domingo, 14 de junio de 2026
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¿Estoy cansado? – Comentario al Evangelio dominical

Todos necesitamos descansar y ofrecer descanso, pero el verdadero reposo solo está en Dios.

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Redacción (14/06/2026 07:42, Gaudium Press) Sufrir hambre, sed o cansancio son males propios de la condición mortal. Sin embargo, tales sujeciones de la naturaleza son símbolos de una realidad superior y sobrenatural: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mt 5,6).

Ya en el Evangelio de este 11º Domingo del Tiempo Ordinario, nos encontramos con otra contingencia que no proviene de fatigas físicas.

Lo que atrae mucho, cansa poco

Es común encontrar a un niño tan entretenido con un juguete que nada lo hace parar. No quiere dormir, no se cansa, porque eso lo atrae de tal modo y le es tan agradable que capta por entero su atención.

Este fenómeno no se restringe al ámbito infantil o adolescente… ¿Cuántas personas pasan horas y horas frente a un celular o una computadora, casi hipnotizadas por el mundo cibernético? ¿Cuántos, sin embargo, tan embelesados por la técnica y la ciencia modernas, son incapaces de asistir a la Santa Misa el domingo o de reservar siquiera diez minutos para la recitación del rosario?

¿Cuál es la razón? Porque se cansan rápidamente…

Lo que me atrae, no me cansa. Si siento motivación por las cosas mundanas y cansancio por las cosas de Dios, ¿qué solución habrá?

La ausencia de pastor

En aquel tiempo, viendo Jesús a las multitudes, se compadeció de ellas, porque estaban cansadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36).

En el momento de la tentación, el mayor temor del demonio consiste en que su víctima busque ayuda o pida orientación.

Las multitudes que fueron objeto de la compasión de Jesús estaban cansadas de vagar por caminos tortuosos debido al hecho de no tener un guía idóneo que las orientara rectamente en los caminos de Dios, ya que los responsables de la conducción del pueblo de Israel no eran lobos con piel de oveja, sino con cayado de pastor.

Por eso, el Divino Maestro comparó al pueblo elegido con un rebaño que, en ausencia del pastor, se extravía, cae en las zanjas y, descarriado, sucumbe a las garras del depredador. Y añadió: “Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí” (Jn 10,14).

Si pertenecemos a este santo redil, Él nos concederá gracias para reconocer su voz en los verdaderos pastores —que nunca faltarán— de su rebaño.

Somos pastores

Si, por un lado, es verdad que todos somos ovejas, es igualmente verdad que todos tenemos la vocación de realizar cierto pastoreo. Continuamente nos estamos influenciando unos a otros, ya sea para el bien o para el mal.

¿No es verdad que el santo que va al Cielo lleva consigo a una multitud de almas? La familia espiritual de San Benito, por ejemplo, se alegra con más de tres mil benedictinos canonizados. Santa Teresita, recluida en el Carmelo de Lisieux, hizo tanto bien al mundo que hay más de tres mil iglesias erigidas en su honor.

Si son innumerables los testimonios de que nadie entra al Cielo solo, lo opuesto también es verdad, pues los malos ejemplos llegan a arrastrar consigo a rebaños enteros hacia los abismos.

¿Cuál es, pues, mi influencia sobre el prójimo? ¿Mi ejemplo constituye un estímulo a la práctica de la virtud y de los mandamientos o, de algún modo, favorezco vicios, soy condescendiente con pasiones desenfrenadas y cómplice del pecado?

El pastoreo que todo católico está llamado a ejercer se realiza por la palabra y por el ejemplo. Para cada persona con quien tratamos, Dios reservó un lugar único y exclusivo en el Cielo. Cada alma es un tesoro que nuestra conducta puede contribuir a perfeccionar y sublimar, o a ensuciar y destruir.

Lejos de nosotros imitar a Caín, autor del primer fratricidio, quien se excusó de su pastoreo al decir: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Gén 4,9).

Descanso en el Corazón de Jesús y de María

En los momentos en que el peso del cansancio nos oprime, ya sea por la falta de una palabra edificante o de un modelo que nos guíe, doblemos las rodillas y recurramos a Aquel que dijo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y abatidos bajo el peso de vuestros fardos y yo os daré descanso” (Lc 11,28).

Refugiémonos dentro de los Corazones de Jesús y de María; en ellos encontraremos las energías para llevar nuestra Cruz con alegría hasta los prados y campiñas verdes donde seremos conducidos al verdadero descanso.

Por Marcus Yip

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