En la alegría de la Resurrección del Señor, los Heraldos del Evangelio vivieron un momento de gracia singular con la ordenación de 31 diáconos.

Fotos: Sergio Cespedes
Redacción (12/04/2026 09:29, Gaudium Press) Ayer 11 de abril, en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, en Caieiras, São Paulo – Brasil, un numeroso y devoto público acompañó, con alegría y recogimiento, la ordenación de 31 nuevos diáconos de la Sociedad Apostólica Virgo Flos Carmeli, conferida por Mons. Fernando José Monteiro Guimarães, C.Ss.R., arzobispo militar emérito del Brasil.
La palabra “diácono” proviene del griego diákonos y significa “servidor”. Quien recibe la Orden del Diaconado se pone enteramente al servicio de la Iglesia: al servicio de Dios, al servicio de los hermanos y al servicio de sus pastores. El diácono no es siervo por imposición, sino por amor. Ser diácono es el primer peldaño dentro del orden eclesiástico. Instituido por los Apóstoles, este ministerio fue enriqueciéndose progresivamente a lo largo de los siglos por la Tradición viva de la Iglesia, convirtiéndose en un servicio esencial a la vida eclesial, marcado por la caridad, la Palabra y el altar.
A continuación, la Homilía de Mons. Guimarães en la Ceremonia de Ordenación diaconal:
1. Hace más de veinte años, el 15 de junio de 2005, en la Basílica del Carmen de São Paulo, fueron ordenados los primeros sacerdotes Heraldos del Evangelio, entre ellos el recordado fundador, Monseñor João Clá, de venerada memoria. Se cumplía así un sueño acariciado por el fundador.
En aquella ocasión, un sacerdote redentorista que trabajaba en la entonces Congregación para el Clero tuvo la fortuna de participar en el grupo de canonistas vaticanos que estudió atentamente la audaz propuesta y encontró las posibles soluciones canónicas, las cuales permitieron al querido y siempre venerado Santo Padre Juan Pablo II atender los anhelos del fundador de los Heraldos del Evangelio, quien veía en el ministerio conferido a sus hijos la posibilidad de irradiar en todo el mundo el carisma de anunciadores del Evangelio que deseaba infundir en la familia que, inspirado por Dios, había fundado.
“Digitus Dei hic est” [El dedo de Dios está aquí].
Fue el inicio de una serie ininterrumpida, a lo largo de los años, de ordenaciones diaconales y sacerdotales, con las que la Divina Providencia enriquecía a la familia de los Heraldos del Evangelio, posibilitando una fervorosa y auténtica nueva evangelización, no solo en Brasil, sino también en muchos países del mundo.
Fidelidad a lo que la Iglesia proponía como ideal para la formación sacerdotal, sumo cuidado con la formación intelectual y teológica de sus seminaristas, sólida vivencia espiritual y vivo empeño apostólico de los futuros diáconos y presbíteros fueron, durante los años siguientes, el compromiso de la Sociedad Clerical Virgo Flos Carmeli, ofreciendo a la Iglesia sucesivas promociones de diáconos y presbíteros según el Corazón de Cristo.
“Digitus Dei hic est”.
Por misteriosa gracia divina, el entonces sacerdote redentorista que asesoró a San Juan Pablo II para la ordenación de los primeros Heraldos, hoy, anciano de avanzada edad y arzobispo militar emérito, tiene la alegría y el honor de ordenar diáconos transitorios —en vistas a la ordenación presbiteral— a estos 31 Heraldos del Evangelio, tras un largo período de pruebas y sufrimientos que tuvieron como resultado la sólida maduración de su vocación y la certeza de su fidelidad a toda prueba a Cristo y a su santa Iglesia.
2. La liturgia de la Palabra de este día nos habla de la Resurrección del Señor y de la reacción de sus discípulos, que va desde la incredulidad inicial hasta la profesión de fe auténtica y valiente.
El Evangelio nos relata la serie de apariciones del Resucitado: a María Magdalena, primera testigo, que inicialmente lo confundió con el jardinero, pero que luego abrió su corazón con un expresivo “¡Rabbuni!”, Maestro; a los dos discípulos camino de Emaús, que solo lo reconocieron en la fracción del pan; y, por último, a los once discípulos, reprendidos por su falta de fe: “los reprendió por su incredulidad” (Mc 16, 14). Pero a todos ellos el Señor glorioso les dejó un mandato: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15). ¡A todos los transformó en predicadores y heraldos del Evangelio!
La misión, sin embargo, no es fácil. La lectura del libro de los Hechos nos presenta la saga de los primeros cristianos: Pedro y Juan fueron perseguidos por los jefes de los sacerdotes y los ancianos, a causa de la curación del ciego y del anuncio del nombre de Jesús. Quisieron prohibirles predicar el Evangelio, amenazándolos severamente. Pero la respuesta de Pedro es firme: “Juzgad vosotros mismos si es justo ante Dios obedeceros a vosotros antes que a Dios. Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 19-20). Anunciar a Cristo es misión divina.
3. Permitidme ahora dirigirme a quienes van a ser ordenados diáconos.
Queridos hijos. Estén atentos a la exhortación del Apóstol Pablo en la segunda lectura: “Por misericordia hemos recibido este ministerio”, por tanto, no pierdan el ánimo (cf. 2 Cor 4, 1). Al recibir el ministerio del servicio, la diaconía de Cristo Siervo, deben identificarse con Él, que no vino a ser servido sino a servir. Actúen como Pablo: “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor; y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús” (2 Cor 4, 5).
Siervos del ministerio de la Palabra, anunciando el Evangelio de Jesús a toda criatura. Siervos del ministerio de la caridad, siendo el corazón del Buen Pastor junto a los más débiles y abandonados. Siervos del culto a Dios, prestando su valiosa ayuda a los sacerdotes en la celebración de la Sagrada Eucaristía y en la administración de los demás Sacramentos.
El diaconado que recibirán será transitorio y constituirá su última preparación para el sacerdocio católico, en el orden del presbiterado, que un día recibirán. Pero que ese período sea vivido intensamente, sin concesiones. Solo es capaz de apacentar en nombre de Cristo quien ha aprendido con Él a servir incondicionalmente a sus hermanos, en la humildad del don de sí mismo.
Tengan como máxima de vida la célebre estrofa de Santa Teresita del Niño Jesús en uno de sus poemas: “Amar es todo: darse, darse a sí mismo” (Obras completas, P 54, 22; Paulus 2016, p. 642).
4. Pasemos al elocuente rito de la ordenación diaconal, donde símbolos y palabras, gestos y oraciones hablan de la misericordia divina, que elige hombres débiles y pecadores, limitados en sus capacidades humanas, para fortalecerlos con el Espíritu de Cristo y marcarlos con el sello del Espíritu Santo, haciéndolos capaces de actuar en nombre y en la persona de Cristo Siervo y Buen Pastor.
“Digitus Dei hic est”. ¡Amén!







Deje su Comentario