martes, 02 de junio de 2026
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La gracia de Dios, esa que eleva al hombre al sexto plano de la Creación

Ahí se comprende más el maravilloso dicho de Santa Maravillas de Jesús: “Si tú le dejas, ¡qué bien lo hará!”

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Nuestra Señora de las Gracias

Redacción (01/06/2026 19:10, Gaudium Press) Nunca escuché una explicación que me llegara tan hondo y tan lúcida, sobre la vida sobrenatural, como la que leí un día en una reunión que Mons Juan Clá dio a los más jóvenes, es decir, formación básica. Y eso que para la época ya contábamos con algunos títulos en teología, pero es que las palabras del Monseñor eran portadoras de una gracia toda especial, y no hay enseñanza como la que da la gracia.

Hablaba él un día a los muchachos de los seis planos de la Creación (o de jerarquía de los entes, según Santo Tomás), mineral, vegetal, animal, humano, angélico y el de la gracia, que toca en lo divino, como vida participada de Dios que es. Y rápidamente explicaba que, elevados por regalo divino los seres espirituales, hombres y ángeles, al plano de la gracia, ellos alcanzaban así una altura gigante muy por encima de su mera naturaleza básica. Recordaba el Monseñor la frase de Santa Catalina de Siena, de que si ella pudiese ver un alma en gracia de Dios “con los ojos del cuerpo, no dudaría en ponerme de rodillas y adorarla, creyendo que es el mismo Dios”.

Decía que la Visión Beatífica, el mayor regalo de la gloria en el Cielo, nunca podría ser alcanzada ni siquiera por el mayor de los ángeles con su mera naturaleza angélica, pero que Dios lo hacía accesible con la gracia al más pequeño de los hombres. Así también, un hombre en estado de gracia, estaba muy por encima de un ángel en mero estado de naturaleza. El más pequeño de los bautizados, sería superior al arcángel San Gabriel si no se considerase la habitación de la gracia en el espíritu angélico.

Siendo la Virgen la plena de gracia, así se entiende que Ella sea la Reina de los Ángeles, y la mera criatura más perfecta del Señor, muy por encima de los coros angélicos. De esa manera se explica también que cualquier ángel, aunque sea de la más baja escala, tenga un poder y naturaleza divinizada muy por encima del mismo satanás, que presumiblemente era el serafín más elevado de todos los meros espíritus angélicos.

Ya con esa sencilla pero profunda explicación, el fundador de los Heraldos cotizaba ante los ojos de sus jóvenes pupilos, tanto el mantener el estado de gracia cuanto el recurrir a los canales de la gracia, particularmente la oración.

Pero de ahí, Monseñor Juan partía a tocar la parte afectiva de sus jóvenes escuchas.

Dios nos quiere, somos su creación, el Padre naturalmente quiere a sus hijos, y por tanto, el mejor de los Padres tiene el mejor amor a sus hijos, y quiere llenar de dones a sus hijos. Entretanto, el mayor don que Dios puede regalarnos es su propia vida divina, que es justamente la gracia, tanto la gracia santificante como las gracias actuales. Es decir, el mayor regalo que Dios quiere hacernos es nuestra santificación, resultado de la gracia.

Ahí se comprende más el maravilloso dicho de Santa Maravillas de Jesús: “Si tú le dejas, ¡qué bien lo hará!”, porque Dios quiere volvernos perfectos, esto es santos, y por tanto, Dios quiere darnos muchas gracias.

Es decir, Dios nos da la gracia radice por medio del bautismo, y después alimenta nuestras almas por medio de más gracias, y también nos motiva a acceder a los canales superabundantes de la gracia que son los sacramentos y la oración. El propio Dios nos mueve a orar, que no es otra cosa que pedirle a Él más y más gracias. Eso es lo que Él quiere que lo dejemos hacer.

Pero lo que ocurre es que no lo dejamos nutrirnos con su gracia, queremos actuar independiente de Él y de su gracia, no la pedimos, constituyéndose así nuestra actitud, en un loco desprecio de su vida divina, de esa que nos eleva al sexto plano de la Creación.

¡Qué locura, que solo no es mayor porque muchas veces es ignorancia…!

¡Qué desprecio nos deben suscitar todas esas consideraciones hacia el demonio, el gran distractor de la gracia, que nos distrae de la oración y los sacramentos, y es el gran ladrón de la gracia! El odia al hombre con gracia, y lo teme, como cuando salió corriendo de Santa Teresita, que era solo una niña, pero en gracia.

¡Qué pequeñas se ven las cosas de este mundo, cuando se piensa en el Reino de la Gracia de Dios! Pequeñas las ambiciones, los prestigios de este mundo, las glorias de este mundo, tan tontas, superficiales, pasajeras. Nuestra única ambición debería ser alcanzar la gracia.

Yo creo que estos tiempos están siendo cada vez más propicios para recordar estas verdades, porque las candilejas y luces del mundo alumbran cada vez menos, un mundo cada vez más angustiante y cada vez más parecido con las cavernas donde habita satanaś.

Pero al final, todo es una gracia. La gracia fue la que construyó naciones, la que realizó epopeyas, la que construyó civilizaciones. Pero la comprensión de lo que es la gracia y el amor a la gracia, son también una gracia…

Todo es gracia, decía Santa Teresita. Pidámosla a la Reina de la Gracia.

Por Saúl Castiblanco

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