en sus nimiedades, en sus luchas. Ese es el vínculo que por ejemplo un hijo genera con una buena madre, y viceversa. Es un vínculo que puede generar un buen cristiano con la Madre Iglesia, o con la Virgen, la Madre de Dios y nuestra, y que se debería generar entre el apóstol y el apostolando.

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Es más, es el vínculo que debería unir a toda la sociedad humana.

Es ese vínculo, eminentemente caritativo, el que da la flexibilidad para a veces ser ‘flexible’, a veces ‘rígido’, dependiendo de las circunstancias, pero siempre teniendo en vista el bien del ser amado.

La caridad es también el impulso de la buena contemplación, porque se observa lo que se ama, y cuando ese amado se observa se conoce más, de forma que el conocimiento se retroalimenta con el amor.

Se habla en la Iglesia de discernimiento de los espíritus, algo que teniendo en cuenta lo de arriba, ya vemos como necesario para bien hacer el bien a las almas, y que ciertamente Dios va concediendo al buen apóstol. Pero es bien cierto que, excluidos los canales extraordinarios divinos, ese discernimiento está íntimamente unido con la observación, con la contemplación amorosa de la gente, mucho más que del deseo de imponer criterios propios, por más justos que ellos sean. No es que no se deban tener criterios (particularmente la doctrina cristiana), pero estos se deben adecuar y aplicar a la diversidad de las almas.

Y al final, llegamos a lo que el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira decía que era su Luz Primordial, que ya orientaba su carisma:

La contemplación de Dios en el orden del universo, una visión amorosa de este orden creado por Dios, una visión que busca la armonía de este orden, su ‘arquitectonía’, que es jerárquica y monárquica, pero también aristocrática, “desde un ángel hasta un grano de arena”, desde el pavo real hasta la hormiguita, desde Carlomagno hasta el más sencillo de sus buenos soldados.

En esa visión, el contemplativo se da cuenta que Carlomagno se resalta aún más cuando se le considera en el conjunto de los guerreros, de los cuáles él es ejemplo acabado. Como decía un día Dr. Plinio, el contemplativo del orden del universo contempla lo grande y se extasía y su alma crece, contempla lo mediano y encuentra la acogida que da lo mediano, y ve lo pequeño y sabe que este tiene su papel y lo considera incluso con ternura. Ve que ese universo está coronado por María, por el Verbo Encarnado, y que el Universo es también reflejo de ellos.

Pero contemplativo de todo el Orden del Universo no tiene monomanía sea por lo grande, sea por lo mediano o sea por lo pequeño, sino que ve la armonía de todo el conjunto, contempla la belleza de todo el conjunto, y desea que el conjunto y cada elemento del conjunto vaya caminando hacia la perfección, hacia dar lo mejor de sí.

De esa contemplación del contemplativo, surge fácilmente un verbo: “Oh Dios mi Señor, cómo eres Bueno, cómo eres Bello, la Belleza Absoluta, cómo el conjunto del Universo, el pasado, el presente y el futuro, refleja bien tu belleza sin límites. Quiero que ese universo, que cada criatura, especialmente los hombres, sean cada vez más bellos, para que el Universo te dé cada vez más gloria”.

En ese momento la caridad hacia los hombres se sublima en caridad hacia Dios, que vuelve a regresar en caridad a los hombres. Esa caridad es la que da el celo, el ímpetu, también la flexibilidad o la rigidez, la dulzura de Cristo cuando habló de los lirios del campo, o la rigidez de Cristo cuando sacó a latigazos a los mercaderes del Templo.

Sin eso, no hay verdadero apostolado, verdadero deseo de hacer el bien.

Por Saúl Castiblanco

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