María Santísima, que ya había consagrado su virginidad al Creador, “experimentó una inmensa consolación”, cuando “vio la justicia, pureza y santidad de aquel hombre”.
Redacción (15/01/2026 18:10, Gaudium Press) Retomando la serie de notas sobre el pinacular libro de Mons. Juan Clá acerca de María Santísima (1), hablaremos del encuentro de la Virgen con San José, el varón perfecto destinado por el Creador como custodio de la Madre de Dios, que aún se encontraba en su aprendizaje en el Templo de Jerusalén.
María Santísima, que ya había consagrado su virginidad a Dios, “experimentó una inmensa consolación”, cuando “vio la justicia, pureza y santidad de aquel hombre. Su Corazón descansó en él al ver, por el discernimiento de los espíritus, a una persona con un altísimo llamado en quien podía confiar. Se trataba, sin duda, del varón que había contemplado místicamente después del último encuentro con Santa Ana, en el cual su vocación se cumplía y se completaba. Y, como siglos después haría Santa Juana de Arco, exclamó en su interior: «¡Las voces no mintieron!». Entendió también, antes incluso de tratar sobre esto, que Dios realizaría su promesa, y que Ella permanecería virgen durante toda su vida. José era tan puro y noble que no se concebía en él la menor concupiscencia, ni siquiera alguna sombra de imperfección. Notando la acción del Espíritu Santo en su alma, comprendió que, al desposarlo, estaría simplemente renovando sus esponsales con el Paráclito y que, por lo tanto, su voto se mantendría intacto. Así, en aquel primer intercambio de miradas, Ella lo amó en cuanto señor suyo y pidió al Padre Eterno la gracia de servirlo hasta el fin de sus días”, 2 cuenta Mons. Juan.
En ese encuentro, hubo una comunicación de vida divina “que elevó a ambos a un altísimo grado de unión con la Santísima Trinidad. ¡El Señor los unía para siempre y nadie podría separarlos!”. 3
En un segundo encuentro, el Padre putativo del Señor y la que sería la Madre de Dios, ratificaron cada uno su voto de virginidad, y la Virgen empezó a contarle “confidencialmente sobre la profundidad de su relación con la Santísima Trinidad y cuánto deseaba que él también entrase en esa intimidad con las Divinas Personas. A través de tal acto, San José obtuvo una participación en el amor trinitario de Nuestra Señora y, en una actitud de esclavitud, suplicó al Padre Eterno el intercambio de corazón con Ella. El Santo Patriarca sintió místicamente que otro corazón comenzaba a pulsar en lugar del suyo: era el Inmaculado Corazón de María, pues su súplica había sido atendida. De ahí en adelante, el Espíritu Paráclito fue el fiel intérprete de los deseos que nacían de ese «nuevo» Corazón”. 4
Entretanto, por ese nuevo vínculo que se había establecido con San José, hasta la propia Madre de Dios era beneficiada: “las palabras de San José sobre su amor a la virtud angélica hicieron comprender a la Virgen la belleza y la superioridad de la pureza cuando es practicada por un varón, y atrajeron nuevas gracias para la futura esposa. A partir de entonces, empezó a palpitar en su interior un amor fogoso, combativo y audaz que venía del corazón de San José. En cuanto uno amaba la castidad del otro, el Espíritu Santo divinizaba aquellos dos corazones, edificando un único claustro sagrado donde se amarían las Tres Personas Divinas. Por un misterio de esclavitud y de amor, José pasó a vivir en María y María en José, de manera que sus corazones se abrazaron y formaron un único corazón ante la lucha, la cruz y la gloria”. 5
Era una mutua esclavitud, inspirada por el discernimiento de los espíritus y la admiración de la maravilla que la Divina Providencia había puesto en el otro. En esa relación de amor esclavo, rápidamente entró el Mesías prometido.
Ver también: San José, ‘alma par’ de María, va siendo preparado para encontrarla: Mons. Juan Clá habla de la Virgen (VI)
En este segundo encuentro, “Nuestra Señora quiso también tratar sobre lo que había aprendido de sus padres y en el Templo acerca del Mesías y, principalmente, transmitirle el fruto de sus meditaciones a propósito de la esperanza de los justos en la redención de los hombres, a pesar de la terrible situación del pueblo elegido. Agregó que, hasta entonces, había pasado su existencia rezando para ser útil de alguna forma para la salvación de Israel y poder servir al Mesías, pero a cambio sólo había recibido ultrajes y persecuciones. En aquel instante, vio cómo empezaba a iluminarse el semblante de San José: era el deseo de hacerse esclavo del Mesías, ¡era la misma aspiración que la sustentaba desde hacía muchos años! Ambos hicieron el propósito de vivir para que aquello fuese una realidad, incluso en relación con aquellos que tuviesen la inmensa gracia de ser sus padres, si Dios así lo dispusiese”. 6
Las nupcias entre San José y la Virgen, no fueron sino el sello oficial, de dos almas que ya estaban unidas por siempre, en la vida, para el cielo y la eternidad. Pero claro, algo también se movía en el Orden del Universo, en el orden cósmico, y un plan original se restauraba:
“Durante la sencilla ceremonia en que Simeón los declaró unidos «según la Ley de Moisés y de Israel», se sintieron especialísimas bendiciones divinas, y todos percibieron que, de una manera misteriosa, sucedía algo central en la Historia de la salvación. De hecho, aquel casamiento representaba la restauración del plan original de Dios para la familia (cf. Gén 2, 18.21-24), deturpado por siglos de infidelidad y dureza de corazón del pueblo elegido (cf. Esd 10, 10; Mal 2, 11), bien como un marco de reparación y de aurora para los judíos y para todos los hombres. El sacerdote, muy aliviado, se emocionó en el momento central del rito, pues veía su esperanza realizada: por fin, Aquélla por cuyo destino tanto había tenido que confiar, se encontraba protegida, en las manos de un verdadero luchador”. 7
Por Saúl Castiblanco
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Notas
1 Mons. João Scognamiglio Clá Dias. ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Volumen II – Los Misterios de la Vida de María: una estela de luz, dolor y gloria. Caballeros de la Virgen. Bogotá. 2022.
2 Ibídem, pág. 197.
3 Ibídem, pág. 198.
4 Ibídem, pág. 201.
5 Ídem.
6 Ibídem, pág. 202.
7 Ibídem, págs. 204-205.






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