“Lo que sigue es una historia heroica y conmovedora: tratase de un niño mártir…”
Redacción (01/02/2026 10:48, Gaudium Press) Lo que sigue es una historia heroica y conmovedora: tratase de un niño mártir de la Eucaristía llamado Tarsicio que entregó su vida a mediados del siglo III. Muy pocos documentos de la época se han conservado sobre su testimonio; lo que se sabe de él nos viene casi todo por tradición oral. San Tarsicio siempre ha sido venerado en la Iglesia, desde su glorioso martirio hasta nuestros días.
Como sabemos, en los primeros siglos de la vida de la Iglesia se desató una violenta persecución contra los cristianos por parte de las autoridades del Imperio Romano. ¡Fueron millones los que inmolaron sus vidas por amor a Jesucristo! Puestos entre la alternativa de echar incienso a los ídolos salvando sus vidas o de morir comido por las fieras o con otras torturas atroces, los católicos fieles – lamentablemente hubo también católicos cobardes que apostataban, eran llamados “lapsi” – derramaban heroicamente su sangre profesando su fe. Esa sangre fue semilla de nuevos cristianos y de todos los esplendores que la Iglesia y la cristiandad produjeron a lo largo del tiempo.
Lo sucedido en la historia de la Iglesia, repite lo mismo que vivió su divino Fundador, Jesucristo: fue pasando por la Cruz que el Salvador conquistó la gloria de la Resurrección, redimió en género humano y abrió las puertas del Cielo. Para la fecundidad de la Iglesia y su establecimiento en la tierra, los fieles tuvieron que trillar las vías del sacrificio. Es que las cosas de mucho valor no son baratijas que se logran fácilmente…
Los cristianos que eran condenados a muerte, deseaban ardientemente recibir la comunión antes de ser martirizados. Se comprende, porque la Eucaristía, siendo Presencia Real del Señor, comunica una fuerza invencible y da a quien comulga una participación en la propia vida divina. Más, ¿cómo llevar la Comunión a las cárceles guardadas por soldados anticristianos que pondrían obstáculos y llegarían a profanar el Santísimo Sacramento? Especialmente los sacerdotes tenían que esconderse, no exponerse en demasía, porque eran los más buscados por los enemigos.
Un día, después de celebrar la Misa en una catacumba, el oficiante se volvió a los fieles reunidos, les mostró la Hostia y les dijo: “Mañana, muchos de los nuestros serán conducidos a las fieras ¿Quién de ustedes, menos conocido que yo, podrá llevarles secretamente el Pan de los fuertes?” Después de oír estas palabras, se aproximó del sacerdote un niño de diez años llamado Tarsicio, de alma pura y hermoso rostro. Se arrodilló ante el altar y extendió sus brazos al sacerdote sin pronunciar palabra, pero pareciendo decir: “Yo llevaré a Jesús a los hermanos encarcelados”.
“Eres muy pequeño – replicó el sacerdote – ¿cómo podré confiarte tamaño tesoro?” “Sí, padre, justamente por ser pequeño me aproximaré de los mártires sin que nadie desconfíe”. Hablaba con tanto ardor y candidez que el padre le confió las santas Hostias. Y el pequeño, radiante de alegría, apretando al pecho su tesoro dijo: “¡Antes que me despedacen, nadie me lo arrebatará!”
Y partió presuroso para la cárcel Mamertina, terrible prisión ubicada en el Foro Romano. Al atravesar una plaza un grupo de muchachitos lo cercó queriendo obligarlo a hacer parte de sus juegos. “No puedo, no puedo, estoy con prisa” dijo el valiente niño. Los otros, viendo que Tarsicio conservaba las manos sobre el pecho, sospecharon que llevase los “misterios de los cristianos”, como decían… Gritando como poseídos por el demonio, lo lanzaron por tierra, lo golpearon, le tiraron piedras y lo dejaron postrado, medio muerto. La sangre corría de su boca, pero las manos no se despegaban del pecho.
En eso, pasa por el lugar un oficial cristiano que se llamaba Quadrato, salta en medio de los muchachos dando golpes a izquierda y derecha y dispersa la cuadrilla malhechora. Como una madre cariñosa toma con todo respeto al pequeño mártir de la Eucaristía y lo lleva en sus brazos hasta la catacumba donde el sacerdote, al ver al niño, no pudo contener las lágrimas. Y Tarsicio, el valiente defensor de Jesús, expiró allí mismo.
En su tumba hay unas frases latinas que, traducidas y puestas en rima, dicen:
Tarsicio santo, de Cristo y su misterio mensajero,
se enfrenta a la malvada turba que busca su tesoro;
caído sobre el suelo, entrega su vida de cordero
y salva de aquellos perros lo que ama más que el oro.
¡Cuánto heroísmo en un niño convencido de su fe! ¡Y qué tristeza ver en nuestros días tantos chavales que no son debidamente catequizados, ni en sus familias, ni en sus parroquias, que ensucian su imaginación y envilecen sus sentimientos con malas compañías o navegando imprudentemente en las redes sociales, portadoras a menudo del veneno de la impureza, de la violencia y del mal gusto! Cuando se piensa que entre jóvenes y niños crece la tasa de suicidios, especialmente en países dichos desarrollados y del primer mundo…
Nuestro pequeño mártir inmoló heroicamente su vida y conquistó el cielo. Que Tarcisio interceda por los niños que marchitan sus vidas en las vías del pecado. Si el tan mentado “desarrollo” lleva a los excesos que estamos viendo, y si el mal uso de las redes sociales contribuye a desintegrar a la sociedad… ¿qué hacer para contrarrestar esos fenómenos deletéreos? Existe un remedio sanador que hay que saber presentar a los jóvenes para motivarlos a dedicarse a la causa más noble de todas las causas: el culto al Pan de Vida. Ese apostolado bien podría llevar el nombre de “Cruzada Eucarística”; cruzada, no para reconquistar el Santo Sepulcro de Jerusalén, más para lograr que Cristo resucitado y glorioso presente en la hostia consagrada, reine en las almas.
Por el P. Rafael Ibarguren, EP






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