Ella es, tras la Encarnación, más Maravillosa aún, o como dice Monseñor Juan, la “realización de un sueño divino”.
Redacción (02/06/2026 21:10, Gaudium Press) Después de darse el maravilloso hecho de la anunciación y de la encarnación del Verbo, la Virgen se dirige hacia donde su prima Isabel, para acompañarla a dar a luz al Precursor, al Anunciador a los pueblos del Mesías. Pero en todos estos hechos con su prima, ya se revela que la Virgen es la Mediadora ante su Hijo y las Tres Personas de la Trinidad, pero más que eso.
“En el encuentro con Santa Isabel, se descorre un poco el velo acerca del papel que María tiene en la santificación de la Iglesia, como si fuera un único espíritu con el Consolador Divino, en virtud del vínculo esponsalicio de naturaleza mística que se estableció entre ambos a partir de la Anunciación”, nos dice Mons. Juan en su maravillosa obra sobre la Virgen, ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. (1)
Este poder santificador de la Madre de Dios se torna patente en la salutación a Santa Isabel:
“«En cuanto Isabel oyó el saludo de María…» (Lc 1, 41a), relata San Lucas con toda simplicidad. Desgraciadamente él no describe el saludo. Con su discreción y humildad, al entrar en la casa tal vez haya dicho tan sólo: «¡Isabel!». ¡Pero era la voz de la Virgen Santísima! Bastaría que pudiéramos oírla para pasar el resto de la vida arrebatados. ¿Qué pueden significar las mejores composiciones musicales de la Historia comparadas con aquella armonía celestial? Por amor a su prima, en función del amor a Dios y porque sabía que ella tenía que desempeñar una misión en la obra de la Redención, María dijo «Isabel» con una entonación que le nacía más de un profundo y santo afecto que de las cuerdas vocales, «porque de lo que rebosa el corazón habla la boca» (Mt 12, 34)”. (2)
Y entonces, “como consecuencia de la salutación de la Medianera de todas las gracias, «saltó la criatura en su vientre» y «se llenó Isabel de Espíritu Santo» (Lc 1, 41b). Tal era la fuerza, la penetración y la eficacia de la voz de María que, a través de ella, la vida divina que habitaba en su Corazón Inmaculado fue transmitida con superabundancia a su prima. Si en la venerable anfitriona aún quedaba algún resquicio de la culpa original, desapareció en aquel preciso instante, pues el amor de la Virgen, cuando es bien acogido, ¡produce una transformación inmensa!”. (3)
Monseñor Juan profundiza en este poder transformador de la Madre de Dios, derivado de su unión esponsal mística con el Paráclito:
“María había adquirido un finísimo sexto sentido de la fe, mediante el cual podía discernir, a partir de las más mínimas señales, cuál era la voluntad de Dios, y se obligaba a cumplirla con generosidad y perfección. Así, consciente de que la Trinidad deseaba santificar a Juan desde el vientre materno, comunicándole el don de la gracia, y que el designio divino era que ocurriera por su intermedio, Nuestra Señora se dejó llevar a Ain Karim con la docilidad y suavidad de una nube soplada por el viento. La santa prisa de la Virgen se explica por el hecho de que es una característica específica de la Tercera Persona actuar con celeridad, suavidad y eficacia. Recordemos que, como consecuencia del desposorio místico con el Consolador, Nuestra Señora llegó a ser como que un único espíritu con su Divino Esposo. Por eso, ante la inminencia de la santificación de Juan Bautista, Él quiso actuar en Ella y por medio de Ella. Debido a la unión estrechísima e indisoluble entre ambos, la voz de María ya no era más la suya propia sino la del Espíritu Santo, que hizo de la figura, de los gestos, de la palabra, de la sonrisa y de la mirada de la Virgen Bella instrumentos suyos para comunicar a los demás gracias altísimas y transformantes”. (4)
Esta transformación, tanto del Bautista como de su madre, revela también el papel de la Virgen en las principales obras de la gracia:
“Al contemplar la excelsa grandeza de la vocación del Precursor —que recibió de Cristo el máximo elogio: «Entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan» (Lc 7, 28)—, se nota claramente que las mayores obras del Paráclito en orden a la santificación de los hombres son realizadas mediante la acción directa de su Esposa. San Juan Bautista se destaca entre los demás santos por su inocencia, por su coraje, por su lealtad, por su humildad, por su restitución sin pretensiones: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar» (Jn 3, 30). Él brilla, sin duda, como uno de los más espléndidos frutos de la Redención de Jesucristo. Esta forma tan sabia y tierna de actuar del Espíritu Santo junto con María encuentra su origen en el amor esponsalicio que tiene por Ella, y, en vista de ello, en mil ocasiones de la Historia de la Iglesia, Él separó y santificó a sus elegidos en María y con María, y así ha de suceder también en el futuro. Así, será en Ella, con Ella y por Ella como el Consolador suscitará los apóstoles de los últimos tiempos, los cuales, según profetizó San Luis María Grignion de Montfort, llevarán a un renovado auge de santidad el Cuerpo Místico de Cristo y el mundo”. (5)
Ella es pues, tras la Encarnación, más Maravillosa aún, o como dice Monseñor Juan, la “realización de un sueño divino”:
“Nuestra Señora fue escogida no sólo entre las mujeres que existían en aquella época, ni tampoco entre las que existieron y existirán desde Eva hasta el fin del mundo, sino entre todas las que podrían haber sido creadas. Ni siquiera en el orden de los posibles puede haber una dama más perfecta, pues, debido a su relación de maternidad con el Verbo, Ella como que agotó, dentro de los límites en que una personalidad humana puede hacerlo, la capacidad imaginativa de Dios. La Madre de Jesús es la piedra preciosa más refulgente de la creación”. (6)
De esa Maravilla y de su voz maravillosa, que santifica al Precursor, “emana la más pura gracia. Aún Ella no ha sido coronada como Reina de los Cielos y tierra, y ya tiene ese poder por causa de su unión esponsalicia con el Paráclito. Si las aguas utilizadas por Dios para instituir el Bautismo tienen una eficacia extraordinaria, ¡cuánto más poderosa es la voz de la Nuestra Señora!”. (7)
Ese es el paraíso de Dios, Nuestra Señora, nuestra Medianera.
En próxima entrega, y siempre de la mano de Mons. Juan, profundizaremos en las grandezas de María, contenidas en el cántico súblime del Magnificat.
Por Saúl Castiblanco
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Notas
1 Mons. João Scognamiglio Clá Dias. ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Volumen II – Los Misterios de la Vida de María: una estela de luz, dolor y gloria. Caballeros de la Virgen. Bogotá. 2022. p. 254
2 Ibídem, p. 259.
3 Ibídem, p. 260.
4 Ibídem, p. 262.
5 Ibídem, pp. 262-263.
6 Ibídem, p. 264.
7 Ibídem, p. 266.







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