domingo, 07 de junio de 2026
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Cuando a los pobres se les quitó la serena pompa de la belleza en la iglesia

En días pasados asistí a misa a una de las iglesias del centro de mi ciudad…”

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(07/06/2026 09:55, Gaudium Press) En días pasados asistí a misa a una de las iglesias del centro de mi ciudad, templo que para los cánones de este lado del charco es bien antiguo, por tener más de 300 años. Hoy en día es mejor ir ahí precavido, alguien exagerando diría que con escolta, por estar en uno de los sectores deprimidos, también con presencia de indigentes en condición de drogadicción.

Sin embargo, justamente el contraste entre un tenso ambiente externo y el interior del templo, permite mejor percibir la sencilla belleza y la bondad, de la iglesia y de la Iglesia.

Es cierto que este templo también se beneficia del mérito de una orden religiosa secular que lo mantiene muy pulcro, con sus pisos bien encerados, y como recientemente fue restaurado, pues la construcción brilla.

Sería exagerado decir que ese templo es algo así como una joya arquitectónica. No. Bien, hoy en día lo es, pero en su tiempo era una iglesia digna sin grandes pretensiones, a diferencia de otras también del centro de la ciudad que sí tienden a la imponencia o a un fausto cuidado y pronunciado.

Consta esta de una nave principal, en bóveda románica con cielo raso artesonado pero sin muchos requiebros y sin frescos, solo madera con algunas molduras en leve barroco en un fondo blanco. Además, una mini nave en el costado derecho que es más bien un corredor, desembocando en un altar del santo fundador de la orden; y hay también una seminave a la izquierda que conduce hasta un muy visitado altar de San Judas Tadeo, una de las grandes atracciones de esa iglesia, ciertamente por los favores que concede abundantemente a sus devotos.

Las sillas y reclinatorios de la nave central, los de siempre, de madera, oscura, fuerte, austeros: gracias a Dios esta iglesia (¡bendita pobreza!), no ha sido beneficiada con una ‘actualización’ de esas sillas horrendas estilo tanque negro plástico de agua, u otras, que han invadido o intentado invadir otros templos tradicionales de la ciudad.

Los confesionarios, los de siempre, en su sitio, y con frecuencia con un padre confesando, y las naves laterales recubiertas de altares, imágenes y óleos típicos de las iglesias barrocas, con su San Antonio bastante visitado, un San Francisco de Paula en estado de éxtasis, una Inmaculada serena pisando la media luna, etc.

A nadie se le ha ocurrido tampoco modernizar o actualizar los pisos, que son los de siempre, nada pretensiosos, de baldosa de barro cocido color púrpura oscuro, pero ya dijimos, siempre gozando del lustre de la cosa cuidada. Hace parte también de la belleza del templo un equipo parroquial serio, bien trajeado y disciplinado, que cumple sus funciones a cabalidad.

¿La feligresía? Pues gente del sector, fundamentalmente popolino, con alguno que otro visitante ‘extranjero’, sobre todo los fines de semana.

Pero lo que es impresionante, es el efecto de ese sencillo templo en el alma de las personas, mezcla de unción sobrenatural y acción natural.

No es necesario atravesar el atrio para ya sentirse en otro mundo.

Si la persona venía corriendo, deja de correr. Si la persona traía sus angustias, empieza a tranquilizarse, comienza a darse cuenta de que tal problema tiene solución, de que eso que parecía terrible tal vez no lo es tanto, y que ahí está Cristo, la Virgen y los Santos para ayudarla. Verdadero oasis, donde sobrevuelan los ángeles, las gracias, los perdones, los consuelos, las buenas ‘energías’ serenas.

Ayuda mucho a crear esa sensación ‘túnel del tiempo’ una poderosa cancela, especie de biombo fuerte que aunque la puerta principal esté abierta separa la calle del ambiente interno, evitando los ruidos, los vientos o cosa que valga e interrumpa el desarrollar litúrgico o de piedad.

Así pues, entra el popolino y el no popolino, con sed de ayuda, de sobrenatural y de Dios, y empieza a abrevarse, satisfaciéndose, y también dignificándose.

Los segundos y minutos pasan, y el feligrés o visitante va sintiendo que sí es posible, que la bondad existe, que ese conflicto con fulano es una estupidez, que tal preocupación es menor, que él vale, sobre todo porque es objeto del amor misericordioso de Dios, que lo creó y no lo abandona, de la Virgen que es Madre, de San Judas Tadeo, primo del Señor, que gusta de los casos complicados.

Perfectamente en un templo de esos, con un poco más de penumbra y en ambiente más solitario, podría darse una conversión a lo Paul Claudel en Notre Dame, cuando solo contaba con juveniles, vigorosos y descreídos 18 años.

Alguien en días recientes hizo una pregunta ácida, cáustica, aguda, pero no por ello menos fundamental, y hasta ahora no respondida por el ‘bando contrario’: ¿será posible en una iglesia de esas modernosas, que parecen o platillos voladores, o centros de convenciones, o quien sabe qué, será posible conversiones a lo Paul Claudel, que en las vísperas de la tarde y mientras el coro de la catedral cantaba en voces de niños, tuvo un rayo de luz que iluminó su incredulidad, como San Pablo a camino de Damasco? Difícil; aunque para la gracia no hay imposibles, la gracia como que tiene repulsión al estilo ‘ovni’ (no me escuche el Cardenal de Washington, porque me excomulga…).

Y hablo de ‘bando contrario’ a estas opiniones, porque recientemente los que gustamos de las iglesias con sabor a iglesia, nos reímos (sí, un tanto impíamente…) viendo como una de esas iglesias modernosas de una ciudad en Francia, era subastada solo por el precio del terreno, porque el valor de la construcción podría resumirse en el de su demolición. Ocurrió entonces que algunos opinadores deploraron esas actitudes risueñas, diciendo que lo importante es la presencia eucarística, que el resto son meras exterioridades, y bla, bla, bla. Pero qué pena, así son las modas: llegan, desatan su furor, ¡ay! del que no queme incienso a la moda… pero después de un tiempo pasan, y a veces quedan en un ridículo mayor al del rey de la leyenda que sí estaba desnudo.

Por favor, señores de la ‘opinión contraria’: menos moda y más tradición católica, de esa que ya tiene varios siglos. ¿O es que no se dan cuenta que los principales perjudicados de esos estilos ovni, o banco, o centro de convenciones, son los pobres, esos que no tienen dinero para ir a Notre Dame? Bueno, a veces los pobres conservan una rectitud estética que no los ricos, y prefieren los templos tradicionales de los centros de las ciudades, las velitas para San Judas Tadeo, el tarrito con agua bendita para regar en la casa.

En cualquier caso, eso sí es un pecado social: negar la posibilidad a pobres y ricos, de trascender hacia el reino celestial, en un bello templo, como Dios manda. –De gustibus non est disputandum, diría un objetante. Creo que el frío y equilibrado juez llamado tiempo sabrá a quien darle la razón. Es más, ya la ha dado.

Por Saúl Castiblanco

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