martes, 09 de junio de 2026
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¿Podría cambiar un poquito?

No se trata de realizar ordinariamente cosas extraordinarias. Debemos concretar cosas ordinarias de modo extraordinario.

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Foto: Vitaly Gariev/ Unsplash

Redacción (09/06/2026 09:28, Gaudium Press) No existe sábado sin sol, domingo sin Misa y lunes sin…

Todo se repite una y otra vez… y luego nuevamente… sin contar que posteriormente todo reincide en la reiteración…

Es lo monótono de la vida.

Los días se suceden unos a otros, sin novedades, en una especie de martirio a fuego lento.

¿Nunca cambia? ¿Es siempre la misma cosa?

La cruz de todos los días

Esta pregunta se muestra ridícula y la respuesta parece más que obvia.

De hecho, no es complicado demostrar que un sábado puede amanecer lluvioso. Que en un domingo no haya Misa, de hecho, es difícil de refutar. Sin embargo, ¿que en cada lunes haya pereza? Eso no es así… En los otros días también la hay, ¿verdad?

Es evidente que la pereza no es lícita ni bonita. Pero ¿no es verdad que hay ciertos días en que el tedio amenaza con dominarnos? Hoy se repite lo que se hizo ayer, y mañana, ciertamente, se hará lo mismo que pasado mañana.

La vida no es un valle de rosas, sino de cruces. En fin, a pesar de las monotonías de la existencia, no parece imposible que algunos fenómenos lleguen a superar lo común de todos los días.

***

Narremos un minúsculo hecho.

Dentro del silencio de una iglesia, iluminada apenas por la tenue luz de una lámpara, un religioso rezaba después del canto del Oficio. Sumergido en el recogimiento, el monje tuvo la visión del Divino Redentor clavado en la Cruz.

Ahora bien, para sorpresa del agraciado, percibió que Nuestro Señor no estaba solo, sino acompañado por algunos de sus hermanos de hábito, crucificados también ellos. Al no entender el significado de tal revelación, fue esclarecido por Jesús Cristo: “Estos son los que están crucificados conmigo, conformando su vida con mi Pasión”.

Después de las divinas palabras, la visión cesó.

***

Monjes que conformaban su vida a la Pasión de Cristo. ¿Cómo? ¿Ciertamente con cilicios, azotes, ayunos y prolongadas vigilias? Se mortificaban, sí, pero en materias más meritorias. Ellos renunciaban a su propia voluntad, cargando la misma cruz todos los días.

Lo extraordinario de lo ordinario

Muchas veces el heroísmo no está en realizar hazañas y desempeñar papeles brillantes al estilo de Hollywood. Para aquellos que buscan la perfección, la santidad, no se trata de concretar cosas extraordinarias.

Lo que debemos hacer es cosas ordinarias de modo extraordinario. Conviene más hacer lo ordinario extraordinariamente que lo extraordinario ordinariamente.

¡Ser héroe en lo cotidiano, esto sí es una de las mayores proezas que solo los idealistas consiguen realizar!

Es el sacrificio incruento, pero tan doloroso: en las minucias cotidianas, discernir la voluntad de la Providencia y amarla.

Es el sacrificio de, al mirar al cielo, no ver el desgastado azul de siempre, sino el rutilante azul que Dios extendió sobre nuestras cabezas para reflejar aquel otro Cielo, tan más inmenso, al cual Él nos invita.

Es el sacrificio de desempeñar bien, a cada hora, mi trabajo.

Es el sacrificio de educar eximiamente a los hijos durante toda la vida.

Es el sacrificio de no perder la paciencia con el cónyuge, a pesar de los años, de las décadas y de los minutos.

Es el sacrificio, en fin, de acción tras acción, cumplir mis tareas y obligaciones con constancia y alegría.

Después de la cruz de todos los días, vendrá el feliz Día de la eternidad.

Por el Diác. Bernardo Morales, EP.

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