“Solo en la eternidad llegaremos a comprender todo el contenido de este himno absolutamente sublime”, dice Mons. Juan sobre el Magnificat.
Redacción (23/06/2026 16:30, Gaudium Press) Continuando con esta serie de notas, sobre la maravillosa obra de Mons. Juan Clá acerca de la Virgen (1), trataremos hoy del significado del Magnificat, el ‘Canticum Novum’ de María, el canto nuevo de toda la Creación, proferido cuando ya la Madre de Dios portaba en su seno al Salvador, y después de la santificación del Bautista, en la visita a Santa Isabel:
“María dijo: ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra
mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque ha mirado
la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las
generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en Mí:
su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación
en generación sobre los que lo temen. Él hace proezas con su
brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los
poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma
de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia —como lo había prometido a nuestros
padres— en favor de Abrahán y su descendencia por siempre’”
(Lc 1, 46-55).
“Solo en la eternidad llegaremos a comprender todo el contenido de este himno absolutamente sublime” (2), dice Mons. Juan. ¿Lo habrá declamado o lo habrá cantado la Virgen? Siendo en ese momento María Santísima el culmen de la sabiduría hablante, es fácil notar que “cada palabra” había sido escogida con “peso, cuenta y medida”.
Para ir desentrañando el profundo significado de ese cántico, Mons. Juan hace uso de los pensamientos del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, expresados en conferencia dictada en 1968.
‘Proclama mi alma la grandeza del Señor’.
La Virgen es la mayor mera creatura que había pisado y pisará esta Tierra. “Si sumásemos los dones de los mayores genios, el fulgor de las figuras más hermosas de la Historia y el charme de las princesas más encantadoras, tendríamos una pálida idea sobre la persona de María, considerada únicamente en cuanto a su naturaleza” (3), decía el Dr. Plinio. A estos dones, hay que sumarles los mucho más valiosos de la gracia, que la hacía la Plena de Gracia.
Pero ella se hace como que ciega a estos dones para solo proclamar la grandeza y la maravilla de su Dios. “Su espíritu está todo él inclinado a tener una visión admirativa, amorosa y exclamativa de la grandeza de su Creador”. (4) En este acto de reconocimiento de la Plenitud de Dios, la Esclava se admira también de que Dios haya puesto sus ojos en Ella, y en esa mirada ella también descubre el amor de Dios.
“Nada hay que sea más nocivo para la propia vida espiritual que perder la noción de cuánto uno es amado. Y, en sentido contrario, no existe remedio más eficaz contra cualquier tipo de prueba o tentación que tener la certeza de que uno es objeto de la benevolencia divina” (5), y así, la Virgen también se sentía muy amada por Dios. Todo eso “provenía de su humildad”.
‘Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en Mí: su nombre es santo’.
Ella, desde la humildad, anuncia que su gloria será cantada por las generaciones futuras “en una especie de crescendo admirable”. (6)
“María Santísima, que se llenó de júbilo por la grandeza de Dios, ahora se complace también porque Él la ha hecho grande. El hilo de su pensamiento cristalino se sintetiza así: «Porque el Señor miró a una persona tan pequeña como Yo, todas las generaciones me llamarán bienaventurada». Se trata de una gloria única, con la cual Ella se regocija llena de gratitud. Su conducta muestra que es legítimo alegrarse con los dones que el Padre confiere a los suyos, desde que sea por amor a Él” (7), dice Dr. Plinio por boca de Mons. Juan.
‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación sobre los que lo temen’.
Dice el Dr. Plinio: “Nuestra Señora manifiesta, en este pasaje, la idea de que la misericordia de la cual Ella fue objeto es el lance supremo de una inmensa serie de misericordias que, desde el comienzo hasta el fin del mundo, alcanza a los que tienen temor de Dios. Ella representaría el Everest, el punto altísimo de la compasión divina, por encima de un universo de montículos, colinas, montes y montañas de misericordias que a lo largo de la Historia han sido rociadas sobre los hombres. Es como si María Santísima dijese: “Esta misericordia es aún más bella, porque constituye el punto de partida de un incontable número de excelsas benevolencias dispensadas por Él, que es el Rey, el Padre de todas las misericordias”. (8) El temor reverencial, al que alude aquí la Virgen, es fruto también de la admiración de Dios, nace “de una consideración profundamente respetuosa de la superioridad y de la bondad divinas”. (9)
‘Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’.
El ‘brazo de Dios’ representa aquí su poder, y es en María, en quien “el Todopoderoso tomó la decisión de desbaratar a los soberbios: en el momento en que los malos detentaban todas las palancas del poder, y con sus artimañas oprimían implacablemente a los buenos, Él los depuso de sus tronos por medio de la Encarnación del Verbo, y exaltó a aquellos que yacían bajo su yugo”. (10)
Con la Virgen y la Encarnación inicia el triunfo total de Dios, y ella lo canta en el Magníficat.
“Ella anuncia a los hombres que el Altísimo la ha escogido como Reina de los Ángeles, porque está vacía de Sí misma. Ahora bien, la Revolución se había conseguido establecer en el Paraíso Terrestre por el hecho de que Adán y Eva habían aceptado la sugerencia de satanás y subvertido el orden diciendo: «¡Dios no! ¡Nosotros sí!», cuando deberían haber gritado: «¡Nosotros no! ¡Dios sí! ¡Nosotros no somos nada! ¡Dios lo es todo!». Y aquel pésimo desvío perduró hasta el momento en que María proclamó: «Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes». Igual que en la Anunciación, una vez más Ella repara de forma perfectísima la falta de nuestros primeros padres” (11), dice Mons Juan.
La Virgen, sin decirlo, se proclama ahí la Reina de la Contra Revolución.
‘Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como lo había prometido a nuestros padres— en favor de Abrahán y su descendencia por siempre’.
La Virgen recuerda la promesa hecha por Dios a Abrahán, e invita a confiar en Dios que no miente, y que está cumpliendo su promesa en Ella, que porta al Mesías en su seno: “la Virgen Predilecta nos muestra que las promesas del mundo son vacías, mientras que la lucha que exige la Providencia a los suyos será coronada de gloria. Por fin, resalta que el «Padre de las misericordias» (2Cor 1, 3) siempre cumple mucho más de lo que prometió. Por lo tanto, en unión con María, nuestro corazón debe pulsar con la certeza de la victoria de Dios”. (12)
El Magníficat es pues el Canticum Novum, porque es el canto de la victoria completa de Dios por María, contra el reino de lucifer.
Por Saúl Castiblanco
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1 Mons. João Scognamiglio Clá Dias. ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Volumen II – Los Misterios de la Vida de María: una estela de luz, dolor y gloria. Asociación Caridad y Verdad – Heraldos del Evangelio. Lima. 2021.
2 Ibídem, pp. 267-268.
3 Ibídem, pp. 269.
4 Ídem.
5 Ídem.
6 Ibídem, pp. 270.
7 Ídem.
8 Ibídem, pp. 272-273.
9 Ibídem, p. 273.
10 Ibídem, p. 274.
11 Ibídem, p. 276.
12 Ibídem, pp. 277-278.







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