Muy interesante nota ha publicado Liliane Tami, en la Nuova Bussola Quotidiana, sobre el camino de algunos famosos esteticistas, rumbo a Dios.

J.K Huysmans – Foto: Wikipedia
Redacción (20/05/2026 11:41, Gaudium Press) Muy interesante nota ha publicado Liliane Tami, en la Nuova Bussola Quotidiana, titulada Del Esteticismo a la Gracia – La conversión de los dandis, cuando la vía de la belleza conduce a Dios (Dall’estetismo alla grazia – La conversione dei dandy, quando la via della bellezza conduce a Dio) que, basada en la historia de personas de renombre que cultivaban la mera estética y el placer, terminaron descubriendo “que arte, placer y elegancia no bastan a colmar los deseos humanos”, y se encaminaron a la fe.
“Existe una fascinante paradoja en la historia de la cultura europea: algunos de los más radicales defensores de la estética —los dandis, los estetas, los adoradores de la belleza— terminaron dirigiendo su mirada a Dios. Como si la belleza, llevada al extremo, revelara su propia insuficiencia y, precisamente allí, abriera un atisbo de esperanza hacia lo absoluto”, afirma la filósofa.
El dandi, figura que hace su aparición en los albores del S. XIX “surge como una figura revolucionaria: refinado, distante, seguro de sí mismo, a menudo a merced de sus propios vicios y placeres refinados, transforma su vida en una obra de arte. En Contra la corriente (À rebours), Joris-Karl Huysmans lleva esta lógica a su máxima expresión: el protagonista Des Esseintes, se retira del mundo para vivir inmerso en una belleza artificial, construida y exagerada. Pero este mismo aislamiento estético resulta estéril, casi asfixiante. El culto a la belleza, separado de la verdad y la bondad, implosiona. No es casualidad que el propio Huysmans, tras escribir el manifiesto del esteticismo decadente, tomara un camino radical: se convirtió al catolicismo y se hizo oblato benedictino, buscando en la liturgia y la vida monástica lo que el arte no había logrado darle: una belleza viva, encarnada y salvífica”.
Ese gran literato que fue Huysmans, converso por tanto, tiene el mérito de haber usado su arte para hacer apostolado a las generaciones siguientes, al relatar bella y novelescamente su camino hacia la verdad de Cristo:
“El punto de inflexión llegó gradualmente, a través de un viaje interior que encontró expresión en la novela En camino (En route), en la que relata su conversión al catolicismo como un retorno laborioso pero necesario a la verdad. Huysmans no se limitó a la adhesión intelectual: se sumergió en la vida litúrgica y espiritual de la Iglesia, particularmente fascinado por la tradición monástica benedictina. Así, se convirtió en oblato en una abadía, vinculando su existencia —si bien seguía siendo laico— a la oración y la disciplina espiritual de los monjes”.
Él es atraído en su refinado sentir estético hacia la belleza de la liturgia católica benedictina, pero en determinado momento esta sensibilidad se ‘transfigura’, y, “lejos de ser abandonada, se purifica y se orienta a lo sagrado”.
“En sus escritos posteriores, como La catedral (La cathédrale), la belleza ya no es una evasión, sino una revelación de lo divino. Huysmans muestra así cómo el camino del dandi decadente puede conducir, a través del desencanto y la crisis, a una fe intensamente vivida, en la que el arte y la espiritualidad finalmente encuentran la unidad. De hecho, al final de su vida, se convirtió en oblato benedictino, experiencia que aborda en su trilogía sobre la conversión”.
“Jules Barbey d’Aurevilly fue una de las figuras más fascinantes y contradictorias del decadentismo francés: un dandi aristocrático, un refinado conocedor de la elegancia y el escándalo, vivió inmerso durante mucho tiempo en una estética de la provocación y un gusto por la paradoja. Su juventud estuvo marcada por un cierto distanciamiento de la práctica religiosa, sustituida por una búsqueda estética casi absoluta, en la que el estilo se convirtió en una forma de existencia. Sin embargo, esta misma búsqueda de lo absoluto —inicialmente experimentada a nivel mundano— preparó el terreno para un redescubrimiento más profundo de la fe. Su conversión al catolicismo no fue un repliegue, sino una intensificación de su visión trágica y lúcida de la humanidad. En sus escritos, especialmente en Les Diaboliques, emerge una aguda conciencia del pecado, el misterio y la gracia, que confiere a sus obras una dimensión teológica subterránea. Barbey nunca abandonó por completo su gusto por lo dramático y lo sensacionalista, pero lo transfiguró a la luz de una fe vivida como lucha y revelación: el dandi se convirtió así en un testigo incansable de un catolicismo ferviente, capaz de leer los signos de una verdad superior en los recovecos más profundos del alma humana”.
“El caso de Søren Kierkegaard es diferente. En Diario de un seductor, el esteta está representado en la figura de Johannes, un maestro de la seducción, un estratega de las emociones, un refinado manipulador de la belleza y el deseo. Pero Kierkegaard no se limita a describir: desenmascara. La estética, en su sistema, es la primera etapa de la existencia, una etapa fascinante pero insuficiente. El hombre estético está destinado a la desesperación, porque vive en el fragmento, en el momento, sin comprometerse jamás de verdad. Para Kierkegaard, la «conversión» no es un acontecimiento biográfico, sino existencial: es el salto de lo estético a lo ético y, finalmente, a lo religioso. Es la transición de la admiración por la belleza a la entrega a la verdad”, expresa Tami. Lamentablemente Kierkegaard no pudo superar el ambiente luterano circundante, y su ‘conversión’ se dio en este medio.
En fin, Tami resume estos caminos, diciendo que el dandi tomando en serio la belleza, se da cuenta que esta “trasciende su propia esencia”, y por ello el mero “arte no basta para satisfacer el deseo humano”. En este sentido, las conversiones de estos hombres “no son un simple retorno a la religión, sino una metamorfosis de la mirada”, descubriendo que “la belleza ya no es un objeto para ser contemplado o dominado, sino un signo, un reflejo, una epifanía. Esto es lo que, en la tradición cristiana, se llama la ‘via pulchritudinis’: el camino de la belleza que conduce a Dios”.




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