En días pasados la Comisión Doctrinal de la Conferencia Episcopal española ha hecho público el documento Cor ad cor loquitur.
Redacción (18/03/2026 11:19, Gaudium Press) En días pasados la Comisión Doctrinal de la Conferencia Episcopal española ha hecho público el documento Cor ad cor loquitur, El corazón habla al corazón, “sobre el papel de las emociones en el acto de fe”, una reflexión “motivada por los diversos signos de un «renacer de la fe cristiana» en la sociedad, así como el surgimiento de «diversas iniciativas de primer anuncio» suscitadas por el Espíritu Santo y que facilitan el encuentro con Cristo”, según anuncia la página web de la Conferencia.
La nota doctrinal tenía como fin “ayudar al discernimiento y acompañar en la maduración de estas experiencias apostólicas para que puedan crecer y prestar un mejor servicio a tantas personas que se acercan a la Iglesia”.
Sobre este documento, sus efectos y ‘destinatarios’ ha escrito en ABC el reconocido periodista católico José Francisco Serrano Oceja, quien hace rápidos apuntes sobre consideraciones antropológicas de las nuevas generaciones, a tener en cuenta a la hora de vislumbrar caminos de fe para los hombres de hoy.
“Decía un aforismo clásico que lo que no se conoce, no se ama. Un postmoderno apuntaría que lo que no se siente, no se ama. Según la antropología tradicional, las potencias del alma son memoria, inteligencia y voluntad. Hoy tendríamos que añadir una nueva, el deseo, que se ha comido a la voluntad, en la que antes se encuadrada. Si por algo se caracteriza nuestro presente es por la primacía del emotivismo que según el filósofo, primero marxista y después católico, Alasdair McIntyre, es el marco conceptual dominante en el análisis ético de los conflictos personales y sociales”, afirma Serrano.
Entra en el núcleo el periodista, cuando recuerda que la Nota alertaba del “riesgo de un reduccionismo «emotivista» de la fe, que lleva a las personas «a convertirse en consumidores de experiencias de impacto y buscadores insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual». Los obispos no ofrecen nombres en su texto «a quien corresponda». Hay quien interpretó que estamos ante un aviso para navegantes a Hakuna, Effetá, Emaús, carismáticos, iniciativas de primer anuncio… No sería lógico que los obispos tiraran piedras contra sus propios tejados, ni que renegaran de lo que define al sujeto antropológico actual”, expresa.
Reconoce Serrano que “la experiencia de fe se reduzca a un sentimiento, implica un grave riesgo”. Pero afirma también “que lo afectivo desaparezca de la experiencia de fe no parece muy real. El equilibrio, en un mundo de confusiones estables, es un ejercicio de malabarismo que pasa por la formación integral. ¿Acaso la religiosidad popular no es emotiva? ¿Acaso no valoramos, en la vía postmoderna, especialmente la propuesta evangelizadora fundada en la estética, el arte, la música, la literatura? ¿No es más eficaz acompañar que señalar?”, lanza el periodista.
De hecho, la Vía de la Estética de la que habla Serrano, en lugar de perder vigencia, parece no solo mantenerla sino acrecentarla.
La Iglesia ha evangelizado “a través de los tres grandes trascendentales: verdad, belleza y bondad”
En días pasados, al presidir una Misa Pontifical en Zagreb, el Arzobispo de San Francisco, Mons. Salvatore Cordileone, recordaba que la Iglesia siempre ha evangelizado “a través de los tres grandes trascendentales: verdad, belleza y bondad”, que “son las puertas que conducen a Dios, que es la perfección de cada uno de ellos”.
Mons. Cordileone profundizaba particularmente en el camino de la belleza, cuyo poder “hay que redescubrir como medio de evangelización”. De hecho, el prelado presenta el redescubrimiento de la importancia de la belleza “como una de las claves para la renovación de la Iglesia y de la sociedad”.
“La Iglesia fue en su día una gran mecenas de la belleza en todas las artes, pero durante los últimos sesenta años ha estado casi totalmente ausente en este ámbito, en detrimento de todos”.
Sin embargo, nota el Arzobispo que en la contemplación del incendio de Notre Dame de París, “la reacción del mundo ante su combustión demuestra que el lenguaje de la belleza, especialmente la belleza clásica, sigue conmoviendo poderosamente los corazones humanos en estos tiempos turbulentos, divididos e inciertos”.
La belleza atrae a todos, también a los jóvenes, declara el Arzobispo: “En gran medida, sigue siendo un recurso sin explotar para llegar a las personas —especialmente a los jóvenes— con el Evangelio en esta época fragmentada en la que vivimos”, dice, y ejemplifica que en la Eucaristía “al menos tradicionalmente hablando”, se encuentra todo, “la verdad, la belleza y la bondad; el latín, el hebreo y el griego”.
“En la época en que vivimos”, “la gente puede argumentar: «tú tienes tu verdad y yo tengo la mía». Pero cuando se trata de la belleza, los argumentos cesan. La belleza toca a la persona de manera intuitiva, sin pasar por argumentos lógicos —o, más a menudo, ilógicos— y preparando así el terreno del alma humana para la semilla de la verdad. La gente puede deliberadamente hacer la vista gorda ante todo el bien que la Iglesia hace por el mundo, pero es difícil negar la belleza cuando la tenemos ante nosotros. Y realmente funciona”.
Mons. Cordileone habla también de un acompañamiento a los jóvenes: “Es particularmente urgente, como mencioné hace un momento, acompañar a los jóvenes en este camino. Están profundamente inmersos en una cultura deshumanizadora que «cancela» todo y a todos los que no se ajustan a su voluntad. Necesitan ser acompañados en el camino de la oscuridad a la luz, del pecado a la gracia, de la autosuficiencia egoísta al amor desinteresado, siguiendo el ejemplo de nuestro Salvador en la cruz”.
El objetivo es, según el Arzobispo de San Francisco, “aportar nuestra propia contribución a esta civilización en nuestras familias, nuestras parroquias y todas las comunidades en las que vivimos y trabajamos: ser un faro de verdad, belleza y bondad en un mundo debilitado por el error, el mal y el pecado; ser una comunidad de fe, esperanza y amor, para que todos podamos crecer cada vez más plenamente en esa imagen y semejanza en la que Dios nos creó al principio”.






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