“Ahora bien, el interés de las grandes redes sociales no es producir hombres-bomba en serie…”
Redacción (06/02/2026 10:52, Gaudium Press) Es triste, pero es verdad: este artículo no será leído. Pero, de mi parte —la más interesada, reconozcámoslo—, ya estoy contento porque hayas llegado hasta esta página de la prensa católica. No es fácil. ¡Felicitaciones por el hallazgo!
Y, ya que llegaste hasta aquí, ¿sabes por qué no se suponía que llegaras?
Muy simple.
Madrigueras de conejo en tu casa
Hay madrigueras de conejo en tu casa —¡así es!—, y más propiamente en tu bolsillo. Esta invasión ni siquiera sería una plaga si, en lugar de guardar conejos, tales madrigueras no te succionaran hacia adentro. Me explico, porque estoy siendo quizás enigmático.
Hubo una famosa estrella del baloncesto norteamericano que, un buen día, cayó en uno de esos agujeros caseros. Entró normal y salió terraplanista. Sí, ese jugador tan acostumbrado a lidiar con pelotas volvió de una madriguera de conejo con la certeza de que la Tierra no es sino una inmensa alfombra voladora en el sistema solar… Y con tanta convicción, además, que lo proclamó a todos los tripulantes de esa nave espacial. Después, mejor informado, volvió a creer que la Tierra es redonda y se disculpó ante sus fans diciendo que había caído en una de esas madrigueras de conejo de YouTube…
¿Cómo así? Es sabido y más que sabido que YouTube —y, como él, todos los grandes servidores— utiliza los datos de navegación de sus usuarios para recomendar videos o contenidos según la preferencia de los espectadores. Ya debes haber notado que basta con buscar dos veces sobre gatos; a la tercera, antes de escribir, ya se ofrecen videos a manos llenas sobre todas las curiosidades felinas. Tus datos enseñaron a la plataforma sobre tus gustos.
Ahora bien, si por casualidad entras en un círculo vicioso en que un video visto atrae otro semejante, y este uno más todavía, y después un cuarto, quinto, trigésimo, milésimo… entraste en una madriguera de conejos —o de gatos, según el caso.
Conveniendo en que, de hecho, te gustan mucho los felinos, ¿dónde está el problema? En que no todas esas madrigueras esconden animales domésticos, peludos, desleales y simpáticos. Hay algunas, por el contrario, que reúnen teorías terraplanistas —como aquella en que cupo un jugador de más de dos metros—, y otras, peores, que explotan un antisemitismo radical, un ateísmo profesional, bandidismo, terrorismo, y una pandilla de muchos otros “ismos” unilaterales que nos dispensamos de enumerar.
¿Percibes el peligro de estas fosas? ¿No? ¿Y si te dijera que, de tanto oír una mentira, una persona pasa a creer en ella? Recuerdo, por ejemplo, que los grupos terroristas actualizados hacen su reclutamiento por estos medios, inculcando en muchos jóvenes, a fuerza de repetición, una ideología de asesinato y destrucción. De la curiosidad a una atención, de la atención a una propensión, de la propensión a los hechos, la distancia es mínima si se recorre paso a paso.
Puesto que la verdad es aburrida…
Ahora bien, el interés de las grandes redes sociales no es producir hombres-bomba en serie. Las noticias explosivas solo producen un corto boom mediático… Lo que tales servidores desean, además de garantizar una profusa comunicación social, es enganchar a sus usuarios cuanto puedan, pues esta es su fuente de monetización. Si el producto no es pagado —esto se aprende en el curso de marketing—, el producto eres tú. Y de ahí, claro, las tales madrigueras, que corresponden a una densa concentración de contenido para preferencias específicas.
Pero esto acarrea una consecuencia letal para los medios de información: la desinformación. Si una persona desea oír una sola cosa, una sola cosa oirá. Se entusiasma por el chocolate, digamos, y, por lo tanto, solo encontrará noticias pregonando los efectos altamente benéficos del cacao mezclado con azúcar. Las informaciones proporcionadas serán unilaterales. Esto aplicado a temas realmente importantes —casi al nivel del chocolate y los gatos— toma proporciones asustadoras.
En Washington, por ejemplo, un joven entró armado a una pizzería porque había visto una veintena de noticias que acusaban a ese restaurante de secuestrar niños. Era todo calumnia, y el muchacho que iba a salvar la patria terminó preso… Es el poder de la mentira repetida.
Imagina esto a una escala aún mayor: política internacional, epidemias, desastres, índices de criminalidad o alfabetización, clima global, actualidad de la Iglesia… Si cada página de internet recomienda a sus clientes lo que ellos quieren oír, ¿qué resultará de ahí? Lo que ya resultó. Hace no muchos años, en pleno Covid, lograron responder aproximadamente a la siguiente pregunta estadística: ¿qué corre más rápido, la noticia verdadera o las fake news? Adivina… Las fake news eran seis veces más diseminadas que las reales. ¿Por qué? Por causa de las mencionadas recomendaciones de los medios de comunicación social.
Puesto que, estando nuestro paladar embotado por el sensacionalismo, la verdad es aburrida, nada más natural que esa preeminencia de la mentira. ¿Quién encuentra gusto en oír decir que el sol brilla? Es mucho más impactante escuchar a alguien defendiendo lo contrario.
Y esta es la razón que doy para probar que no debería estar leyendo este artículo. No tanto porque sea verdad todo lo que aquí escribí. También. Me esforcé por exponer solo lo que me pareció verdad consumada. Lo que aquí escribí, sin embargo, no es agradable de saber.
Y si tomó en serio contradecir el título de este artículo, pues no veo otra razón para haber llegado hasta esta línea, le doy desde el fondo del corazón mis felicitaciones. Tuvo el coraje de enfrentar la verdad, aun siendo ella tan triste en este caso. Si la verdad parece aburrida a los oídos habituados a las noticias sensacionales y fantásticas, y encima contradice nuestros gustos y costumbres, entonces se vuelve amarga.
Y amarga porque obliga a una actitud: de ahora en adelante, el lector o se dejará engañar conscientemente, o desconfiará de los grandes medios sociales, sopesando y evaluando las noticias que le llegan. Es duro, pero es nuestro deber de católicos e hijos adoptivos de la Verdad Eterna.
Por Calisto Soares





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