“Que el faro resplandeciente, la cruz bendita y la cálida casa del Padre se llenen una vez más con las risas claras y los cantos de los niños”, pide Vivien Ren.

Catedral de San Miguel, Qingdao – Foto: Wikipedia
Redacción (26/03/2026 15:12, Gaudium Press) Da eco la agencia Zenit a la voz de una madre, Vivian Ren, contra la despótica prohibición en China de que los niños entren a las iglesias.
Dice Vivien que son muchos “los creyentes esperan que sus hijos crezcan conociendo la verdad del Señor desde temprana edad y aprendan a seguir el camino correcto”.
Entretanto, “en virtud del Reglamento actualizado sobre Asuntos Religiosos, los Departamentos de Trabajo del Frente Unido y las Oficinas de Asuntos Étnicos y Religiosos de varias provincias chinas —incluidas Shandong, Mongolia Interior, Shanxi y Henan— han emitido normas que imponen una estricta separación entre la religión y los menores. Estas normas prohíben claramente la entrada a lugares religiosos a menores de 18 años para asistir a misa o servicios religiosos. También prohíben a las iglesias y grupos religiosos organizar programas de formación juvenil, campamentos de verano o de invierno. Los centros comunitarios no pueden permitir que los niños participen en ceremonias o debates religiosos. Los creyentes que asistan a reuniones religiosas deben organizar el cuidado de sus hijos con antelación”.
Vivien tiene una niña que “demostró un amor genuino por el Señor desde muy pequeña”, algo que inhaló en el ambiente familiar. Pero el día que la llevó a la misa dominical “Nos detuvieron en la entrada de la iglesia y nos dijeron: «Las normas gubernamentales prohíben la entrada de niños, y hay equipos de vigilancia instalados en el interior. Los hermanos y hermanas que deseen asistir deben buscar primero a alguien que cuide de sus hijos». En ese momento, toda nuestra familia sintió una profunda impotencia y tristeza”.
El efecto de estas prohibiciones no es solo el de impedir a los niños compartir la fe en el propio lugar de culto, ni el de aumentar las cargas famliares, sino que “también deja a innumerables padres con un sentimiento de arrepentimiento. Las autoridades pueden argumentar que estas medidas se implementan para mantener el orden, pero cuando vemos los ojos inocentes de los niños que buscan la verdad, sentimos una profunda tristeza y solo podemos orar por ellos”.
Es claro que la prohibición es absurda. Por eso cuando Vivien habla, resume el deseo de todos los padres: “Que el faro resplandeciente, la cruz bendita y la cálida casa del Padre se llenen una vez más con las risas claras y los cantos de los niños”.





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