martes, 09 de junio de 2026
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¿Existe un temperamento propicio a la santidad?

Disquisiciones en torno a un importante asunto.

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(09/06/2026 11:41, Gaudium Press) Esto que sigue, no son sino reflexiones en elaboración, pero que tal vez puedan ir dando luces, para desbrozar el camino hacia la virtud, siempre con la ayuda de la gracia.

La pregunta base es la siguiente: ¿existe un temperamento, propicio a la santidad? De ahí se desprende otra pregunta: ¿Si existe, es posible adquirirlo?

Definamos primero temperamento, y para ello tomemos dos de las acepciones que el diccionario de la Real Academia Española da de este término.

Temperamento es “carácter, manera de ser o de reaccionar de las personas”, y también, en una definición más biologicista, la “constitución particular de cada individuo, que resulta del predominio fisiológico de un sistema orgánico”.

Entonces, y sin entrar en mucho detalle ni debates, temperamento es una forma de ser, de reaccionar ante situaciones o ante la vida, algo que tiene una relación con la base orgánica de la persona.

Entre las clasificaciones que se han hecho de los diversos temperamentos, mencionemos la clásica hipocrática (flemático, sanguíneo, colérico, nervioso), la con base neurocientífica de Daniel Amen, de la que ya hemos hablado en algunas notas de Gaudium Press (equilibrado, persistente, espontáneo, prudente, sensible). También están los conocidos cuatro temperamentos, en cuanto perfiles de acción externa, del psicólogo Kersey (logísticos/organizadores, prácticos/tácticos, mediadores/líderes inspiradores, estratégicos/ ingenieros), pero nos enfocaremos en los dos primeros, que tienen muchas similitudes entre sí. De cada una de estas divisiones, los estudiosos sacan subtipos, mezcla de los tipos básicos.

Antes de intentar buscar respuesta a las preguntas iniciales, y para ir aclarando la ruta, demos algunas definiciones de santidad, de las muchas que hay.

Santidad “es la perfección de la vida cristiana y la perfección de la caridad” dice el Concilio Vaticano II (LG, 40).

Santo Tomás (cf. S Th II-II q. 81 a. 8) habla de la santidad como de “una cierta limpieza”, algo que corresponde al término griego ‘ágios’ que significa “lo que no tiene tierra”, y a una firmeza, por lo cual antiguamente se llamaba “santo” a lo que estaba sancionado por las leyes. Entonces, este abordaje tomista va hacia una limpieza del alma purificada de lo meramente terrenal, que ha quedado fijada de forma firme. Pero el Aquinate no deja de observar que esta limpieza, como situación, es consecuencia de un amor purificado, que lo lleva a una unión con Dios (cf. II-II, q. 184, a. 1). Es el ejercicio de la virtud de la caridad llevado a su mayor auge, el puro y fuerte afecto al Señor, con repercusiones hacia el prójimo y toda la Creación.

Alguien diría ya que los temperamentos tendientes al amor, los temperamentos ‘afectivos’, por tanto, estarían más predispuestos a la santidad, por ejemplo el hipocrático-nervioso o el sensible del Dr. Amen, siempre que orienten esa capacidad hacia Dios, y hacia Dios en las criaturas.

Entretanto, creo que aquí hay que poner matices.

Como ya lo ha afirmado la teología, es más importante el amor que ‘baja’ que el amor que ‘sube’. Así lo expresa Santo Tomás:

“Porque nuestra voluntad no es causa de la bondad de las cosas, sino que es movida por ella como por su objeto; por eso nuestro amor, por el que queremos el bien para alguien, no es causa de su bondad, sino que sucede al revés, es decir, su bondad, real o aparente, provoca el amor por el que queremos que conserve el bien que posee y alcance el que aún no tiene. A ello nos entregamos. Pero el amor de Dios infunde y crea bondad en las cosas”. (S. Th., I, q. 20, a. 2, co.)

De ahí entonces deducimos, que el temperamento más propicio a la santidad es aquel que ‘facilita’ el amor a Dios pero sobre todo el amor de Dios, es decir, aquel atento a las voces, inspiraciones y mercedes divinas, que es lo que en definitiva crea esa bondad superlativa llamada Santidad. Sería el temperamento que facilita esa operación de Dios, enunciada de forma maravillosa por Santa Maravillas de Jesús cuando dice: “si tú le dejas, ¡qué bien lo hará!”

Es decir, el mejor temperamento sería aquel que menos pusiese obstáculos y dificultades humanos, por no decir ‘animales’, a la acción divina.

Pareciera así, que el temperamento más propicio a la santidad sería el ‘flemático’, según Hipócrates, o el ‘equilibrado’ según la teoría del Dr. Amen, por su carácter de estabilidad tranquila, reposada, con facilidad a la contemplación, con pasiones más tendientes al orden, más armónicas. Temperamento que también tendrá sus retos, como por ejemplo moverse a la acción cuando necesario.

Es claro que aunque no siendo la santidad la templanza, con frecuencia son sinónimos, porque el santo es ‘limpio’ de la concupiscencia de la carne, del deseo inmoderado de los placeres carnales. Por este camino también se ve que el temperamento flemático-equilibrado, al tener en sí menos estas vorágines de las ‘pasiones biológicas’, sería un campo más preparado para la santidad.

En todo caso, santos hay de todos los temperamentos base, comenzando por el primer Papa, que claramente era de un temperamento sanguíneo con rasgos coléricos, o tendiente a lo espontáneo según la taxonomía de Amen.

Sin embargo…

El propio San Pedro, tras el llanto en la casa de Caifás, después de la Pasión del Señor, y sobre todo después Pentecostés, diría uno que adquirió características del temperamento ‘flemático’, del ‘equilibrado’.

En fin, no olvidemos que la santidad es sobre todo obra de Dios, o lo que es sinónimo, obra de la gracia.

Pero sí creemos que la gracia va forjando un estado o estilo temperamental, que supera las clasificaciones base, donde la facilidad para la contemplación y el comercio con Dios está presente, incluso en medio de la acción.

Al final, el asunto es amar a Dios y dejarse amar de Dios. Ya lo decía San Agustín:

“Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor…”.

El amor es tan poderoso, que hizo de la Magdalena una de las vírgenes. En todo caso, esta mujer, de vanidosa y agitada que debía ser, terminó siendo la contemplativa que escogió la mejor parte. De cuyo amor, dicen algunos, también nació Francia. Claro, Santa Marta también fue santa.

Por Saúl Castiblanco

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