sábado, 25 de julio de 2026
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La más efectiva vacuna contra la soledad

No nacimos para vivir solos, Dios no nos hizo así.

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Foto: Billy Leivon / Unplash

Redacción (24/07/2026 20:27, Gaudium Press) La soledad…

No nacimos para vivir solos, Dios no nos hizo así. Pero el hombre, que como decía un día Mons. Juan Clá, después del pecado original es un desastre, al tiempo que busca unirse a los otros, también tiene tendencias a lo contrario.

Un día le escuché en una entrevista a la famosa psiquiatra Marian Rojas Estapé, que en una de las visitas que había hecho a mi país, se había sorprendido de cuanto la gente se quejaba de la soledad. Me sorprendió el comentario, pues mi patria es tenida como una muy sociable, de mucha acogida, ‘tropical’, donde por ejemplo los extranjeros y visitantes son muy bien tratados y recibidos, y bueno, con los síntomas totalmente contrarios a los de un país enfermo de soledad.

Pero ciertamente el problema de la soledad debe ser medio universal.

Dios hizo al ser humano a la búsqueda de otros hombres, porque el Creador hizo al hombre a la búsqueda de infinito, con sed de infinito, sed que se va mitigando -entre otras maneras– en la medida en que va encontrando esas huellas de Dios en la creación, pero particularmente en el pináculo de la creación visible que es el hombre. El contacto con otros hombres en ese sentido lo completa y puede servir para encaminarlo al cielo.

Sin embargo, en la medida en que cede a las malas tendencias del pecado original, el ser humano tiende al egoísmo, a solo preocuparse consigo, con sus intereses, y esto transforma la convivencia humana, cualquiera, en un mero comercio en el que cada uno busca es satisfacer sus deseos, sin tomar en real consideración al otro y sus necesidades. Y como el otro con frecuencia también es así, pues la convivencia humana con frecuencia es como una tela cogida por diversas personas en cada una de las esquinas, cada una desgarrando el tejido. ¿Consecuencia? La oscura soledad…

En ese sentido, sin gracia, sí, el ser humano es una desgracia…

Porque es la acción de la gracia la que saca al hombre del oscuro pozo del egoísmo, haciendo que este se importe de forma desinteresada por el otro, queriendo hacer el bien al otro, y fortaleciendo de esta manera esos vínculos que espantan la soledad. No existe bondad natural de un hombre inmaculado que lo lleve constantemente a interesarse por los otros: ese es el resultado de la gracia. El ‘buen salvaje’ de Rousseau no existe, normalmente el hombre es un ‘salvaje maldadoso y egoista’, a no ser que en él brille la luz y trabaje la acción de la gracia.

Pero además el hombre de nuestros días ha perdido la noción de que siempre está acompañado por un mundo muy real, aunque no visible, el mundo sobrenatural y preternatural: “Hemos llegado a ser un espectáculo para todo el universo, tanto para los ángeles como para los hombres”, dice la Escritura (1 Cor 4,9). Y como ha perdido esta noción, pues tiene un elemento a más para declararse en soledad.

Noción naturalista y mentirosa, esa de que cuando estamos solos, realmente estamos solos. Nunca.

O somos espectáculos para los bienaventurados y para los ángeles, tanto buenos como malos, o más directamente estamos bajo su influencia.

Nos enseña la fe que para entrar en contacto con el mundo sobrenatural, lo único que tenemos que realizar es una simple oración. Eso que creemos imposible, la comunicación telepática, entretanto es real, tenemos ese poder: para comunicarnos con el ángel de la guarda, con San Miguel, o con Nuestra Señora, o con Santa María Magdalena, lo único que tenemos que hacer es proferir una oración, incluso aunque sea mental. ¡Oh poder!!

Y como el mundo sobrenatural no es maleducado, cuando uno lo saluda, él responde, responde San Judas Tadeo al que encomendamos tal dificultad, responde Nuestra Señora a quien encomendamos tal intención.

-Ahh pero yo no escucho su voz, dirá alguno.

Ese es otro asunto.

Sin embargo, a medida que el hombre insiste en este diálogo con ese universo de bienaventurados, lo sobrenatural se va sintiendo cada vez más. Y esa es la gran vacuna, para no sentirse en soledad: el sentirse querido de Dios, acompañado de Dios, a través del mundo sobrenatural.

Decía un día Mons. Juan Clá, que la Providencia siempre encuentra medios para hacer sentir su amor. Pues más con aquellos que buscan unirse al mundo sobrenatural.

Por Saúl Castiblanco

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