Para impedir la conquista del Cabo de Santo Agostinho y, sobre todo, para expulsar a los calvinistas holandeses de Brasil, 2200 católicos se congregaron en el Monte Guararapes. Todos llevaban rosarios al cuello e imploraban la protección de la Santísima Virgen.
Redacción (05/05/2026 09:45, Gaudium Press) En el norte y noreste de Brasil, durante el siglo XVII, los calvinistas holandeses perpetraron terribles persecuciones contra los católicos, quienes resistieron heroicamente y recibieron tal ayuda divina que el conflicto llegó a conocerse como la Guerra de la Luz Divina.
Indios sacrílegos se quedaron con las manos secas
En la capilla de Nuestra Señora de Candeias, ubicada en la plantación Cunhaú, en lo que hoy es el municipio de Canguaretama, Rio Grande do Norte, el padre André de Soveral, de 90 años, comenzaba la Santa Misa, a la que asistían unos 70 fieles. Era domingo, 16 de julio de 1645, fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo.
De repente, el templo fue invadido por holandeses protestantes e indígenas caníbales, liderados por Jacob Rabbi, un judío que operaba en la región a instancias de los herejes.
El padre André, hablando en la lengua indígena, advirtió a todos: quien lo tocara a él, a las imágenes o a las vestiduras sagradas, quedaría mutilado. Al oír esto, los tapuias se retiraron aterrorizados. Los indígenas potiguares, sin embargo, poseídos por una furia satánica, ¡despedazaron al venerable ministro de Dios!
Y, arrojándose contra los fieles, les arrancaron la lengua para que no pudieran rezar, les cortaron los brazos y las piernas, y decapitaron a muchos.
Poco después de esta horrible masacre, los indígenas asesinos del sacerdote vieron que sus manos sacrílegas estaban secas. Y gritando desesperadamente, murieron poco después.
Treinta mártires fueron canonizados
Tras esta masacre, atacaron conventos franciscanos, carmelitas y benedictinos, cuyos frailes fueron subidos a barcos, desnudados y arrojados a playas desiertas, donde murieron.[1]
En Curuaçu —actual municipio de São Gonçalo do Amarante, cerca de la ciudad de Natal— se encontraba la Iglesia de Nuestra Señora de la Presentación. Los calvinistas llegaron allí el 3 de octubre de 1645 y cometieron una terrible masacre.
Torturaron al párroco, el padre Ambrósio Francisco Ferro, y luego lo asesinaron. Y le arrancaron el corazón al sacristán Mateus Moreira por haber manifestado su fe exclamando: «¡Alabado sea el Santísimo Sacramento!».
Cerca de cien personas sufrieron el martirio en los dos episodios, pero solo treinta fueron canonizadas —dos sacerdotes y veintiocho laicos— porque, debido a la violencia de los golpes, muchos cuerpos no pudieron ser identificados. Su memoria se celebra el 3 de octubre.
Los católicos llevaban rosarios al cuello
En abril de 1648, los holandeses reunieron un ejército de 10.000 hombres bien armados y planearon conquistar Cabo de Santo Agostinho, en la actual región metropolitana de Recife.
Para impedir esta nefasta acción y, sobre todo, expulsar a los herejes de Brasil, 2200 católicos se concentraron en el cercano monte Guararapes, bajo el mando de João Fernandes Vieira y André Vidal de Negreiros. También se unieron a ellos un grupo de negros liderado por Henrique Dias y otro de indígenas liderado por Filipe Camarão. Todos llevaban rosarios al cuello e imploraban la protección de la Santísima Virgen.
El enfrentamiento fue tremendo, y los fieles a la Iglesia, movidos por la gracia divina, cargaron con tal ímpetu que los holandeses huyeron. Muchos de ellos quedaron sepultados en las zonas pantanosas de los alrededores. El campo de batalla era de los católicos, pero los enemigos permanecieron en las partes más altas de la montaña.
De los herejes, murieron 1200, mientras que de los católicos solo 84 entregaron sus almas a Dios. Era el 19 de abril de 1648, día en que se conmemoraba la fiesta de Nuestra Señora de los Placeres, una invocación relacionada con las Siete Alegrías de la Virgen María.
Batalla final: 2000 calvinistas y 27 católicos muertos
El 18 de febrero de 1649 tuvo lugar la segunda y decisiva batalla de Monte Guararapes. Al frente de 5000 hombres, un coronel holandés marchó hacia el lugar, y 2600 católicos luso-brasileños salieron a su encuentro. En la llanura, se libró una feroz batalla, y los católicos intentaron tomar la colina, defendida con uñas y dientes por los holandeses.
Tras un tiempo, João Fernandes Vieira, considerando la desproporción numérica y que la lucha se volvería cada vez más dura, larga y sangrienta, ordenó a los católicos realizar una última carga de caballería y luego atacar inmediatamente con sus espadas. Lo hicieron con tal fervor que derrotaron a las filas enemigas y conquistaron toda la llanura.
Mientras tanto, desde la cima de la montaña, Vidal de Negreiros dirigió la batalla con admirable valentía, y el capitán Antônio Dias Cardoso, quien lo asistía, ordenó un intenso bombardeo de artillería contra el enemigo en retirada. En la desbandada, innumerables holandeses perdieron la vida en los precipicios. Dos mil holandeses perecieron en esta batalla. Y de los católicos, veintisiete pasaron de esta vida terrenal a la eterna.
Era el primer viernes de Cuaresma. En las iglesias, el Santísimo Sacramento fue expuesto para agradecer a Nuestro Señor la victoria alcanzada.
Poco después, el enemigo firmó la capitulación. João Fernandes Vieira, en nombre del rey Juan IV, tomó posesión de la ciudad de Recife el 26 de enero de 1654.
Este valiente comandante fue milagrosamente protegido por Dios en diversas situaciones. En una batalla, por ejemplo, los enemigos de Cristo le lanzaron una carga de arcabuces, y los proyectiles, al impactar en su pecho, cayeron al suelo, dejando solo marcas de quemaduras en sus vestiduras.
En la cima del monte Guararapes se construyó la Iglesia de Nuestra Señora de los Placeres en estilo barroco, donde reposan los restos mortales de João Fernandes Vieira y André Vidal de Negreiros.[2]
Un pueblo creado por Dios para grandes hazañas
Con motivo de la clausura del IV Congreso Eucarístico Nacional, el 7 de septiembre de 1942, en el Valle de Anhangabaú, São Paulo, ante 500.000 personas, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira pronunció un discurso del que extraemos estas palabras:
La expulsión del hereje holandés del Noreste fue un gran episodio en la historia de Brasil en el que, «bien estudiado y despojado de las versiones oficiales de un liberalismo anacrónico, podemos ver claramente, (…) en el espíritu cruzado de los héroes de la reconquista de Pernambuco, (…), las brillantes expresiones de un gran pueblo que, incluso en los primeros pasos de su historia, ya mostraba indicios de ser un pueblo creado por Dios para grandes hazañas».[3]
Por Paulo Francisco Martos
Nociones de Historia de la Iglesia
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[1] Cf. SOARES CORRÊA, Carlos Alberto. Gloriosa Insurreição Pernambucana, in Catolicismo. Campos dos Goitacazes. n. 176 (agosto 1965).
[2] Cf. SANTIAGO, Diogo Lopes de. História da guerra de Pernambuco. Recife: Companhia Editora de Pernambuco. 2004. CALADO, Manoel. O valeroso lucideno e triunfo da liberdade. Recife. Companhia Editora de Pernambuco. 2004.
[3] CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Nação bem-aventurada. In Arautos do Evangelho. São Paulo. Ano XXIII, n. 274 (outubro 2024), p. 22.







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